SELINA OTERO - VIGO
Veranos más cálidos, mayor frecuencia de anticiclones en el mapa del tiempo, menos días de helada y nieve al año y un notable protagonismo del término “sequía” en lo que hasta ahora ha sido considerada la comunidad de la lluvia por excelencia.
Galicia ya ha empezado a notar los efectos del cambio climático: la temperatura se ha incrementado un grado centígrado en 40 años, se contabilizan menos días de frío intenso en invierno, los extremos del termómetro en la etapa estival son más marcados (los días soleados de verano son más calurosos que en los ochenta) y sigue lloviendo pero cambia la frecuencia y la distribución mensual. Además, el nivel del mar ha ascendido 15 centímetros en la segunda mitad del siglo XX y el termómetro de la masa líquida del noroeste marca 1,2 grados centígrados más que cinco décadas atrás, lo que provoca migraciones de peces típicos del litoral atlántico, cruciales para el sector pesquero gallego en la balanza comercial (la sardina, por ejemplo) y aterrizan nuevas especies propias de aguas más cálidas, incluso tropicales, como la corneta colorada. Son las conclusiones de equipos de investigación gallegos de varias áreas reunidas en un informe común: ‘Evidencias e Impactos del Cambio Climático en Galicia’, bajo la supervisión de Emilio Fernández, profesor de Ecología de la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad de Vigo.
Más lluvia en otoño
Las toneladas de CO2 liberadas a la atmósfera en los últimos 50 años no son simplemente materia de debate de una cumbre como la que actualmente se celebra en Copenhague. ¿El objetivo?: Adivinar globalmente el método para reducirlas y frenar el imparable avance del calentamiento del planeta provocado por los gases nocivos y la polución. El desarrollo industrial, la producción de energía y, en definitiva, la mano del hombre en su evolución y consumos domésticos diarios ya han dejado las primeras huellas en el paisaje gallego, las cosechas, la pesca, los ciclos reproductivos de las especies o los periodos de floración. Algunos de los impactos son perfectamente visibles, como el adelanto del verano (a la playa en marzo) o las lluvias torrenciales, que aumentan en otoño provocando riadas. Otros, se deducen del comportamiento de los animales y las plantas, como el adelanto o el retraso en cultivos típicos gallegos (patatas, maíz), la pérdida de calidad del mejillón en función de las zonas o la tendencia al “alargamiento” de los percebes. Los menos perceptibles nacen, simplemente, de la sospecha o de un sexto sentido que siembra la duda: “algo está cambiando”. La ciencia corrobora las hipótesis.
“El número de días de nevada al año ha disminuido desde los años sesenta. La misma tendencia se percibe en las jornadas con helada: en la zona de Santiago hay 52 días ‘helados’ menos anuales, en Ourense 38 y en Lugo 11. En cuanto a la lluvia, se percibe un cambio en la distribución de las precipitaciones: aumentan en octubre y disminuyen en febrero y marzo, lo que implica mayor riesgo de sequía en estos meses”, argumenta Fernández. La bajada de las precipitaciones en primavera y la disminución de la materia orgánica entre un 20 y un 30% en los suelos con cultivos intensivos (que no ha sido corregida con aportaciones de fertilizantes orgánicos) tienen un coste sobre la producción vegetal, de hecho, las cosechas del campo gallego han variado sus ritmos. En cuanto al paisaje gallego, “la zona costera muestra una mediterraneidad más pronunciada, con riesgo de producirse una contracción de la presencia del roble, la expansión de árboles como el melojo y la extensión hacia el interior de especies tipo laurel”, según el estudio medioambiental llevado a cabo por investigadores gallegos. Además, el alcornoque y la encina podrían conquistar nuevos parajes. El calentamiento de la atmósfera es favorable para la viticultura en la comunidad gallega. Más difícil será cuidar el ecosistema marino, que ya se empieza a resentir del aumento del termómetro. “El incremento de 0,2 grados centígrados por década durante el último siglo ha provocado una disminución de la biomasa de zooplancton. El ascenso del nivel del mar propiciará episodios de erosión en las playas y la migración de los sistemas dunares hacia el interior”, según las estadísticas medioambientales de la comunidad.