Las memorias de Jordi Pujol

Enrique Múgica y el golpe de Estado

Jordi Pujol revela en sus memorias las conversaciones que mantuvo con los socialistas en 1980 para derribar a Adolfo Suárez y formar un Gobierno de concentración presidido por Armada

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Jordi Pujol, durante la presentación de su libro, el miércoles pasado.  // Efe
Jordi Pujol, durante la presentación de su libro, el miércoles pasado. // Efe 

El ex presidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol, publicó esta semana la segunda parte de sus Memorias. FARO DE VIGO publica en estas dos páginas parte de uno de los capítulos más jugosos, en el que revela que el entonces número tres del PSOE, Enrique Múgica, actual Defensor del Pueblo, sondeó a Jordi Pujol a finales del verano de 1980 sobre la posibilidad de que un militar encabezase un Gobierno de concentración. Como recuerda el ex presidente catalán en sus memorias: "Le manifesté mi total desacuerdo. Esta visita, junto con otros hechos, revela que los socialistas, o buena parte, tenían una prisa enorme por llegar al poder".

JORDI PUJOL - BARCELONA La evolución política española era inquietante desde hacía tiempo. La UCD se estaba debilitando y, con ella, el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. En cuanto consideró alcanzados los objetivos básicos de la transición –la Constitución, el funcionamiento de las instituciones o la aplicación de los primeros estatutos–, el PSOE endureció mucho el ataque contra el Gobierno y su presidente. Es la época en que, desde la tribuna del Congreso, Suárez era tratado de "tahúr del Mississipi" y de "conspirador contra la democracia". Decían de él que un día entraría en el Congreso "montado en el caballo de Pavía", el general golpista del siglo XIX.
Uno de los mitos de la transición asegura que en aquellos años la relación entre los adversarios políticos fluía de un modo más positivo y constructivo que en la actualidad. En parte es cierto, porque el riesgo de fracaso colectivo atemperaba la agresividad, pero hubo también mucha dureza. Sobre todo, por parte del PSOE. Las campañas de los socialistas contra Suárez fueron feroces. La UCD, en cambio, no era agresiva y no se defendía muy bien de los ataques. La UCD era un partido acomplejado. A pesar de que en su seno había muchos demócratas, algunos de sus dirigentes provenían del franquismo, empezando por el propio Suárez y siguiendo por su destacado ministro Rodolfo Martín Villa. Otros se habían movido por las fronteras del antiguo régimen (...).
El PSOE tenía una auténtica obsesión por hacer caer a Suárez. Una prueba de ello es la visita que el destacado líder socialista Enrique Múgica me había hecho a finales del verano de 1980 a mi casa de Premià de Dalt para preguntarme cómo veríamos que se forzase la dimisión del presidente del Gobierno y su sustitución por un militar de mentalidad democrática. Le manifesté mi total desacuerdo. Esta visita, junto con otros hechos, revela que los socialistas, o una buena parte de los socialistas, tenían una prisa enorme por llegar al poder. Todo ello, en definitiva, muy poco responsable.
En la propia UCD se había instalado también la conspiración. Aquel año de 1980 se celebró la reunión de unos cuantos barones del partido en una finca de las afueras de Madrid. Todos los reunidos eran favorables a forzar la dimisión de Suárez. Un buen amigo mío, Joaquín Garrigues Walker, desempeñaba en ella un papel importante y me lo había comentado. Me decía que la política de la transición había respondido a la necesidad principal de asegurar el cambio democrático. Según él y los que le acompañaban, la política española tenía que adaptarse a unos esquemas europeos más normales, con un partido socialista, un partido liberal, un partido demócrata cristiano y un partido comunista...
La UCD, decían, era un partido atípico que ya había culminado la misión democratizadora que le había sido encomendada. Nada de eso me gustaba. Lo consideraba igualmente poco responsable y, además, yo tenía una buena opinión de Suárez. Era el más autonomista de todos los dirigentes de la UCD, aparte del propio Garrigues y del diputado Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón.
Suárez tampoco inspiraba confianza en muchos sectores económicos. Le reprochaban la legalización del Partido Comunista o el diálogo con el PSOE, y también una idea confusa y poco conservadora de la política económica. No hemos de olvidar que Suárez provenía de la Falange. Su evolución democrática era sincera, pero conservaba un cierto viso anticapitalista, cuando menos retórico, que era propio del partido fundado por José Antonio Primo de Rivera en tiempos de la República.
Para acabar de perfilar la situación de debilidad del presidente del Gobierno, hay que añadir la ruptura con su colaborador más estrecho y eficaz, Fernando Abril Martorell. Una ruptura que nunca he llegado a entender y que tengo la impresión de que afectó mucho a Suárez política y humanamente.
Uno de los personajes críticos con Suárez era su ministro de Interior y hombre fuerte dentro del partido, Rodolfo Martín Villa. El temor principal de Martín Villa era de orden autonómico. El mes de diciembre de 1980 pidió verme en privado. Vino a mi casa un domingo por la tarde. Se hizo acompañar por Josep Melià, el gobernador general en Cataluña. Melià, mallorquín, era un catalanista y un mallorquinista políticamente de centro con quien tenía relación desde la época del semanario Destino, en el que él había tenido responsabilidades directivas cuando yo era su propietario. Era un buen amigo. Les recibí en compañía de Miquel Roca.
El mensaje que traía Martín Villa y que nos trasladó fue breve, contundente y categórico: "Vengo a deciros que no daremos ni un paso más en lo que respecta a la política autonómica. Cumpliremos los compromisos que por ley hemos de cumplir, como los traspasos de competencias, pero con mentalidad restrictiva y sin ninguna concesión más. Existe el peligro de que el proceso se nos vaya de las manos".
Cuando creíamos que nos estaba hablando de una decisión del Gobierno del que formaba parte, añadió: "Para llevar a cabo esta política que acabo de exponer, solamente hay un obstáculo, que es el presidente Suárez". Y acabó diciendo: "Pero esto se va a resolver".
Al dirigente socialista que en verano me había visitado en Premià de Dalt para hablarme de la sustitución de Suárez por un militar, le había respondido que no estaba de acuerdo con sus tesis y que respaldaríamos al presidente del Gobierno español. Al ministro Martín Villa poca cosa podía decirle. Yo podía defender a Suárez de sus enemigos, pero no de sus amigos.
El día 29 de enero de 1981, Adolfo Suárez anunció públicamente que dimitía. La decisión sorprendió mucho a la gente. A mí, con los antecedentes que acabo de explicar, sólo a medias. Suárez no me había comunicado anticipadamente la decisión que acababa de tomar, pero había llegado a mi conocimiento que estaba dolido por las conspiraciones contra él que se organizaban en su partido y también por el rechazo que hallaba en los sectores económicos. Aprovecho este momento para expresar mi reconocimiento a Adolfo Suárez. Creo que, en conjunto, no hemos valorado sus méritos.
Maniobró muy bien para conducir al país a la democracia. Le fue de ayuda conocer por dentro los mecanismos del régimen que era preciso desmontar. También contribuyeron a ello su humanidad y generosidad. Siempre he tenido la impresión de que, al complejo de haber sido un cargo destacado del franquismo, Suárez añadía otro de carácter más íntimo. Cuando se le fueron acumulando las maniobras en contra procedentes de los barones de su partido y viendo que no podía dominarlos, dicen que pronunció una amarga frase: "Es que todos ellos son abogados del Estado y yo sólo soy abogado".
Leopoldo Calvo-Sotelo fue el encargado de formar nuevo Gobierno. Le había conocido años atrás, siendo yo directivo de Banca Catalana y él, consejero delegado de Unión Explosivos Río Tinto, cuando negociábamos la instalación de la refinería en Tarragona.
Había sido el primero en hablarme de la valía de Adolfo Suárez, cuando ambos eran ministros del Gobierno de Carlos Arias Navarro. Nosotros sabíamos que Calvo-Sotelo era un político competente, sólido en formación económica y europeísta. Dicho sea de paso: ha sido el presidente con un mayor bagaje cultural de todos los que han ocupado la Presidencia del Gobierno español. Pero sabíamos también que era poco autonomista y que compartía las tesis de Martín Villa dentro de la UCD, en un momento en que la opinión pública y la que salía publicada en los periódicos manifestaba muchas reservas contra el Estatuto de Cataluña.
Por dicho motivo, CiU decidió no votar a favor de la investidura de Calvo-Sotelo. Nuestra abstención impidió que saliese elegido presidente en la primera votación, celebrada el viernes 20 de febrero de 1981. La siguiente votación quedó programada en el Congreso para el lunes día 23.
Antes de situarnos en aquel día quiero explicar un hecho que tal vez no sea significativo, pero que llama la atención. En aquella época, siguiendo la tónica iniciada por el presidente Tarradellas, yo intentaba mantener una relación cordial con el Ejército. Tenía buena sintonía con el capitán general de la región militar, Antonio Pascual Galmés y, para reforzarla, un día le comenté que quería invitarles, a él y a los gobernadores militares de cada provincia, a una cena con sus respectivas esposas en el Palau de la Generalitat. Cuando ya habíamos concertado una fecha, Pascual Galmés me pidió que la adelantara. Me dijo que el gobernador militar de Lleida, el general Alfonso Armada, dejaría el cargo muy pronto porque le habían nombrado segundo jefe del Estado Mayor del Ejército y consideraba interesante que pudiese asistir a la cena antes de que trasladase su residencia a Madrid.
La noticia del nombramiento de Armada, antiguo secretario de la Casa del Rey, para un cargo de tanta responsabilidad me sorprendió, porque poco antes Suárez me había telefoneado y me había dicho: "Ahí tenemos a un gobernador militar, el de Lérida, del que no debes fiarte". Mientras cenábamos, me dio la sensación de que Armada era contemplado con respeto por sus compañeros. Le reconocían prestigio. Cuando, una vez terminada la cena, regresaba a casa desde el Palau de la Generalitat, mi esposa, que había estado sentada al lado de Armada, me dijo que habían estado hablando de flores, una afición que compartían, y de política.
Marta le había comentado al general que le preocupaba la forma en que Calvo-Sotelo pudiese enfocar la cuestión autonómica. Armada la había mirado y le había dicho: "¿Sabe, señora? No creo que Calvo-Sotelo llegue a ser presidente". Escuché el relato de Marta sin darle en aquel momento demasiada importancia. Después del golpe de Estado se hablaría mucho de una comida, previa a nuestra cena, que al parecer habían celebrado en Lleida Armada y unos cuantos dirigentes socialistas catalanes y españoles. Dicen que los reunidos hablaron de la conveniencia de que Suárez dejase el cargo (...).
La tarde del 23 de febrero, la primera información fiable de los hechos que habían tenido lugar en el Congreso me la dio la diputada socialista catalana Anna Balletbó. En el momento del asalto se encontraba en el hemiciclo, pero con aquella desenvoltura que la caracteriza había convencido a los guardias civiles para que la dejasen salir porque estaba embarazada. Tendría gemelos. Una vez en la calle, me telefoneó. A excepción del Rey, todos los que políticamente eran alguien en el Estado habían sido secuestrados por un grupo de guardias civiles armados a las órdenes de Tejero: el presidente del Gobierno, sus ministros, la oposición, todos los diputados y muchos senadores que aquel día habían querido asistir a la sesión de investidura. No se podía hablar con nadie. Se constituyó una junta de secretarios y directores generales que, de hecho, no tenía ninguna autoridad y que no hizo llegar ningún mensaje a la población.
Me llamó Pascual Galmés. Se le notaba confuso, aturdido: "Algunos militares me dicen que para superar la situación política podría salir la propuesta de formar un Gobierno de unidad presidido por un militar de tendencia democrática". En ningún momento me dijo de qué militares hablaba. "Desean conocer la opinión de algunas personas". Recordé la conversación que había tenido con Múgica. La música, si no la letra, era muy parecida. Le dije al capitán general que estaba absolutamente en contra de lo que aquellos militares pudiesen proponer y le manifesté que la única autoridad a la que yo me debía en aquel momento era el Rey (...).
Me decidí a llamar al Rey. Me pusieron con él inmediatamente. "Majestad, ¿qué ocurre?". Resumiendo, me dijo: "Estoy hablando con los militares. No ocurrirá nada. Tranquilidad". Tanto como las palabras, lo que me causó una buena impresión fue el tono realmente tranquilo con el que fueron pronunciadas. Confirmé mi impresión de que el golpe de Estado iba a fracasar.
El señor Coll i Alentorn, consejero adjunto a la Presidencia, se encontraba en el salón de la Mare de Deu de Montserrat con otros consejeros. Fui allí a reunirme con ellos. Estaban presentes unos periodistas y les transmití las palabras del Rey. Con la angustia del momento, costaba aceptar como cierta tanta concisión. Los periodistas insistieron. Me preguntaban: "Pero ¿qué más le ha dicho?". Y entonces pronuncié una frase que no era literal, pero que resumía bien la conversación. Les dije que el Rey me había dicho: "Tranquilo, Jordi, tranquilo". La expresión pronto se propagó. Más tarde se hizo famosa. Todavía hoy mucha gente la recuerda y la repite. Aquel "tranquilo" tuvo realmente un efecto tranquilizador en mucha gente de Cataluña y España (...).
Durante la conversación, el Rey también me había dicho: "Yo saldré dentro de poco por televisión". Si no comuniqué estas palabras a los periodistas fue porque intuí que la comparecencia del Rey no sería tan inmediata y no quise dar motivos que pudiesen generar más inquietud. Efectivamente, el Rey tardó en salir. Tanto que volví a llamarle. Esta vez no pude hablar con él, pero sí con Sabino Fernández Campo, el secretario general de la Casa del Rey: "Saldrá, saldrá. Todo está tranquilo, pero ahora no puede hablar con usted porque está reunido". Llego a la conclusión de que si las conversaciones del Rey con los militares se alargaron fue porque no fueron fáciles. También creo que, aparte del papel decisivo del Rey, Sabino Fernández Campo y la Reina tuvieron un peso importante en la resolución del conflicto. La Reina, recordando probablemente que su hermano Constantino no era el rey de Grecia por haber abonado una dictadura militar, debió decirse: "Dos veces no".

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