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Pablo Costas Durán - Engrasador del atunero "Alakrana", secuestrado en el Índico durante 47 días

"Temías por tu vida a diario, oías gritos por el pasillo y podías esperar cualquier cosa"

El marinero relata para FARO los angustiosos días vividos a bordo del barco secuestrado por piratas somalíes

 
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Pablo Costas, natural de Panxón, reside en la parroquia gondomareña de Mañufe con su mujer, Silvia Albés, y la hija de ambos. Hace año y medio que empezó a trabajar como engrasador en el atunero
Pablo Costas, natural de Panxón, reside en la parroquia gondomareña de Mañufe con su mujer, Silvia Albés, y la hija de ambos. Hace año y medio que empezó a trabajar como engrasador en el atunero "Alakrana", donde también trabaja su hermano Antonio, hoy en el Índico. 

DIEGO VÁZQUEZ - GONDOMAR –Se han cumplido ya dos semanas desde la liberación. ¿Cómo se encuentra? ¿Ha podido descansar?

–Aún no he podido descansar mucho. Sigue costándome bastante dormir. Desde que llegué a casa, por las noches me levanto cada hora con muchos nervios y no paro de moverme de un lado para otro… Ahora parece que empiezo a estar un poco mejor.

–¿Ha necesitado apoyo psicológico después del secuestro?

–Sí, aunque no profesional. La familia es mi principal apoyo y el único que necesito a día de hoy. También utilizo algún medicamento para poder conciliar el sueño.

–Llevaba año y medio trabajando en el Índico a bordo del Alakrana cuando sucedió todo. ¿Alguna vez temió enfrentarse a un secuestro?

–Cuando embarqué acababa de pasar lo del “Playa de Bakio”, pero tampoco esperas que te pueda ocurrir a ti y menos que el secuestro dure tanto tiempo como el nuestro. Al principio pensamos que sería una semana como mucho, pero cuando vimos que se alargaba la cosa empezamos a desesperarnos.

–Un mes antes el barco había sufrido un primer ataque fallido de los piratas. ¿Estaba usted ya en el barco?

–No fue un ataque. Vimos que venían hacia nosotros y logramos escaparnos. Llevábamos dos días a bordo. Era de noche y estábamos todos en los camarotes. De repente sentimos un ruido fuerte, como de un barco a toda máquina, así que salimos a ver qué era y nos dimos cuenta de que se acercaban los piratas. Aquel día conseguimos huir y nos quedamos tranquilos. Nunca esperamos que se pudiera repetir.

–Pero los piratas regresaron. ¿Cómo recuerda el momento en que subieron al atunero?

–Cuando nos abordaron eran alrededor de las seis de la mañana. Acabábamos de largar el aparejo y no nos dio tiempo a reaccionar. No pudimos hacer nada, con las redes en el agua era imposible. Yo estaba con el contramaestre. De repente me dijo: “Ahí vienen unas lanchas”. ¡Uf! Cuando las veo… Estaban pegadas al corcho, rodearon el barco y subieron.

–¿Qué pasó después, ya con los piratas a bordo?

–Nuestra primera reacción fue meternos para dentro y eso hicimos. Los asaltantes, unas diez personas, empezaron entonces a disparar al aire para que fuéramos saliendo. Entonces volvimos al exterior, boca abajo, contra la cubierta y con las manos en la nuca. Nos tuvieron así unas horas, luego nos ordenaron meter el aparejo para poder mover el barco y llevarlo hasta la costa se Somalia. Luego nos encerraron en el comedor. Allí nos hicieron arrancar todas las sillas, los bancos y llevar colchones. Estuvimos así cuatro o cinco días, hasta que subió al barco el negociador. El día que vino el negociador por primera vez los piratas cerraron todas las salidas que había a cubierta y nos enviaron a los camarotes. Allí es donde pasamos la mayor parte de los 47 días.

–¿Sintió que su vida corría peligro en algún momento?

–Todos los días temías por tu vida, oías gritos por el pasillo y ya esperabas cualquier cosa.

–¿Cuál fue para usted el peor día de los que pasaron encerrados?

–El peor día fue el segundo, cuando se enteraron de que los militares habían cogido a los dos somalíes. En cuanto lo anunciaron aquí en España se enteraron ellos. Entonces entraron al comedor y casi nos matan. Nos pegaban, a uno lo arrodillaron encima del colchón y le empezaron a dar unas patadas… (Silencio). Nos apuntaban con las armas cargadas y gritaban que nos durmiéramos. Los tripulantes españoles nos llevamos la peor parte, los demás eran todos musulmanes y aunque también tenían miedo y estaban en una situación complicada no recibían tantas amenazas como nosotros, porque el barco era español y los dos detenidos estaban en España.

–Al tercer día les permiten hacer la primera llamada a casa. ¿Les tranquilizó hablar con sus familias?

–Para nosotros claro que fue un alivio sobre todo pensando en lo mal que lo estarían pasando aquí sin noticias nuestras. En aquel momento les dijimos que estábamos bien, que no se preocuparan. Lo mismo en la segunda llamada, a los quince días, porque decirles otra cosa iba a ponerlos peor. La tercera vez que llamamos a casa ya no aguantábamos más, estábamos muy mal y les pedimos que hiciesen ruido, que hablasen con los medios, con el presidente del Gobierno, con quien fuera, pero que nos sacasen de allí.

–¿Se sintieron abandonados en algún momento?

–¿Abandonados? Sí, claro. Pensábamos que de allí ya no nos sacaban nunca. Después de un mes, a los detenidos en España no los iban a traer… Lo teníamos claro, y sin embargo era nuestra única esperanza para que todo acabase.

–Habían amenazado con empezar a matarles...

–Cansados de que el Gobierno español no atendiese sus exigencias sobre la extradición de los piratas detenidos, una semana antes de la liberación nos llevaron a todos a proa y empezaron a pegar tiros al aire por encima de nuestras cabezas, con los lanzacohetes, las ametralladoras y todo. Después nos dejaron llamar a casa y fue entonces cuando empezaron a moverse las cosas por aquí.

–¿Creyeron a los piratas cuando les dijeron que habían desembarcado a tres de sus compañeros?

–Nosotros sí. Se los llevaron y no volvimos a saber nada más de ellos hasta el final. Es verdad que al poco
tiempo empezamos a desconfiar. Pensamos que podían estar en la enfermería, porque allí había tres camas, pero el camarero nos contó que allí no había visto a nadie. Después se nos ocurrió que podían encontrarse en uno de los tres mercantes que había cerca y que pertenecían al mismo clan, pero no estábamos seguros. La duda la tuvimos siempre.

–Después de tantos días, ¿sufrieron escasez de alimentos?

–Comida no faltó nunca. Empezamos a racionarla al final porque la carne de cerdo nos la quitaron, no nos dejaban comerla porque iba contra sus creencias. También nos quedamos sin arroz, sin patatas, sin fruta... Hacíamos menos comida porque no sabíamos el tiempo que nos quedaba allí dentro. Lo que escaseó, sobre todo, fue el agua. Había poca y ellos abrían los grifos, la cogían para sus abluciones sin importarles nada que ya no quedase.

–¿Y la higiene? ¿Les dejaban asearse con frecuencia?

–Nos dejaban ducharnos de cuatro en cuatro días. El primer o segundo día pudimos lavarnos y cambiarnos de ropa porque llevábamos aún los trajes de faena cuando entraron en el barco. Después hasta que llegamos a Somalia y nos encerraron en los camarotes no nos dejaron ver el agua. Después sí te podías duchar, pero tampoco había agua, porque ellos estaban todo el día lavándose los pies y las manos para rezar.

–Los piratas también les robaron sus pertenencias...

–Conseguí quedarme las fotos de mi familia, el tabaco y un pantalón que logré esconder. El resto se lo quedaron todo. Nos dejaron prácticamente con lo puesto.

–¿En qué momento intuyen que las cosas empiezan a mejorar?

–Después de las manifestaciones aquí en España los piratas empezaron a dejar hablar al patrón con los medios y también nos extrañó que nuestras mujeres permaneciesen calladas. Pensamos: “Aquí tiene que haber algo, sino después de lo que hicieron... callarse ahora...”. Aún así nunca llegamos a ver claro el final del secuestro.

–¿Cómo les comunican que el secuestro ha terminado?

–Los secuestradores no nos dijeron nada, nunca nos comentaron que se iban. Pero el día antes de la liberación había mucha más gente en el barco, debían ser como unas cincuenta personas. Al día siguiente oímos a los compañeros gritar “¡empiezan a marcharse!, ¡empiezan a marcharse!”. Tardaron bastante en irse, pero cuando no quedaba ya ningún pirata levantamos rápidamente el ancla y salimos de allí. Enseguida llegaron dos helicópteros: uno fue detrás de ellos y otro se quedó vigilándonos a nosotros. Algunos dicen que oyeron un tiroteo, yo personalmente no me enteré. Estaba pendiente del ancla, de salir cuanto antes de allí.

–Tras la liberación, ¿esperaban el encuentro en Seychelles con sus familiares?

–Lo supimos un día antes y fue lo más esperado. Durante la travesía curramos de lo lindo porque los piratas dejaron el barco hecho un desastre, lleno de mierda por todas partes. No nos importó demasiado porque el final estaba cerca.

–Tras lo vivido durante los 47 días de secuestro, ¿se plantea volver al Índico?

–No sé, no digo nada, pero no creo que vuelva. A Silvia, mi mujer, no le gusta nada la idea y yo tampoco me siento con fuerzas para regresar.

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