C.GONZÁLEZ/N. PILLADO - CANGAS/BAIONA
Niegan el terror que a cualquiera le supondría colocarse en el disparadero de los piratas somalíes, pero no pueden evitar expresar cierto “respeto” ante la lamentable situación que han vivido sus compañeros durante 47 días. “No, miedo no tenemos, pero ya nada será igual. Desde luego no salimos como lo hacíamos antes del secuestro”, comentan los cuatro tripulantes del Alakrana que parten mañana y el lunes hacia las Seychelles para zarpar de nuevo en el pesquero en busca del atún que les da de comer. “Intranquilos” y con la esperanza de que “no pase nada”, se manifestaban ayer en su localidad, Baiona, poco antes de ultimar las maletas para tomar hoy el avión que los llevará a París y, posteriormente, al Índico.
Paulino Veiga, cocinero del buque; Elías Gallego, camarero; Ángel Blach, primer oficial de puente, primo de Ricardo, el patrón que navega rumbo a las islas después del largo cautiverio; y Antonio Costas, segundo contramaestre, que sustituirá a su hermano Pablo, también a bordo, mostraban su nerviosismo. “Hay un antes y un después de esto”, indicaban en las últimas y frenéticas horas antes de tomar el avión en Peinador. Un taxista recogería hoy a tres de ellos a las diez de la mañana para llevarlos al aeropuerto vigués. Antonio viajará el lunes para poder compartir el fin de semana con su hermano en casa. Todavía no saben qué harán al llegar a Puerto Victoria. “Es la primera vez que nos vamos a encontrar con una situación así, pero hay que seguir. Lo mejor que pudo pasar es que viniesen los compañeros y que nosotros vayamos ahora. Nuestro trabajo es así. El barco no puede parar”, explicaba resignado Ángel Blach.
Por el momento, esperan revisar el pesquero en cuanto atraque para comprobar si necesita reparaciones, además de provisiones para las nuevas mareas. Una vez resueltos estos asuntos, a navegar y a trabajar bajo el mismo sistema. El horario laboral a bordo comienza a las cuatro de la madrugada y termina a las seis de la tarde, con dos turnos de media hora para comer entre las once y media y las doce y media. El resto de horas se pasan frente a una pantalla de ordenador, el teléfono cuando es posible y en conversaciones a bordo. “Antes jugábamos a las cartas o veíamos películas juntos, pero ahora después de cenar todo el mundo se va a su camarote”, apuntan.
Agentes de seguridad
El relato de su día a día en el barco afloja los nervios. Pero la tensión regresa enseguida cuando se les pregunta por los cuatro agentes de seguridad que se embarcarán con ellos. “Hombre, algo de tranquilidad dan. Es mejor que vayan que que no lo hagan, pero no sé si los piratas les harán frente o no”, recalcaba Elías Gallego.
Todos ellos han pensado alguna vez en no volver y sus familias se lo repiten constantemente, pero no pueden dejar atrás sus arriesgados empleos. Paulino, Elías y Ángel están cerca de los 50 años y ya desisten de encontrar trabajo en tierra. “No hay nada para nosotros”, explica Elías, que cuenta los días de los siete años que le restan para jubilarse, al igual que sus compañeros.
Antonio sí se lo plantea. Sólo tiene 36 años y no descarta buscar un sustento lejos de las aguas que vieron sufrir a su hermano. Su mujer, Luisa Leyenda, se lo ha pedido muchas veces, al igual que lo hizo con su esposo Loli Blach, mujer de Paulino Veiga, hermana de Ángel y prima del patrón. Las dos disfrutaban ayer de las últimas horas con sus maridos antes de que regresen. “Por un lado estamos contentas porque los compañeros están libres por fin, pero ahora se nos van los nuestros”, argumentaban. Cuanto más lo piensan, mayor es la angustia. “¿Y cómo sé yo que ahora no le va a tocar a mi marido?”, repetía Loli. Ellas también se resignan y son sabedoras de que “aquí no hay trabajo para ellos”. Así que tendrán que seguir conformándose con las llamadas y las cartas desde alta mar.