Una alianza perversa

La devaluación interna como estrategia de competitividad exterior acrecienta el desmesurado endeudamiento privado y una inflación superior a la media de la eurozona agrava el empobrecimiento

18.03.2013 | 08:20

Los salarios bajan, pero la inflación no converge. España culminó 2012 con la mayor bajada salarial de los 27 países de la UE, de acuerdo con la deliberada estrategia de la devaluación interna para la mejora de la competitividad exterior, pero desde septiembre la tasa inflacionaria española persiste entre 0,8 y 1,1 puntos porcentuales por encima de la media comunitaria.

El diferencial inflacionario erosiona parcialmente la ganancia de competitividad que se obtiene por la política depresiva de salarios que facilita la reforma laboral de 2012. Pero éste es un perjuicio menor en la medida en que su intensidad no es pareja en todos los sectores y en que su repercusión, por más que siempre acaba habiendo contagio, no es lineal sobre la totalidad de los bienes y servicios, y más cuando, en plena caída de las rentas del trabajo, se ha cercenado la principal vía de transmisión inflacionaria que eran los salarios vinculados al IPC.

En realidad, para hablar con rigor de inflación tendría que darse una subida generalizada, acusada y persistente de los precios. Y, hoy por hoy, el comportamiento de los precios es muy desigual y hay sectores en los que se constatan reducciones mientras que en otros persiste la tendencia al alza.

Por ello el más inquietante de los efectos de esta combinación de salarios a la baja respecto a la media europea y un IPC que se mantiene por encima del promedio comunitario no es tanto el perjuicio del segundo de ambos factores para la competitividad exterior como el agravamiento que la suma de los dos está propiciando del empobrecimiento general de la población española, que afronta una reducción nominal de los salarios y, además, y por el efecto de la inflación (el llamado impuesto invisible), un recorte aún mayor de las rentas reales y de la capacidad adquisitiva.

La devaluación interna tiene graves contraindicaciones en países con un endeudamiento privado tan descomunal como el de la economía española porque la caída de las rentas acrecienta el peso real de la deuda. Pero el efecto de la inflación, que en condiciones normales debería aliviar la posición deudora de los españoles, la agrava cuando se produce en un contexto de caída de las rentas salariales y del poder adquisitivo.

Este gravísimo endeudamiento privado, tanto familiar como empresarial, junto con el desplome de la actividad constructora (que había ejercido como principal locomotora de la economía nacional en los últimos quince años), la elevada dependencia nacional de una financiación exterior que se ha restringido de forma relevante, la segunda mayor tasa de paro de la OCDE (26% de la población activa) y el desmesurado endeudamiento externo de la economía española (2,3 billones, del que el 85% es privado) es lo que condujo a las autoridades a la convicción de que no es factible una recuperación endógena de la economía nacional ante la manifiesta incapacidad del país para remontar vuelo por sí mismo con tamaños lastres acumulados durante la época de euforia nacional (1998-2008).

De esta constatación dimana la certeza de que España solo saldrá de la crisis si otros países ejercen de fuerza motriz y si España es capaz de beneficiarse de ello por la vía exportadora. La tesis es coherente con el hecho de que el endeudamiento externo (y más si es tan desorbitado como el español) solo puede corregirse si se generan superávit externos. Y esto exige mejorar la competitividad, impulsar las exportaciones y cercenar las importaciones.

Descartada la vía clásica para lograrlo (la devaluación monetaria) porque esa decisión no está en manos de España, porque sería inocua en la zona monetaria del euro (nuestro principal mercado) y porque Alemania y el BCE se niegan a devaluaciones competitivas en tanto que son generadoras de inflación, España optó por la devaluación interna, que es la alternativa que cabe en un sistema de tipos de cambios fijos y que surte análogos efectos competitivos, con la ventaja de que, en vez de generar inflación, tiende a promover la desinflación. De aquí que Alemania imponga esta receta a los socios que precisen mejorar su posición exterior.

La desventaja de la devaluación interna es que hace recaer sobre el propio país y su población todo el coste y el esfuerzo imprescindibles para obtener ganancias de competitividad, a diferencia de las devaluaciones monetarias, que, en la medida en que toda depreciación de una divisa entraña la revaluación simétrica de la contraria, redistribuye ese esfuerzo y traspasa parte de la factura a los países competidores.

Pero el Gobierno y la UE dieron por perdida cualquier esperanza de recuperación de la demanda interna cuando al desplome de la inversión y consumo privados sumaron los profundos ajustes y recortes del sector público que exigió Alemania para contener la crisis soberana, y que supuso la renuncia a cualquier política de estímulo en aras de frenar el déficit que estaba generando en las administraciones el derrumbe del PIB y de la recaudación tributaria y el ascenso incontrolado de los gastos como consecuencia de la espiral destructora del empleo. Así las cosas, decidieron una política económica (rebajas salariales y subidas de impuestos, además de otros recortes sociales y de gasto) que, de forma deliberada, deprime aún más la demanda interna, en la confianza de ganar al menos competitividad y hallar así en el exterior una salida a la encrucijada nacional.

Esta estrategia comporta enormes peligros. El mayor de todos es fracasar en el empeño. La demanda interna (gasto más inversión, tanto público como privado) han venido aportando el 70% del PIB nacional. Por tanto, para compensar por la vía exterior el desplome interno (el espontáneo más el inducido) de la economía española, el esfuerzo exportador debería ser mayúsculo. Algunos autores, como el profesor Rafael Myro, creen que España -solo en bienes y sin contar servicios- debería aumentar la contribución neta exterior actual en al menos 3 puntos del PIB (30.000 millones de euros). Otros son más exigentes. Y esto requiere no solo arrebatar cuota de mercado a los competidores (que también están intentado ganar competitividad, incluso recurriendo a la llamada "guerra de divisas"), sino además que se verifique una recuperación internacional nítida.

Las exportaciones españolas llevan creciendo desde finales de 2009 pero, pese a ello, se ha producido una merma de la cuota de mercado internacional de España, que ha perdido dos puestos en ese "ranking", del 15º al 17º -aunque es de los países europeos que mejor se ha defendido- como consecuencia del ascenso de mercados emergentes y de una relativa fortaleza del euro. En el último trimestre de 2012 las exportaciones se redujeron el 0,9% respecto al trimestre precedente.

Algún analista, caso de Huw Pill, economista jefe de Goldman Sachs para Europa, sostiene que para acercarse al pleno empleo España debería deprimir aún más sus salarios, al menos el 30% en relación a Alemania. Pero esto, en un país con más inflación que Alemania, con un paro récord y con un endeudamiento privado que en el último trimestre de 2012 acrecentó en el 15,2% las familias que se declararon en quiebra respecto a un año antes, puede situar al país en una posición insostenible, sobremanera si la demanda adicional que se obtenga en el exterior no compensase con creces el hundimiento del consumo y la inversión nacionales que se está produciendo por la caída de rentas disponibles y por el miedo al paro.

Las rebajas salariales como estrategia de competitividad no es la única posible ni la segura, como pone de manifiesto que las regiones españolas con niveles salariales más altos son las que tienen menos paro. Pero es el camino más rápido porque se puede aplicar de un día para otro, mientras que las mejoras de la productividad, de la tecnología, del valor añadido, del diseño y la innovación, de la imagen de marca, de la reforma de las empresas para sustituir dirigismos verticales por un verdadero aprovechamiento del talento interno con fórmulas muchos más participativas y otras vías son lentas y exigen casi siempre cambios de mentalidad.

Ahora el déficit exterior español, que se agigantó entre 1998 y 2008, se está estrechando, pero no tanto por el aumento de las exportaciones (1,7% en términos reales en 2012) como por el desplome de las importaciones (-7%) a causa, como ha dicho Ángel Laborda, del hundimiento del consumo y la inversión.

La captación de inversión extranjera es el otro objetivo de la devaluación interna. Se trata de hacer atractiva salarialmente a la economía española y se pone como ejemplo de éxito la concesión de nuevos modelos automovilísticos por algunas multinacionales a sus factorías españolas. Pero ni la reforma laboral ni las reducciones de salarios impiden los cierres fabriles cuando se produce un desplome tan intenso de la demanda. Esto mismo ocurrió en Grecia con la huida de multinacionales como Coca-Cola, FNAC, Carrefour, Bristol Myers y otras.

En 26 casos estudiados por el FMI desde 1875, la combinación de un elevado endeudamiento con una política de austeridad extrema no deparó una solución de los problemas sino un acrecentamiento del endeudamiento. España, con la renuncia a sostener la demanda interna y fiarlo todo al tirón internacional, se juega, de no tener éxito en la apuesta, el profundo agravamiento de sus dos mayores problemas: el paro y la deuda privada.

En teoría se puede llegar al pleno empleo bajando salarios si a la vez -lo que no está ocurriendo en España en términos agregados- caen los precios, pero el economista Arthur Pigou alertó del efecto perverso de esta estrategia para las sociedades endeudadas. Como la española.

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