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M. V. - SANTIAGO En la cima del monte Abelendo, justo en el límite entre los ayuntamientos coruñeses de Rois y Brión, decenas de caballos salvajes viven desde hace décadas en semilibertad. A su alrededor no hay vallas ni cercas, simplemente porque a sus dueños no les hacen falta. Un trozo de madera con forma de horquilla para encajar la pezuña se encarga de hacer el trabajo sucio y garantiza que los caballos seguirán estando allí cuando sus propietarios suban a buscarlos.
El uso de estos artilugios, fabricados artesanalmente por los ganaderos a partir de ramas de ameneiro –elegido por su dureza–, se remonta a hace más de 100 años, toda una tradición que empezó en las montañas lucenses y se extendió a partir de ahí al resto de la comunidad. A pesar de que estos cepos son ilegales, los ganaderos justifican su utilización para “mantener controlados” a los caballos y limitar su movilidad a un área pequeña donde no causen desperfectos. “Si los dejas libres, estos caballos son capaces de bajar hasta los pueblos y destrozar fincas, cultivos o incluso provocar accidentes de tráfico, como ya ocurrió en 2006”, explica Marcos, de Macedos, una aldea a tres kilómetros del monte Abelendo.
Con una pieza de madera de casi un metro amarrada a la pezuña, andar cuesta mucho, y no se diga ya bajar una ladera. A duras penas consiguen esquivar un coche cuando cruzan una carretera. Úlceras, deformaciones en la pezuña, cojera, llagas en la piel... son sólo algunas de las huellas visibles que deja una pexa, aunque en los casos más graves su uso reiterado puede provocar incluso la muerte del animal.
Y es que los caballos de Abelendo, como tantos otros en los montes de toda Galicia, pagan un precio muy alto por vivir en semilibertad. No están cercados por vallas, pero tampoco son libres para moverse. Sólo así se explica que cuando en el verano de 2006 Galicia empezó a arder por los cuatro costados, parte del ganado mostrenco de esta comarca coruñesa sucumbiese pasto de las llamas. Al menos 14 caballos inmovilizados por las trancas se quemaron vivos. Días después, otra docena de caballos afectados por las llamas tuvieron que ser sacrificados por los veterinarios de la Xunta.
Los vecinos de la zona, de hecho, aún se estremecen al recordar las consecuencias del incendio de grandes dimensiones que en agosto de 2006 atravesó los municipios limítrofes de Rois y Brión a través de la montaña. El rastro del fuego es todavía visible y durante mucho tiempo la falta de alimento en la cima del monte obligó al ganado a bajar más de lo habitual para poder sobrevivir. Fue entonces cuando se multiplicaron los problemas entre propietarios forestales y ganaderos, ya que los destrozos causados por los caballos y los incidentes que protagonizaron algunos animales que, desorientados y hambrientos, llegaron a avalanzarse contra varios coches, contribuyeron a tensar aún más la siempre difícil convivencia entre ambas actividades.
Como consecuencia, algunos de los propietarios de ganado mostrenco de esta zona decidieron abandonar la actividad ante la acumulación de problemas, o bien con los vecinos o porque los caballos acababan en las fauces de los lobos.
El fiscal de Medio Ambiente de Pontevedra, Benito Montero, abrió en 2007 una investigación debido al uso de trancas en los montes pontevedreses. Pero las pesquisas, encargadas al Seprona, chocó contra un muro insalvable y es que la mayoría de estos caballos no llevan ningún tipo de identificación que permita localizar a sus dueños.
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