SILVIA CAMESELLA - VIGO
Mari Luz y su marido toman un refresco con su pandilla. Ninguno de los fuma, pero sus amigos sí y por eso les acompañan en la zona en la que el bar permite el consumo de tabaco. "Me tengo que aguantar", confiesa. Al otro lado del local, en la zona libre de humo, no hay nadie. Como un hábito social más, café y cigarro suelen ir de la mano. Coger la cajetilla, extraer un pitillo, posarlo en la boca e, inmediatamente, encenderlo. La imagen se repite en la mayoría de los locales de ocio, pero si se endurece la ley antitabaco, en poco tiempo, este ritual podría pasar a la historia.
Los hosteleros creen que afectará negativamente a su negocio. María Castaño, que regenta una cafetería en Chapela (Redondela) desde hace veinte años, hace sus cálculos. "Si prohiben fumar es como si vetasen la entrada a los clientes que consumen tabaco", asevera. La empresaria, que se declara fumadora, suspira aliviada por tener un local pequeño, por lo que tuvo que reformarlo para adaptarse a la normativa. "Menos mal que no me daban los metros porque hubiera sido una inversión nula", asegura Castaño.
Ella optó porque en su establecimiento se permitiera fumar "porque la mayoría" de su clientela "es fumadora". La veterana empresaria muestra su preocupación por los ingresos derivados de la máquina de tabaco. "¿Tendremos que retirarla?", se pregunta. La opinión de Castaño coincide con la de la camarera Marta Cal, que vaticina una pérdida de clientes, un hecho acrecentado por la crisis. "Si tengo que ir a un local en el que no puedo fumar, yo ya no voy", confiesa Cal. Todo depende de si el que habla es fumador o no. Francisco Covelo, que considera la reforma como una "discriminación hacia el que fuma, como si se tratase de un delincuente", culpa al Estado de que exista el consumo de tabaco. "Así que yo también soy un sufridor –se queja–. Es un negocio que se inventaron y que nosotros no tenemos que pagar"
A Higinia Menéndez, también fumadora, no le molesta en cambio la posible reforma de la ley. "Si quiero echar un cigarro salgo a la calle y ya está", asegura. "Siempre y cuando no acaben prohibiendo fumar en la calle", añade, rápidamente, su marido. Ninguno de los dos cree que el endurecimiento de la norma pueda afectar a los hosteleros. "Lo que sí deberían de hacer es compensar a los que gastaron dinero en reformar sus locales", piden. La polémica está servida.