F. FRANCO - VIGO
Más de 40 días estuvo con su vida en vilo junto a otro fotógrafo británico en manos de secuestradores somalíes cuyo modo de actuar era igual al de sus colegas marítimos. No sólo por su experiencia en este aspecto sino por su conocimiento de África y concretamente de Somalia tras su cámara, Cendón tiene una opinión aventajada sobre lo que están sufriendo ahora los pescadores españoles del “Alakrana”. “Antes era un idealista, ahora, tras 5 años en África, soy un descreído. Pero sigo pensando que las historias de la gente que sufre deben ser contadas”, dice. Estuvo el pasado viernes en el Club FARO.
–¿Podríamos decir respecto a esos secuestros de los somalíes, que los pobres están sacando lo que les sobra a los ricos?
–Eso será verdad pero no justifica lo que hacen, aunque tampoco me gusta lo que hacemos nosotros, que somos un poco piratas y vamos allí a robarles, a esquilmarles sus aguas y dejarles nuestra basura tóxica. Pero no es aceptable que jueguen así con la vida de las personas.
–Somalia, 18 años en guerra y más de la mitad de la población viviendo de la ayuda humanitaria ¿Qué tienen que perder?
–Esa es la cuestión, tienen poco que perder. Ven todos esos barcos y en ellos una posibilidad de salir de la miseria. Dirán ¿porqué no secuestrarlos? No vamos a matar a nadie, simplemente sacarles su dinero asustándoles lo necesario para que paguen más. Carecen de esa malicia que puede haber en países latinos en que te cortan una oreja o un dedo.
–No responden a esa imagen de piratas sanguinarios...
–Si nos atenemos a todos los casos de secuestros allí, que son muchos, sólo recuerdo que mataran a un chino y hablamos de miles de personas. Además su negocio está basado en la credibilidad.
–¿Un negocio basado en la credibilidad?
–En la credibilidad de saber que, una vez que pagues, los van a liberar. Podrían haberse quedado en muchos casos con el botín y la tripulación pero nunca lo han hecho. Ellos lo que quieren es sacárselos de encima.
–¿Pasó lo mismo cuando le secuestraron a usted?
–A nosotros se nos quejaban por señas de que tardaran tanto en dar un rescate y de que les costaba dinero mantenernos y yo les decía “que queréis que hagamos”. Claro, cada día que pasa es para ellos gastar más en la alimentación de los secuestrados.
–¿Ve el caso del Alakrana como especialmente conflictivo?
–Pues sí porque se trajeron a dos de ellos a España, por el número de gente secuestrada... pero lo que quieren es acabar el tema cuanto antes.
–Embarcar guardias de seguridad ¿qué le parece?
–No con el dinero de todos, que lo paguen los armadores. Desde luego, pescar sale mucho más caro pero hacer patrullar al Ejército no sé si será también un modo de justificar el gasto militar de cuerpos navales que estaban en paro.
–¿Es usted pesimista respecto al resultado del secuestro del “Alakrana”?
–No, este es simplemente un asunto de negocios para ellos. En cuanto se pague, tras el regateo pertinente y se traslade a los dos piratas detenidos en España, se arregla.
–O sea que hay que pagar sin duda...
–Si se paga se sigue alimentando ese negocio, es cierto, pero cuando estás secuestrado salvar la vida es más importante que los principios. En Somalia sólo hay dos opciones: o pagas o te quedas. Yo creo que la vida de las personas vale mucho más que el dinero.
–Si pagando se perpetúan los secuestros ¿qué hacer?
–La solución no está en pagar o no pagar sino que Somalia llegue a una estabilidad y tenga un Gobierno que acabe con la piratería. Ya lo tuvo en 2006 pero EE UU, con el respaldo de la comunidad internacional, hizo que su aliado, Etiopía, invadiera Somalia y acabara con ese gobierno que consideraba islamista y terrorista. Y los piratas han vuelto. Somos unos hipócritas.
–¿Alguna vez le tembló el pulso al ver alguna escena cuando estaba fotografiando?
–En la invasión de las islas Comoros estaba tomando fotos de cómo los soldados golpeaban sin piedad a un rebelde que ya había perdido un ojo y pedía clemencia de rodillas, inerme. Cuando vi a un soldado ponerle el cuchillo en el cuello me quedé congelado, sin saber qué hacer a unos metros, y fue un colega mío francés quien le gritó y le dijo qué cojones hacía. Le oyó un oficial y le salvó la vida pero yo me avergoncé de mi mismo por no haber hecho lo mismo.