
Calificado -o por mejor decir descalificado- por la mayoría de sus adversarios externos, e incluso por algunos de los internos, como un cacique a la antigua usanza, José Luis Baltar Pumar es, en realidad, su adaptación a la modernidad. Algo difícil de explicar y aún más complicado de lograr y que supone el mantenimiento de la principal "virtud" política para tal condición, que es el éxito electoral, pero a la vez el cambio en la actitud tradicional para conseguirlo: antaño, el cacique sumaba votos a través de una mezcla de respeto e intimidación, y ahora desde una especie de seudo/humanismo rural que no pocas veces deriva hacia el establecimiento de lazos de amistad con grupos humanos nutridos.
José Luis Baltar es, a día de hoy, no sólo un maestro como tratante de votos, sino un político de aguda inteligencia, dotado además de un excepcional olfato -derivado, dicen sus amigos, de una absoluto conocimiento del medio, humano, físico y político- para distinguir y valorar las situaciones y una agilidad extrema para adaptarse a cualquiera de ellas y salir adelante. Sus enemigos lo atribuyen a la maleabilidad de sus principios -dicen de él que, como Groucho Marx, los tiene, pero si no le gustan a su potencial aliado, los cambia-, pero no es exacto: quizá resulte más probable que sus éxitos se expliquen sobre todo por su capacidad de entender y hacerse entender.
Baltar Pumar, que como otros políticos ourensanos de primer nivel se forjó en la llamada escuela de Gómez Franqueira -el hombre que entendió que para tener éxito en la empresa había que influir en política, y que para eso lo mejor era adquirir peso en los centros de poder, sean Madrid o Santiago- asumió como premisa el hecho de que si quería prosperar en una zona deprimida económicamente como la suya lo primero a desterrar era la idea de pertenecer a "la derecha", responsable tradicional de ese atraso. Por eso colaboró al nacimiento de una fuerza que se llamó Centristas de Ourense y que se enfrentó, ante todo y sobre todo, a la que representaba el ancien regimen.
Baltar estuvo en eso con otro político ourensano singular pero personalmente distinto a él, que fue Victorino Núñez, también dotado de una capacidad fuera de lo normal para el populismo pero que, al llegar a la Presidencia del Parlamento gallego en 1989 y tras un esperpéntico episodio en las eleciones municipales siguientes -acudió en coalición contra el partido de Fraga, con el que había pactado en Santiago-, eligió la capital gallega antes que la provincial. Un error de cálculo, quizá, porque los cargos institucionales proporcionan fulgor pero restan base territorial e influencia entre las bases y hacen que los más audaces de sus colegas busquen y a veces hallen oportunidades para el reemplazo.
Eso fue lo que ocurrió con José Luis Baltar. La presencia diaria y el poder real de la Diputación se tradujo en fuerza activa en la provincia, y cuando Manuel Fraga encargó a su por entonces "delfín" in pectore José Cuiña que desarrollase las condiciones para una fusión entre PP y Centristas, el llamado caudillo del Deza supo con quién tenía que negociar de verdad para alcanzar todos los objetivos. Entre los cuales estaba, inconfeso pero real, el apartamiento de Victorino Núñez, con quien Cuiña no mantenía una buena relación personal ni política.
El final del proceso se resume en una anécdota, sólo eso pero especialmente significativa de cómo se hicieron las cosas: cuando, el día de la firma de los acuerdos de fusión, José Luis Baltar llegó a la residencia de Cuiña en Lalín para la rúbrica, Victorino Núñez se hallaba en un céntrico restaurante de Santiago, donde conoció la inminencia del protocolo y desde donde se trasladó a toda prisa a la capital del Deza. Algunos colaboradores de Núñez lo desmintieron, pero si no fue vero, estuvo muy bien trovato, y por eso pasó a la historia -quizá mejor sería hablar de la intrahistoria- de aquellos acontecimientos.
La fusión fue la primera gran consecuencia estratégica de la reforma de la Ley Electoral que Manuel Fraga propició en Galicia -para consolidar aquí la "mayoría natural" que siempre vio, pero no ratificó en las urnas, en España- y el primer paso para la estructuración del naciente PPdeG, obra del presidente de la Xunta y ejecución de Cuiña Crespo con la estrecha colaboración de otros dos "barones", el lucense Francisco Cacharro y el propio José Luis Baltar. Tan sólo en la provincia de A Coruña, donde el poder lo ostentaba José Manuel Romay, consideraban atrevida la iniciativa de un partido que allí recordaba demasiado a otros, nacionalistas, vascos y catalanes.
Aquello fue el comienzo de la división entre lo que posteriormente se bautizó como sector de la boina -porque englobaba a los segmentos más rurales, o menos urbanitas, del PP- y del birrete, por lo contrario. O, dicho en otra clave diferente, el inicio de los choques más o menos soterrados, y siempre desmentidos entre Romay -uno de cuyos hombres era el actual presidente Núñez Feijóo- y Rajoy por un lado y los otros barones "boineros". Y la transformación progresiva del propio Manuel Fraga de un presidente total, que la edad había comenzado a debilitar, en una especie de árbitro entre facciones territoriales, cuyas decisiones se respetaban pero a veces tras choques muy duros.
La distancia entre Baltar y Feijoó no se redujo a pesar del apoyo que aquel prestó a éste en el congreso del PPdeG para la sucesión de Fraga, en enero de 2006, después de que el presidente ourensano advirtiera a Cuiña, entonces precandidato, que no le secundaría si no era capaz de ganar en Pontevedra, lo que así ocurrió. Tras la elección de Feijóo, las relaciones fueron deteriorándose a medida que aquel pretendía renovar y recortaba el margen de maniobra de Baltar: la tensión culminó cuando en el último congreso provincial del PP de Ourense, José Manuel Baltar, hijo de José Luis, se presentó para suceder a su padre al frente del partido en la provincia, y hubo una segunda lista que los Baltar siempre entendieron apoyada por el staff del PPdeG y por el propio Núñez Feijóo.
De ese momento es el hecho, cierto -y con testigos- de una conversación entre Feijóo y Baltar padre, en la que éste se quejó por el hecho de que su adversario, el alcalde de Verín, se presentase como "el hombre de Santiago" sin que nadie le desmintiera. Feijóo dijo que no era así, y negó que buscase una derrota de los Baltar, pero el aún presidente de la Diputación de Ourense le respondió que "é certo que si o meu fillo perde, perdo eu, pero si gaña, presidente, perdes ti". Y ganó Baltar: desde entonces las cosas nunca fueron bien, y ahora culminan con la salida del histórico barón.
Queda un capítulo por escribir: el de la sucesión en la Diputación ourensana. Baltar Pumar quiere ahí a su hijo, y el PP, no. Falta por saber quién tiene el asunto atado, y si está bien atado o no.
¿Eh...?

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