Remedio del error proteccionista

El extendido empeño en fiarlo todo a la exportación deprimiendo las demandas nacionales puede reproducir los desaciertos de la Gran Depresión

19.05.2013 | 00:00

La UE, que es la mayor área económica mundial, está determinada a que de esta crisis sus Estados miembros salgan por la vía de las exportaciones a terceros países, una vez que todos los Gobiernos están comprometidos con los ajustes, los recortes, la austeridad pública y privada y la devaluación interna, que es la gran apuesta europea contra la recesión.

España está avanzando por esa vía, pero con crecimientos de sus ventas al exterior en el primer trimestre del 3,9% (2% en tasa interanual), muy lejos del 16,8% en que aumentaron las exportaciones españoles en 2010 y del 15,4% en 2011 y sólo una décima superior al 3,8% de 2012.

Japón está tratando de escapar de su profunda y larga deflación, tras casi dos décadas de estancamiento, devaluando el yen para intentar impulsar con inusitado vigor su acreditada potencialidad y experiencia exportadoras.

EE UU, la economía nacional líder del mundo, mantiene su política monetaria muy expansiva tendente a inyectar una elevada liquidez en el mercado. Esta estrategia, si bien tiende a reanimar la demanda interna, genera como efecto inducido una depreciación del dólar, lo que abarata sus exportaciones y tiende a frenar las importaciones por el encarecimiento de los productos extranjeros a consecuencia del tipo de cambio.

China ha construido su modelo sobre la exportación de producciones baratas y un tipo de cambio del yuan artificialmente bajo para favorecerlas. Y aunque se ha emplazado sucesivas veces a las autoridades chinas para que alienten el crecimiento de su demanda interna para corregir sus elevadísimos superávits externos, el gran gigante asiático elude la titánica tarea de virar la marcha de una economía gigantesca que sigue su propia deriva y a la que la inercia retiene atada a un patrón de crecimiento que, aunque sujeto a muchas incertidumbres de futuro, ni es fácil de cambiar ni sus responsables asumen el riesgo de fracasar en caso de intentarlo.

Los países emergentes, que lideran el crecimiento en el mundo desde el estallido de la crisis, dependen de las exportaciones de materias primas a las grandes economías fabricantes del mundo, y en particular a China y, por consiguiente, su propia marcha económica está supeditada no sólo a que estos países mantengan su demanda sino a que, a su vez, estas naciones encuentren compradores en otras economías para sus productos fabriles.

Las estrategias por las que están optando todas las áreas económicas son muy preocupantes porque, salvo EE UU en cierta parte de su política, nadie se está planteado cómo salir por sí mismo de la crisis, ni cómo lograr que su propia demanda sea generadora de actividad y, por lo tanto, de empleo, ni cómo contribuir mínimamente desde cada país a acrecentar la demanda internacional. A la inversa, todos los grandes bloques y espacios económicos afilan sus armas para arrebatar a los otros cuota de mercado exterior, pero no en una economía en expansión, sino en una economía global que no crece, o que lo hace de forma insuficiente, y que además soporta un nivel récord de parados en el planeta.

Cuando estalló la crisis con su trágica magnitud sobrecogedora -no con las primeras quiebras de las sociedades hipotecarias estadounidense en la primavera de 2007, sino cuando el derrumbe alcanzó al corazón del sistema financiero neoyorquino, en el otoño de 2008-, las grandes potencias pactaron en el G-20 no repetir los errores de los años 30 tras la Gran Depresión y eludir, entre otros fracasos de entonces, la vía proteccionista.

Pero las depreciaciones monetarias y las austeridades nacionales en las que hoy están empeñados los Gobiernos, deprimiendo de forma deliberada las economías internas para forzar mejoras competitivas externas, acaban ejerciendo similares efectos que las barreras arancelarias a las que se comprometieron a renunciar, con el agravante de que, al final, las soluciones miméticas acaban por neutralizarse entre sí, de modo que nadie podrá vender más si todos tratan de acrecentar sus exportaciones y ninguno accede a favorecer su propia demanda interna y, por tanto, las importaciones.

España, que acaba de lograr un saldo exterior comercial positivo en marzo por vez primera desde 1971, no puede atribuir este mérito tanto al aumento exportador (3,9%) como al desplome de las importaciones (-15%) a causa de la recesión, la restricción crediticia, la caída de la renta disponible, el miedo al paro y, en parte, también al efecto sustitución. En economía hay cosas que pueden ir bien sólo porque casi todas las demás van mal.

Que España haya sido la única gran economía europea que fue capaz de aumentar sus exportaciones en el primer trimestre puede ser interpretado como un éxito si no pudiese y debiese ser visto también como una amenaza.

Desde 2010, tras la crisis de la deuda soberana griega y su contagio a otros países del euro, la generalidad de las áreas económicas decidieron (y la UE, liderada por Alemania, de forma muy relevante) confiar al resto del mundo y a su demanda de bienes y servicios la solución de los problemas propios. Pero tras tres años porfiando por una solución que no acaba de llegar por esa vía, y remedando la famosa frase de John F. Kennedy, quizá ha llegado el momento de preguntarse no qué puede hacer el resto del mundo por Europa y por cada una de las demás áreas económicas concernidas por la crisis, sino qué puede hacer cada uno de esos espacios económicos por el resto del mundo -y, en consecuencia, por sí mismos- y con qué puede contribuir cada uno de ellos a aumentar la demanda agregada mundial para salir de la más larga, más profunda y más dolorosa recesión desde la II Guerra Mundial.

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