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Adiós a la mano derecha del Rey

La noche en que Sabino salvó la democracia

El jefe de la Casa del Rey indicó al Monarca que bajo ningún concepto el general Armada debía entrar la noche del 23-F en la Zarzuela

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Sabino Fernández Campo junto al Rey Juan Carlos, en su despacho, en enero de 1992
Sabino Fernández Campo junto al Rey Juan Carlos, en su despacho, en enero de 1992 Ángel Millán

J. MORÁN Sabino Fernández Campo (Oviedo, 1918), ex secretario y jefe de la Casa del Rey (1977-1993), rememoró en 2008 –con 90 años de edad– algunos sucesos acaecidos desde octubre de 1934 hasta el presente, así como reflexiones sobre sus creencias y convicciones, con motivo de la publicación de sus “Memorias”. Este es un resumen de lo que se publicó entonces.

Guerra y primer servicio en el cuartel de Santa Clara. “En cuanto estalló la guerra, me incorporé al Regimiento del Milán, donde me dieron el arma y la tarjeta de movilizado. Me la dio un capitán que luego conocí de jefe del Estado Mayor del Ejército. Mi primer servicio fue precisamente en el cuartel de Santa Clara. Estuvimos allí una noche sin saber qué hacíamos. Me acuerdo que había unos chicos tan jóvenes como yo, o más, que se pusieron en una ventana, y uno de ellos creyó ver que venían a asaltar el cuartel y disparó. Como no estaba acostumbrado, el culetazo le tiró hacia atrás. Presencié también cómo el general Aranda les negaba las armas a los milicianos y les decía que fueran a León, que aquí estaba todo asegurado y los mandó en un tren para allá. Fue hábil, se los quitó de encima diciendo que allí era donde hacían falta y donde iba a reunirse con otros. Fue un engaño que le salió bien”.

Abogado defensor en consejos de guerra. “Yo era teniente al acabar la guerra, y me nombraron defensor con frecuencia de personas que iban a ser juzgadas en consejo de guerra. Los consejos de guerra fueron una exageración porque, además, se juzgaba a los contrarios por auxilio a la rebelión, cuando, en realidad, la rebelión la había emprendido el Ejército nacional. Para mí fue muy penoso defender a personas que no logré que se salvaran. Era muy duro porque aquello era ya más venganza que lucha”.

En el cuerpo de Intervención. “Termino la guerra como teniente. Decido, mejor dicho, deciden que continúe porque yo era de una quinta que estaba todavía movilizada y no podía menos que continuar. Entonces terminé la carrera de Derecho, porque durante el servicio había preparado ya por libre varias asignaturas. Veía que no me liberaba de las Fuerzas Armadas, porque, como digo, estaba mi quinta movilizada. Entonces se produjo una convocatoria del cuerpo de Intervención Militar para el que hacía falta el título de abogado. Me presenté e ingresé”.

En la secretaría de seis ministros. “Cuando el suceso del contrato de los grupos electrógenos, el ministro Barroso se interesó por lo que yo podía saber “de esto de la industria”, y le expliqué que había estado trece años en la Fábrica de Trubia. “¿Y qué opina usted de las fábricas de armas?”, me preguntó. De aquella conversación nació la idea de crear la empresa Santa Bárbara, que iba a unificar todas las factorías españolas de armamento. “Le voy a nombrar un sustituto en Industria y Material, y usted se queda en la secretaría del Ministro”. Y así empecé, desde Antonio Barroso hasta cinco ministros más: Martín Alonso, Menéndez Tolosa, Castañón de Mena, Coloma Gallego y Álvarez Arenas”.

En la casa del Rey. “Fui destinado a la Casa del Rey sin saber exactamente por qué. Lo achaco al general Castañón de Mena, uno de los ministros del que fui secretario. Nos llevábamos estupendamente; me apreciaba y yo le respetaba, y le admiraba también. Como él estaba un poco de intermediario entre Franco y el Príncipe Juan Carlos, yo creo que fue él quien influyó para que fuera a la Casa, primero, de secretario general, sustituyendo precisamente al general Armada; y después jefe, cuando por edad pasó a ser honorífico el marqués de Mondéjar, que es una persona de la que tengo el mejor de los recuerdos y todo el respeto”.

El golpe del 23-F y dos conversaciones. “No me percaté en el mismo momento de lo que suponía que Armada viniera a la Zarzuela la noche del 23-F. Lo descubrí después. En un primer momento, a mí me parecía innecesario que fuera a la Zarzuela esa noche. El tenía un puesto importante en el Ejército. Era segundo jefe del Estado Mayor (el primero era el general Gabeiras) y su puesto en un momento de dificultad como aquél era estar en su puesto en su despacho. Además, había una cuestión personal: si yo le había sustituido a él como secretario general de la Casa del Rey, era yo el que tenía que estar en Zarzuela, y que llegara en aquel momento otra persona sería motivo de confusión. Eso mismo le estaba pasando en aquel momento al general Juste, que mandaba la División Acorazada Brunete, pero se le presentó allí quien había sido jefe antes, el general Rojas, que ya estaba destinado en La Coruña. Ya nadie sabía en aquellos momentos quién estaba mandando en la Brunete. Entonces me llama Juste, despistado, a la Zarzuela. La famosa llamada. Momentos antes, Alfonso Armada había insistido en presentarse en Zarzuela y explicar cómo estaba la situación. Decía que no teníamos ni idea, pero yo me había opuesto y le había dicho que no hacía falta que viniera. Al hablar con Juste, me dice: “Bueno, en definitiva, ¿qué está pasando? ¿Ya está ahí Alfonso?”. “No, no está”, respondí. “Pero estáis esperándole, ¿no?”. “No, tampoco; no está ni se le espera”, que fue la frase que se hizo famosa, pero que respondía sencillamente a una realidad: no le esperábamos porque le habíamos dicho que no viniera”.

Caer en la cuenta de la trama. “Fue entonces cuando me di cuenta de todo. Al ver juntas la insistencia de Armada en venir y la pregunta de Juste sobre si ya estaba allí, me hizo suponer que la presencia de Armada era significativa para algo. Entonces, fue cuando le dije al Rey: “La posición que estamos adoptando hasta ahora hay que mantenerla firmísimamente, porque tengo la impresión de que si se sabe que Armada está en Zarzuela parecerá que vuestra Majestad está metido en el lío y que está dirigiéndolo con Armada desde la Zarzuela”. Se tomó la determinación de que de ninguna manera apareciera por allí. No iba a aparecer de todas formas, porque no se iba a consentir. Pero lo que pasaba es que Alfonso Armada, que había estado tanto tiempo destinado en Zarzuela, entraba y salía, y muchas veces iba a hablar con el Rey. Sin embargo, hacía poco, pero ya antes del 23-F, se había dado una orden de que nadie entrara en Zarzuela, aunque fuera muy conocido, sin que lo supiera el jefe de la Casa, o el secretario general. Fueron muy importantes los pasos de aquella noche, porque era una cosa convenida: a partir de tal hora, estará Armada en Zarzuela. Eso hubiera arrastrado a la contra los sucesos de aquel día”.

Lo que esperamos conocer. “Tengo ideas religiosas muy profundas, y muy temerosas. Veo que se acerca un momento… Mi familia me ha educado dentro de la religión. Mi padre era extraordinario en ello, y mi madre, no digamos. Esa es la base que no se olvida. Eran creyentes y practicantes, realizaban obras de caridad, pertenecían a asociaciones católicas como la de San Vicente de Paul, visitaban enfermos. Quiero ser persona religiosa, pero tengo mis miedos. Escucho a este Papa, que empezó diciendo que el infierno existe, y que es eterno… Para mí, la eternidad es tan espantosa, hasta para lo bueno… Sí tengo miedo, el miedo a haber sido tan inadmisible que no se me perdone. Que, efectivamente, el infierno sea así, y que Dios sea un ser tan justiciero, tan justiciero, que no predomine un poco la clemencia, el perdón. Pero yo, la verdad, es que tengo mucha confianza en que somos muy poca cosa. Yo, que lo veo cerca, porque las cosas hay que verlas con realismo, tengo miedo, pero tengo confianza y desde luego soy creyente. Me encomiendo a la fe. Hay algo que está por encima de todo esto, y que esperamos conocer».

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