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Antonio Dieter, el "patrón" breve

El ourensano deja la patronal gallega a los nueve meses de ganar las elecciones -Solo ha paliado la guerra norte-sur con su dimisión

09.10.2016 | 02:14
El expresidente de la CEG, Antonio Dieter Moure. // Xoán Álvarez

Acostumbradas a escuchar discursos, negociaciones, peleas y triquiñuelas, las paredes de la sede de la Confederación de Empresarios de Galicia (CEG) no habían escuchado a Marco Tulio Cicerón hasta que un señor menudo echó mano del maestro de la oratoria y la retórica para llamar a la paz. Era Antonio Dieter Moure Areán (Ourense, 1951), un profesor -desconocido en el mundo empresarial- que acababa de ganar las elecciones a la presidencia de la organización. La paz no se dio por enterada y nunca entró por la puerta. Este jueves dimitía por carta al verse incapaz, según él, de manejar tantas revueltas. "Si queremos gozar la paz, debemos velar bien las armas; si deponemos las armas, no tendremos jamás paz". Es de Cicerón.

Dieter Moure nunca pudo conformar un equipo propio, no tuvo tesorero o contador, y amagó con la dimisión dos veces ante la imposibilidad de sacar adelante un plan de viabilidad en el que solo creían los suyos. Su desembarco en la CEG no pudo ser más desagradecido, con una crisis galopante de liquidez y con las patronales provinciales vestidas para la batalla. "Se pueden decir muchas cosas de él, pero es un buen tipo", lo defiende uno de sus gregarios. Para el profesor, amante del románico, las disputas 2.0 lo dejaron desubicado. No pretendió -eso dicen los suyos- ejercer de señor feudal, y su mandato se pareció más al convulso siglo XIX (otra cosa no, pero se multiplicaron los conatos de pronunciamientos) que al de su conocida Edad Media.

"El jubilado"

"Enseñó en una reunión de la CEOE en Madrid su tarjeta dorada" para abaratar los gastos de traslado, recuerda un miembro de la CEG. La tarjeta tiene descuento para jubilados. Sus detractores más férreos, que a su vez son enemigos de Antonio Fontenla, lo llamaron así de forma despectiva. "El mandato de los viejos", decían de ambos. "¿Cómo va a ser un jubilado el presidente de los empresarios de Galicia?". Ganó las elecciones por diez votos de diferencia sobre el también ourensano José Manuel Pérez Canal, consejero delegado de Aceites Abril. Tragó saliva para aprobar las cuentas de su predecesor, José Manuel Fernández Alvariño, contra quien fue muy beligerante. Porque Dieter sí fue guerrillero (o "conspirador", para muchos) en la patronal de Ourense -se enfrentó incluso al presidente de la de Pontevedra, Jorge Cebreiros-, pero la CEG melló su carácter o engulló su carisma. Si alguna vez supo de todas las intrigas contra él, incluso de los que lo apoyaban ante los focos, nunca lo reflejó públicamente.

Eliminó el coche oficial y encargó el plan de viabilidad a un amigo -"salió gratis para la confederación"-, pero las previsiones económicas eran un cuento de hadas e incluyó entre los afectados por despidos a trabajadores de baja maternal o media jornada para el cuidado de menores. Su mandato de nueve meses acaba como empezó, con una CEG partida en dos, sin dinero ni plan de viabilidad. Sofocó el primer conato de quiebra con una solución como la que, casualmente, había utilizado Alvariño: una póliza de crédito con cargo a ingresos futuros por 600.000 euros. Quedan poco más de 200.000 en la caja.

Tímido o sin conocimientos financieros, pedía a los presidentes provinciales que lo acompañaran a explicar a la banca su proyecto económico para solicitar una tercera hipoteca sobre la sede. Cuando no quisieron acompañarlo él tampoco asistió. Era habitual verlo abstraído en los actos públicos, como si ése no fuera su mundo, ajeno a su posición como líder del empresariado gallego. Durante su breve mandato la CEG nunca se pronunció sobre el mercado laboral, la crisis del Brexit, la modificación del impuesto de sociedades, las perspectivas económicas o la falta de Gobierno en España. Su lugar en los medios y los coloquios lo ocuparon las Cámaras de Comercio y el Círculo de Empresarios de Galicia.

Es difícil saber lo que rondó por su cabeza durante el mes de septiembre porque llevaba "tres o cuatro semanas" sin hablar con sus defensores más firmes. Mes sabático para pensar y concluir que "no me merece la pena todo esto".

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