SANDRA PENELAS
“Muchos dicen que la frontera desconocida es el espacio, pero para mí es el cerebro. Nos sobran preguntas por contestar”. En su laboratorio de la Universidad de Drexel, en Philadelphia, el catedrático de neurobiología coruñés busca respuestas a nuestro comportamiento que podrían ayudar a controlar actividades anormales como los ataques epilépticos.
Castro-Alamancos, de 42 años, y su equipo estudian el funcionamiento de los circuitos neuronales y cómo su actividad se modifica en función de la experiencia previa mediante electrodos implantados en el cerebro de ratones y ratas. De forma paralela, con trozos de tejido que son capaces de mantener con vida fuera del cráneo llevan a cabo estudios moleculares para analizar las actividades intracelulares de las neuronas.
“Toda esta información sobre la actividad normal nos sirve para estudiar cómo se puede volver aberrante y, a partir de ahí, desarrollar métodos de control de ataques epilépticos, por ejemplo, o que faciliten a alguien mantenerse despierto para hacer determinadas tareas”, cita.
Manuel suma más de una década de esfuerzos en la neurociencia. Primero, en la Brow University (EE UU), donde realizó una estancia postdoctoral; después en McGill, “la más famosa de Canadá; y ahora en Philadelphia, adonde llegó en 2002.
Antes de cruzar el Atlántico, el coruñés acabó Psicología en la Complutense de Madrid y leyó su tesis en el Instituto Ramón y Cajal, del CSIC. “La investigación en España y en Estados Unidos no se puede comparar demasiado. Es como la noche y el día. Hay laboratorios buenos, pero queda bastante por avanzar. Y llegar a un sistema mejor pasa por implantar uno como el de aquí, no inventar algo nuevo”, recomienda.
Como miembro de los comités del Instituto Nacional de la Salud que distribuyen los fondos para investigación, lamenta la sangría de profesionales en España: “El Gobierno nos financia toda la carrera y las estancias en el extranjero, pero en EE UU te ofrecen unas condiciones incomparables y la decisión es sencilla. Aunque te da rabia no devolver parte de lo que ta han dado”.
Los investigadores se dejan mimar por las universidades norteamericanas, que en un mercado “exageradamente competitivo” descargan de docencia a sus fichajes para que alcancen el éxito. Y es que de cada dólar con el que se financian los proyectos, explica el científico, ellas se llevan la mitad.
El resultado es un sistema en el que “o luchas por sobrevivir o sucumbes y te dedicas a otra cosa”, concluye.
Manuel, que tiene otro hermano en EE UU trabajando en una empresa de telecomunicaciones regresa a su ciudad natal para pasar sus vacaciones de verano o aprovechando escalas en el viejo continente como una reciente visita a Londres para pronunciar una conferencia.
Asegura que España es considerada como “una joya” por los turistas del otro lado de Atlántico. “De Galicia saben muy poco, pero, por otro lado, está bien. Así no hay tantos visitantes cuando yo voy”, comenta con retranca.
A 45 minutos de la costa
El coruñés vive en una zona residencial de Philadelphia. “Estamos a 45 minutos de la costa y como buen gallego me gustar el mar. Navego y hago windsurf”, explica sobre su tiempo de ocio. En invierno, cambia de rumbo y esquía en las estaciones próximas.
En las afueras de la ciudad también se encuentra la Facultad de Medicina en la que trabaja, una de las de mayor matrícula, en torno al millar de estudiantes. “Fue la primera que aceptó por primera vez a mujeres como alumnas” y funcionó de forma autónoma hasta que se fusionó con la Universidad de Drexel hace diez años.