CARMEN VILLAR - SANTIAGO
La polémica, política y social, es el estigma que acompaña a la Cidade da Cultura desde sus orígenes, hace más de una década, pero al margen de la controversia, el complejo que diseñó Peter Eisenman sigue creciendo, aunque no al ritmo que él desearía, y se constituye en una ciudad paralela a la de la capital gallega como soñaba el neoyorquino cuando lo concibió.
Aunque, en altura, la catedral todavía puede mirar por encima del hombro a una advenediza que suscitó el entusiasmo de la crítica por su arquitectura en una Bienal de Venecia, las estructuras que reconstruyen la colina del Gaiás poco a poco van ocupando su lugar. No obstante, en la primera imagen de la Cidade da Cultura no manda lo que está, sino lo que falta, porque un inmenso valle no deseado por Eisenman y formado por la ausencia de los dos edificios aplazados separa las cuatro construcciones que la Xunta pretende inaugurar entre 2010 y 2011. Si bien el Centro Internacional de Arte y el Escenario Obradoiro tendrán que esperar a mejores tiempos, la Xunta está embarcada en revelar lo que el conselleiro define como "escondido": lo que está hecho, e invita a este periódico a penetrar en las entrañas del monstruo.
En el exterior del complejo, apenas se nota el ajetreo de hace un par de meses. Los obreros, reducidos a una tercera parte ahora que lo gordo –Arquivo y Biblioteca– ya está listo para recibir el visto bueno, se concentran en el edificio de Servizos Centrais y, sobre todo, en otra de las estrellas de la fiesta, el Museo de Galicia, que llegará tarde, aunque por poco, para el Xacobeo. Desafiando al vértigo colocan los casetones de cuarcita –que, aunque ahora ya no de la tierra, resulta difícilmente distinguible de la local– que darán satisfacción a la ilusión de Eisenman de otorgar un sabor local a la apariencia del complejo.
Como las palilleiras de Camariñas
Pero es en el interior del Museo en donde se dejan la piel la mayor parte del casi centenar de trabajadores de diversos rincones del mundo que luchan contra el reloj. Su trabajo no se diferencia demasiado de la labor que ejercen las palilleiras de Camariñas, aunque lo suyo sea a gran escala. Tienen que encajar miles de piezas de acero galvanizado que sirven como armazón metálico sobre el que se asentará el pladur que reviste los muros interiores. Cada una de ellas es diferente y sólo puede ir en un lugar para que todo cuadre en el inmenso puzzle diseñado por el neoyorquino. Gracias a estas estructuras, y al buen hacer de los soldadores que deben asegurar todas las junturas para que los falsos muros y techos puedan ofrecer la impresión de altura, luz, curvatura y blancura que ya domina en el Arquivo y la Biblioteca, Eisenman recrea una catedral de los nuevos tiempos que rivaliza en entusiasmo con los templos góticos que pretendían tocar el cielo y provoca bocas abiertas de admiración incluso entre aquellos, como el arquitecto gallego Manuel Blanco, que saben cómo se las gasta. "No hay un solo detalle descuidado", aplaude.
Ni siquiera en las zonas privadas, a las que nunca accederá el común de los mortales, se escapa un detalle, y por ejemplo el depósito en el que se almacenarán los compactos podría servir, como destaca el visitante, de sala de exposiciones. "Y en el túnel de servicios uno se puede imaginar perfectamente una rave", añade el invitado. También en estos lugares escondidos, por el suelo, las diagonales construidas con baldosas diferentes que llevan el ritmo del techo o lo contradicen, siguen provocando una marea constante y un tratamiento casi escultórico del conjunto. El entusiasmo no claudica ni siquiera ante los cables y los tubos de ventilación por doquier –que Blanco ve casi como una "instalación" artística que podría colar en una galería de arte contemporáneo–. Constituyen las entrañas de la bestia, ocultas ya en el Arquivo y la Biblioteca.
El primero está finalizado. De hecho, en las oficinas dispuestas temporalmente en el Arquivo desarrollan su trabajo los pioneros del Gaiás. Ajenos a la fabulosa arquitectura que los rodea, los documentalistas de la Biblioteca catalogan y elaboran fichas como en una oficina cualquiera y demuestran en carne propia que la calefacción central funciona. Están allí porque al vecino edificio de la Biblioteca, unido al Arquivo por una zona en la que algún día los paseantes se protegerán de la lluvia mientras eligen algún libro en la tienda de la Cidade da Cultura, le falta todavía un hervor o, lo que es lo mismo, probar que todo funciona, aunque desde la Xunta anuncian que ya está "casi listo para entregar".En el exterior ya no parece el planeta Marte y desde la altura se dominan las verdes orillas del Sar. Sólo falta una nueva Rosalía que se inspire en este paisaje del siglo XXI.