Los recortes ya duran tres años

Todos los indicadores económicos, incluida la deuda pública, empeoraron desde que se optó por los ajustes salvo la corrección, aunque insuficiente, del déficit y la mejora del saldo exterior

12.05.2013 | 10:19

En 2012, el año del mayor recorte de gasto que se recuerde en educación, sanidad, cobertura de desempleo, becas, investigación, dependencia y otros fines sociales, ajuste de partidas presupuestarias diversas, austeridad extrema, parálisis de la obra pública y 36 subidas de impuestos en un solo ejercicio, el déficit del Gobierno central solo mejoró en 0,7 puntos porcentuales de PIB. Por el contrario, esa medidas depresivas y su efecto consiguiente en el aumento del paro y del gasto en desempleo, más la reducción de las cotizaciones sociales como consecuencia de las rebajas salariales y los despidos favorecidos por la reforma laboral acrecentaron el saldo negativo de la Seguridad Social en 0,97 puntos.

El efecto combinado de ambos factores supuso que el conjunto de la Administración central arrojase el año pasado con Mariano Rajoy al frente del Gobierno un déficit del 5,08%, solo 0,12 puntos mejor que el 5,20% obtenido por su antecesor, José Luis Rodríguez Zapatero, en 2011.

El gigantesco sacrifico de la sociedad española por la vía de la austeridad apenas permitió un alivio pírrico en el saldo final de la Administración central. Y esto es así porque están actuando con toda la contundencia las llamadas "tijeras asesinas". Los intentos de recortar el déficit sin acompañamiento de estímulos ni de terapias paliativas deprime la economía y la recesión genera nuevos déficits públicos en una suerte de círculo vicioso.

Ni tan siquiera el comportamiento conjunto de las administraciones públicas -que arrojó un resultado más favorable merced a un notable esfuerzo de las comunidades autónomas- permite le euforia. Tras acometer ajustes estimados en más de 110.000 millones en 2012, el déficit ordinario de la totalidad del sector público español (sin contabilizar el coste del rescate bancario) se redujo en 1,98 puntos y cerró en el 6,98%. España incumplió el objetivo inicial pactado con la UE (4,4% de déficit previsto), tampoco alcanzó el objetivo negociado con Bruselas el 12 de marzo (5,3%) y ni tan siquiera logró cumplir con exactitud el compromiso renegociado con la UE el 9 de julio (6,3%).

Sumados los costes de los rescates de la banca de 2011 y de 2012, el déficit español fue el año pasado del 10,6%, el mayor de la UE y 1,2 puntos superior al de 2011 (9,4%).

El jueves se cumplió el tercer aniversario del cambio de política económica en Europa. El 9 de mayo de 2010 lo hizo el Gobierno de Zapatero y, acto seguido, lo hicieron los de Alemania, Reino Unido, Francia, Portugal y otros países europeos. La crisis soberana griega y su contagio al euro forzó a abandonar las políticas de estímulo contra la crisis y se impuso la aplicación de contundentes programas de ajuste y austeridad. Europa y España, que lograron salir de la primera recesión con un leve repunte entre fines de 2010 y comienzos de 2011, entraron de inmediato, a causa de los recortes, en la segunda recesión, un hecho sin precedentes en España desde la Guerra Civil, y sin que desde entonces se atisben señales nítidas de mejora inmediata.

El control y reducción de la deuda pública española, que fue el gran objetivo del cambio de política, no ha tenido éxito. La deuda pública española está en niveles récord: 883.000 millones de euros a cierre de 2012, más del doble que en 2007. Desde que se impuso la receta europea de los sacrificios y el abandono de las políticas de gasto y estímulo keynesiano, la deuda pública se disparó del 55,7% del PIB al 84,1%. Aumentó en 269.000 millones. El año pasado -el ejercicio del máximo sacrificio- fue en el que se más se acrecentó el endeudamiento desde que estalló la crisis en 2008, con un alza de 148.500 millones (15,6 puntos del PIB).

Todos los indicadores de la economía española empeoraron desde mayo de 2010, con las únicas excepciones de la ligera reducción del déficit público, la muy moderada disminución del grave endeudamiento privado y la acusada mejora del saldo exterior, en cuya recuperación están actuando dos componentes: el aumento de las exportaciones -por las ganancias de competitividad derivadas de los recortes salariales y de empleo- y el hundimiento de las importaciones por la depresión de la demanda interna. Pero el aumento de las exportaciones, la gran esperanza de la política de devaluación interna, no manifiesta una aceleración clara. En 2010 crecieron el 16,8%, en 2011 aumentaron algo menos (el 15,4%) y el año pasado solo el 3,8%, aunque concurre la ventaja de que son aumentos acumulativos.

El resto de los datos apuntan a que la receta de la austeridad extrema sin mecanismos compensatorios que impulsen la actividad está lastrando y profundizando el declive.

El PIB se contrajo en 2012 el 1,4% tras haber crecido el 0,4% en 2011. La demanda interna ha seguido una tendencia descendente desde 2010. El paro está en niveles récord: 27,16% de la población activa y 6,2 millones de parados según la EPA, 2,1 millones más que a fines de 2010 y una tasa casi 5 puntos superior. 2012 fue el año de mayor destrucción de empleo después de 2008 (desaparecieron 787.241 cotizantes, el 217,2% más que en 2011). El ahorro de los españoles fue negativo el año pasado por vez primera desde que hay series estadísticas, el número de hogares se contrajo también por vez primera a causa de la emigración y el reagrupamiento familiar, las quiebras familiares y empresariales no han dejado de crecer y los "hombres de negro" (los inspectores de la troika, según la expresión del ministro Cristóbal Montoro) desembarcaron por vez primera en España el verano pasado y aquí siguen.

La prima de riesgo española cerró este viernes en 282 puntos básicos, muy por debajo del nivel de emergencia que se alcanzó el pasado verano (los 649 puntos del 25 de julio de 2012) pero todavía lejos de los niveles de confortabilidad. En mayo de 2010, cuando Zapatero se vio forzado al cambio de política, la prima española estaba en 150 puntos básicos de diferencial sobre el bono alemán y se dijo que era un desastre. Hoy, tras tres años de ajustes y recortes, está el 87% por encima que entonces y a niveles del verano de 2011, con la diferencia de que desde el 5 de marzo de 2012 la prima española permanece por encima de la de Italia, lo que no había ocurrido desde la primera semana de agosto de 2011.

La generalidad de las variables económicas españolas (véanse cuadros adjuntos) se desplomaron en 2008 tras el estallido de la crisis, emprendieron la recuperación con las políticas de gasto a partir de 2009 y de nuevo se hundieron desde 2010 con las terapias para contener la espiral de déficit público.

A la Unión Europea, el espacio económico que está apostando por una política monetaria menos expansiva y por una política fiscal más contractiva, tampoco le va bien. El PIB conjunto de la eurozona está en recesión (la segunda desde 2008) y el FMI acaba de alertar de que Europa se está descolgando de la recuperación.

Lo que está ocurriendo en Europa no es distinto de lo que pasó entre 1929 y 1933 en EE UU con el presidente Herbert Hoover, cuya política de ajuste fiscal en plena recesión ahondó la crisis y generó la Gran Depresión. Tampoco es distinto del "error" de 1937 cuando el presidente Franklin Delano Roosevelt abandonó de forma precipitada la política keynesiana de estímulos y de gasto (el "New Deal") en cuanto apreció síntomas de recuperación y optó por la austeridad, lo que hundió de nuevo la economía en una sima de la que solo la rescató el inmenso gasto público que generó la II Guerra Mundial.

Tampoco difiere del camino fallido que siguió el canciller alemán Heinrich Brüning decretando la austeridad en plena recesión de 1930-1933, ni del error de Japón cuando, nada más empezar a esbozar en 1996 síntomas de reanimación merced a una política de estímulos, recayó en la deflación que aún perdura una vez que en 1997 el Gobierno de Tokio giró demasiado pronto hacia la consolidación fiscal. Y también replica la opción que siguió Finlandia en 1992 con una consolidación demasiado prematura, lo que le condujo a la recesión, mientras Suecia, combinando restricción presupuestaria e impulsos para el crecimiento, la eludió en 1994.

El debate entre austeridad y crecimiento está hoy, por todo ello, más vivo que nunca. La controversia se acrecentó aún más cuando el FMI admitió en octubre que se había equivocado al estimar el efecto recesivo sobre el PIB y el empleo de los ajustes presupuestarios y las políticas de austeridad. Frente a un coeficiente de 0,5 (por cada euro de recorte público la economía se contrae 5 céntimos) el Fondo admitió que, al combinarse una recesión con una crisis financiera y de crédito, el multiplicador debe ser 1,5: por cada euro que el Estado no gasta o que recauda de más con subidas de impuestos, la contracción de la actividad económica es de 1,5 euros. En esa misma fecha, el FMI, tras haber analizado 26 precedentes desde 1875, concluyó que las políticas de austeridad, cuando operan en un entorno de elevado endeudamiento, no logran reducir la deuda, sino que la elevan.

La polémica académica y política se agigantó aún más en abril cuando un estudiante de Económicas, respaldado por dos de sus profesores, descubrió fallos metodológicos en la exitosa obra de los profesores de Harvard Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, con la que se había establecido como axioma que la economía decrece de modo inexorable cuando la deuda pública supera el 90% del PIB.

El error de priorizar el ajuste del déficit y de la deuda pública parte de una creencia falsa según la cual fue el endeudamiento de Gobiernos manirrotos el que causó la crisis, por lo que es ahí donde hay que actuar con contundencia. La tesis es falsa y España es un buen ejemplo de ello. El Estado español estaba en superávit desde 2005 cuando estalló la crisis de 2008 y su deuda era de apenas el 36,3% del PIB (382.000 millones). Lo que causó la crisis -salvo en Grecia- fue el endeudamiento privado y las prácticas financieras e inmobiliarias ligadas a ese fenómeno. La deuda privada española era ya entonces de 2,1 billones de euros, más de dos veces el PIB y la externa, de 1,7 billones, mayoritariamente privada.

El voraz incremento posterior de la deuda pública española se atribuyó a las políticas de estímulo de Zapatero, pactadas en el G-20. Pero ese gasto, que contribuyó a la salida de la primera recesión, fue de 26.000 millones en el acumulado de 2008-2009, el 5,19% de los 501.000 millones en que aumentó la deuda española desde comienzos de 2008. El año pasado, con Rajoy en el Gobierno y el mayor ajuste de gasto conocido, el déficit del Estado fue de 106.000 millones. Todo ello pone de manifiesto que hay un problema gravísimo de hundimiento de ingresos por la recesión, acrecentado con una factura muy alta por desempleo y el coste de la deuda. Pero el gasto público español sigue por debajo de la media europea, lo que no obsta para que deba revisarse y ajustarse en la medida en que descansaba sobre un nivel de ingresos fiscales que se han volatilizado con el hundimiento de la "burbuja" inmobiliaria y la crisis.

Pero el origen del deterioro de las cuentas públicas no está en los 2,6 puntos de PIB gastados en estímulos en 2008-2009 (con independencias de que algunas de aquellas medidas contracíclicas fueron más venturosas que otras) porque, como afirmó uno de sus más severos críticos, Mariano Rajoy, el 19 de octubre de 2012, el aumento de la deuda no en 2,6 puntos sino en 4 puntos (los del rescate de la banca en 2012) "no es relevante".

Con la austeridad y los sacrificios, la prima de riesgo marcó un récord en 2012. Ahora las primas están cayendo en España (-23%), Irlanda (-25%), Francia (-30%) y otros periféricos. Pero no son los ajustes los que están logrando el milagro sino la política expansiva de Japón, la flexibilización de la UE al dar dos años más de margen a España para situar su déficit en el 3% y, antes, la amenaza explícita y latente del BCE de actuar "de forma suficiente". Es decir, los estímulos.

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