Matilde Mas Ivars - Investigadora del Ivie y profesora de la Universidad de Valencia
J. PÉREZ - VIGO
Muchos años hay detrás del intenso análisis que el Ivie y la Fundación BBVA acaban de publicar. Una visión a fondo de cómo cambió la dinámica de las administraciones públicas a la hora de distribuir sus fondos en el último siglo. “Su interés radica no sólo en la extensión del periodo cubierto, sino también en la riqueza de la desagregación que proporciona”, indica Matilde Mas, coautora del estudio y especialista en economía del crecimiento. Las obras de los Gobiernos centrales, las comunidades, los concellos... El recorrido permite mejorar los conocimientos sobre lo hecho hasta ahora, pero también “orientar las respuestas a problemas económicos de actualidad”. Y con la crisis, asegura Mas, “hay que guiar la inversión pública hacia las ganancias de productividad”.
–¿Quién invertía antes del desarrollo del sector público?
–España era un país muy atrasado a comienzos del siglo XX, muy distinto del que conocemos hoy. En 1900, la administración central invertía el 23,5% del total, las corporaciones locales el 29%, y los que denominamos “otros agentes (asimilables)” –que en realidad eran básicamente empresas privadas de ferrocarril– el restante 47,5%.
–Madrid destaca muy por encima del resto de comunidades en el capital acumulado. las causas, ¿hay que buscarlas en su condición de capital? ¿En la evolución de su población? ¿En alguna otra razón?
–En todas ellas, además de su localización geográfica en el centro peninsular, lo que la convierte en un “cruce de caminos” ineludible. La capitalidad le ha beneficiado, por supuesto, aunque no en todos los países la capital es el núcleo más dinámico de un país como sí ocurre en España en la actualidad.
–Sin embargo, en la comparación por población, no deja de llamar la atención que el incremento experimentado por Galicia sea el más elevado.
–Este hecho es, en gran medida, resultado del despoblamiento que ha experimentado la región a lo largo del periodo de estudio. Fíjese que las dos comunidades que más dotaciones han perdido en términos per cápita son dos regiones dinámicas, Navarra y el País Vasco, que han ganado población a lo largo del periodo.
–¿Hasta qué punto pesan en estos 100 años los momentos de bonanza y los de crisis?
–Desde una perspectiva de muy largo plazo, se observa una influencia mayor de la historia que de los ciclos económicos, de las expansiones o de las crisis. Los hechos decisivos fueron el abandono de la autarquía con el Plan de Estabilización, la transformación de dictadura a democracia y la entrada en la Unión Europea. Desde una perspectiva más reciente, el hecho más notable ha sido la disciplina impuesta por el Tratado de Maastricht, que puso freno a la fortísima expansión del capital público a la que me refería anteriormente.
–¿Cómo cree que evolucionará la inversión en el futuro?
–Actualmente nos encontramos inmersos en una profunda crisis que se está intentando combatir con, entre otras, políticas keynesianas de intervención vía inversión pública. Desde mi punto de vista, este esfuerzo no podrá, ni tampoco deberá, mantenerse en el medio plazo por las consecuencias que tiene sobre las cuentas públicas. La inversión pública ha jugado un papel muy importante en la modernización de España, pero sus efectos benéficos se han ido reduciendo conforme el país iba dotándose de más y mejores infraestructuras de todo tipo. Habrá que continuar invirtiendo en el futuro pero a un ritmo menor al de la actualidad, y siendo más selectivo en el tipo de proyectos que se acometen. Las ganancias de productividad de la economía deberían ser el objetivo que guiara la inversión pública tanto en la situación azarosa en la que nos encontramos como en el futuro. El objetivo debería ser salir de la crisis pero siendo más competitivos de lo que éramos y de lo que somos en la actualidad.
–¿Cómo calificaría la evolución del capital público?
–De espectacular, sin duda. Algunos datos avalan esta afirmación. En 2007, el stock de capital público –o capital acumulado a raíz de las inversiones realizadas por el sector público– era 28 veces superior al de 1900. Desde 1964 hasta 2007 el capital total se ha multiplicado por 6,9 y el público por 10,2. La tasa media de crecimiento anual en términos reales –corregido por la inflación– alcanzó el 8% a comienzos de la década de los setenta, y también a comienzos de los noventa. Estas tasas pueden considerarse excepcionales, y todavía más si las comparamos con el modesto 1,5% que creció, de media, antes del Plan de Estabilizacióna.
–Uno de los fenómenos más llamativos es la apuesta tremenda por las obras hidráulicas, especialmente en el franquismo.
–Sí, tiene toda la razón. Este es un fenómeno muy curioso y de una gran magnitud. Fíjese que, por ejemplo, en 1965 la inversión en este tipo de infraestructuras representaba el 33,2%, ligeramente por encima de las infraestructuras viarias (31,8%). Cuarenta años más tarde, en 2005 la composición había cambiado de forma drástica: mientras las hidráulicas se reducían al 7,5% las viarias aumentaban al 46,8%, y las ferroviarias al 32,4%. Es normal que centraran la primera etapa de desarrollo por el perfil de España como un país seco y extenso. Por eso no es específico de Galicia. De hecho, fueron las zonas más secas –Andalucía, Valencia, Murcia, Extremaduras o Canarias, por ejemplo– las que más se beneficiaron.