La mujer cuyos silencios imponían

Muchos creyeron que sería poco menos que una figura decorativa cuando se puso al frente de la obra de Barrié, hasta que vieron cómo tomaba decisiones importantes

 

Hizo de la obra de su marido, Pedro Barrié de la Maza, ´Perico´, su razón de existir y en ese empeño discurrió la vida de Carmela Arias Díaz de Rábago desde que se quedó viuda en 1971. Mujer de aspecto menudo y frágil, decidió llevar luto por su marido hasta el último día. Sus silencios imponían tanto como sus palabras, siempre pronunciadas en voz tan baja que obligaban al interlocutor a ponerse a su altura. De fuerte carácter, de- sempeñó su autoridad con mano de hierro envuelta en guante de seda y nadie osó rechistar sus decisiones.

ISABEL BUGALLAL Hay una foto que la retrata perfectamente. Es la que hizo en 1998 Arnold Newman, en la sede del consejo de la sede madrileña del Banco Pastor: una mujer sola ante el retrato de su marido, Pedro Barrié, que mira con determinación a la cámara y sostiene un bolígrafo en la mano derecha sin subrayar en absoluto el gesto. La escena es en la sala del consejo de administración, una sala desnuda en la que domina el granito. Ese es el marco en el que posa Carmela Arias Díaz de Rábago, la primera mujer en Europa que presidió un banco.
Muchos creyeron que iba a ser un florero. Pensaron que esta mujer, a la que una enfermedad le impidió convertirse en arquitecta, no ejercería con carácter ejecutivo la presidencia del Banco Pastor y de la Fundación Barrié de la Maza, cuando en 1971 accedió a los cargos tras la muerte de su marido. Un error. Carmela Arias, aunque carecía de formación financiera, sabía de antemano el compromiso que había heredado y tomó decisiones desde el primer momento, y algunas nada fáciles.
"Todo el mundo pensó que era como una figurita de porcelana, pero ¡narices!", exclama José Antonio Quiroga y Piñeyro, presidente de la Cámara de Comercio, que la trató a menudo. "Le tocó hacerse con el banco en una época muy difícil y de cambios muy profundos, y ella no iba sólo a firmar".
Pasó años complicados, sí, pero contó con la inestimable ayuda y asesoría de su hermano Joaquín, vicepresidente de la fundación, con quien formó tándem e impulsó la labor social de la institución.
Le tocó renovar equipos y elegir entre los dos hijos de Joaquín, sus sobrinos Vicente y José María Arias Mosquera. Fue una decisión dolorosa. Le hubiera gustado dar a uno el banco y al otro la fundación, pero los estatutos se lo impedían. Los mantuvo en paralelo mientras pudo pero llegó un momento en que tuvo que optar y eligió a José María. Fue su decisión más costosa y no estuvo exenta de tensiones familiares.
"Tenía un carácter decidido, ideas claras y sabía mandar sin mostrarlo demasiado. Nunca fue una figura decorativa", señala Enrique Sáez Ponte, antiguo director general comercial del banco, el último nombrado por la condesa de Fenosa, a la que sucedió en la presidencia de la Fundación Juana de Vega.
"Poseía una gran autoritas", destaca Antonio Grandío, ex director de relaciones institucionales del Pastor. También supo delegar, coinciden en señalar todos cuantos trabajaron con ella, quienes subrayan su prudencia: "Consultaba y escuchaba antes de tomar una decisión y así fue capaz de rodearse siempre de los mejores".
"Se tomaba su tiempo para madurar las decisiones, pero nunca se andaba por las ramas", sostiene Carmen Goicoa, su antigua jefa de prensa, quien destaca el aspecto ético y el humanismo cristiano que procuraba imprimir a sus acciones. "Era una mujer de carácter y de convicciones y sólo así se explican la fortaleza y capacidad que mantuvo hasta el último día", dice. "Se movía sólo por los criterios en los que creía y lo más importante para ella fue el legado de su marido".
Grandío resalta su sentido de la ética, gracias al cual fue capaz de mantener algunas empresas del grupo a pesar de los malos resultados económicos.
Infundía en los demás gran respeto sin llegar a despertar temor. Sin embargo, nadie se atrevió a contrariarla y sus silencios eran tan elocuentes como sus palabras, siempre pronunciadas con voz tenue. "Imponía más que el Rey", reconoce otro miembro de su equipo de colaboradores, que destaca el halo de misterio que siempre acompañó a Carmela Arias.
"No era autoritaria pero era firme. No era temida pero imponía un respeto inmenso", dice. "Paralizaba a sus interlocutores, aunque fuesen los políticos de mayor rango. La gente se arrugaba ante ella".
Su menuda estatura y su voz, siempre baja, obligaban al interlocutor a colocarse a su altura y, en consecuencia, a permanecer encogido y atento a sus explicaciones.
Discreta, de figura frágil y salud enfermiza desde joven, rechazó siempre la vida social, lo que no le impedía recibir en su casa de A Pobra do Caramiñal, donde pasaron muchos veranos amigos como los duques de Calabria y, ocasionalmente, otros miembros de familias reales europeas.
Mantenía con los miembros de la Corona española una estrecha relación, gracias a la cual tanto los Reyes como los Príncipes de Asturias se dignaron a visitar la fundación con motivo de inauguraciones o de la conmemoración de aniversarios. La Reina tenía ciertas deferencias con ella.
Austera en el vestir, llevó luto casi la mitad de su vida, desde que enviudó cuando tenía 50 años. Tampoco solía lucir joyas, aunque pocas veces prescindía de su collar de perlas, cuyas vueltas aumentaba en función de la categoría del visitante.
Rechazaba las entrevistas y tan sólo en dos ocasiones aceptó, y casi por obligación. Una de ellas, a un medio de comunicación nacional, fue con motivo del centenario del nacimiento de Pedro Barrié y otra, por compromiso, a un diario gallego. Pero sólo aceptó hablar de la obra que le había legado su marido.
De misa diaria, era una mujer de gran religiosidad. Generalmente, era el párroco de la iglesia de San Jorge, Antonio Roura, quien acudía a su casa a oficiarla.
Vivía volcada en las relaciones familiares y hablando de la familia era cuando mostraba su mayor sentido del humor. "Tenía mucha gracia contando cosas, sobre todo cosas de la familia; se reía mucho", recuerda otra persona de su entorno.
"Era tremendamente cariñosa, amable, buena persona. Y una trabajadora incansable", dice una colaboradora muy cercana. "Era muy humana, muy vitalista y tenía mucho empuje. Mantuvo la lucidez y ejerció como presidenta de la fundación hasta el último momento ".
Aunque en los últimos tiempos su aspecto era todavía más frágil, había visitado la sede del Cantón hace unos días y hasta poco antes de morir había revisado la correspondencia en su casa, en una de las galerías de la Marina coruñesa.
Otro de sus rasgos era la generosidad. Convencida de que la formación académica es el arma fundamental para abrirse camino en la vida, impulsó una política de becas. Le importaba la conservación del patrimonio pero daba más importancia a la dimensión social de la fundación, sobre todo a la educación. Así que no dudó en prestar ayuda a la formación de los hijos de los empleados del banco cuando lo necesitaron.
En cierta ocasión, pagó de su bolsillo un helicóptero para que trasladara a la mujer de un trabajador del Pastor que había sufrido un derrame cerebral, a fin de que pudiese ser operada en Madrid.
Demasiado generosa, incluso, para algunos. Otra vez, regaló a un empleado que era campeón de tiro una pistola. Y, con cierto sentido del humor, recuerda Quiroga y Piñeyro, dijo: "A Perico no se le hubiera ocurrido".
"Después de dejar el banco, a mí me mandó el sueldo a casa durante dos años", remacha Grandío. Y además, dice, "era muy permisiva". "Alguna razón tendría Antonio para enfadarse", afirmaba cuando le oía decir algún taco o una frase fuerte.

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