REDACCIÓN - VIGO
Los secuestradores del atunero español Alakrana se han convertido de la noche a la mañana en los nuevos magantes de su pequeña aldea en las cercanías del enclave somalí de Haradhere.
No realizaron ningún tipo de disimulo a la hora de demostrar su nuevo status económico. Según informa el diario "El Mundo" en su edición de ayer, casi una decena de los 63 piratas que en las últimas jornadas del secuestro se encontraban a bordo del atunero español se casaron poco después de que sus pies tocarán la playa.
Que hay "pasta fresca" en la población se nota a la legua. Los comerciantes han cambiado sus productos típicos y destinados a una economía de supervivencia por otros más prescindibles, por no decir de lujo. De los comestibles de primera necesidad se ha pasado a la venta de bebidas alcohólicas cuyo precio se multiplica por diez cada vez que en tierra tienen constancia de que sus convecinos han sacado tajada de sus acciones piratas.
Pero si el comportamiento de los corsarios a bordo era lamentable –el patrón baionés Ricardo Blach narraba que todos los días estaba drogados y bebidos hasta la coronilla– lo que ocurre en tierra es muy difícil de entender desde el punto de vista de un occidental. Tener dinero en un estado sin ley ni orden es difícil de mantener y de esconder. Otros clanes mafiosos aprovechan en tierra para hacer su agosto a costa de los piratas y ahora convertidos en gente de fortuna. Muchos de los que fueron secuestradores son perseguidos, acosados e incluso asesinados por las mafias para arrebatarle su parte del botín.
Haradhere y los pequeños poblados que la rodean este enclave notan la remesa de dólares frescos que inundan sus comercios, mercados, bares y prostíbulos. El maná llegó del cielo.