J.C. - VIGO
Recuerda con nostalgia su primera entrevista a este periódico, en 1970, con motivo de la primera edición de la World Fishing Exhibition en la ciudad, en 1973. Casi cuarenta años después, Alfonso Paz-Andrade mantiene intacta su apuesta por una feria que ha convertido a Vigo en capital mundial de la pesca durante seis ediciones consecutivas. El artífice de la gran expansión internacional de Pescanova pronostica para FARO el futuro inmediato de la industria pesquera y el peso que tendrán las conclusiones que se extraerán de la WFE que empieza el próximo miércoles.
–Después de tantas ediciones, ¿qué le falta al certamen?
–Es una buena pregunta, y probablemente nunca me la hice. Pero creo que a la WFE no le falta ni le sobra nada. La feria quiere y debe ser un reflejo de la industria que representa. La WFE, que comenzó a celebrarse en Londres a principios del siglo pasado, fue siempre el gran concilio de la industria pesquera, donde periódicamente se reunían los empresarios de la pesca de todo el mundo. Fue siempre una exposición industrial, no comercial.
–¿En qué cambió la industria pesquera desde entonces?
–Cuando empecé el mar era símbolo de libertad, de libre tránsito y trabajo. Se iba como a una selva acuática a cazar lo que apareciese. Eran tiempos en los que la abundancia y el acceso no tenían restricciones. Después, por razones de conservación y responsabilidad, las incipientes medidas medioambientales pusieron límites al proceso extractivo: se ha racionalizado. Primero se adoptó de forma muy controvertida la prohibición de las 200 millas, luego vinieron los conciertos internacionales… Medidas todas dirigidas a la conservación y a la responsabilidad de los industriales de la pesca.
–¿Le sobra política a la feria?
–La WFE nunca fue una reunión de políticos. Será en esta edición, la sexta en Vigo, cuando cobre más carácter político. Y me atribuyo el error o el acierto. La exposición sigue siendo fundamentalmente industrial; están concentrados los mejores fabricantes de equipos de cubierta, maquinillas, frío industrial, hielo líquido… Lo que ocurre es que el mar ha empezado a tener síntomas de fatiga, de no poder con toda la presión extractiva que el ser humano está provocando. Las alarmas han venido fundamentalmente por vía científica. Pero esas alarmas no podían quedar en unos informes puramente académicos. Tenían que trascender, por una parte a la decisión política, que son los responsables de desarrollar los programas pesqueros en cada país, y por lo tanto había que incorporar a los políticos.
–¿Qué supondrá la ya famosa “declaración de Vigo”?
–En este momento se está lanzando un mensaje internacional de que la pesca tiene que cambiar de modelo, hacia una pesca más responsable e inteligente. En el mundo ya no quedan selvas libres en las que el cazador puede ir a cazar búfalos o elefantes sin ton ni son, y en el mar ya ocurre lo mismo. El símil con el mar debe ser el de una gran granja animal. La gestión de las pesquerías debe ser más racionalizada porque hoy hay mucho más conocimiento de las especies, de su ciclo biológico. Por lo tanto, toda esa información es la que hay que popularizar y concienciar a los verdaderos implicados, que son los armadores y los patrones de pesca y las tripulaciones. De ahí que la declaración de Vigo pretenda ser una hoja de ruta para los próximos cinco o seis años de por dónde debe ir ese tipo de gestión de los océanos.
–¿Cree que se conseguirá?
–Estoy convencido de que en ocho o diez años el mar será un gran cultivo marino, donde no tendremos que alimentar a los peces, ni vacunarlos, pero es posible que intentemos mejorar su reproducción, por ejemplo, soltando alevines, que ya lo estamos haciendo. Y después esto estará complementado con la acuicultura. Pero en la pesca hay otro problema puntual con el que hay que acabar y España ahí ha dado un paso importante con la Conferencia de Sostenibilidad.
–La pesca ilegal, ¿no?
–Es la gran lacra contra la que hay que luchar. Es una pesca incontrolada, que no está reportada a las estadísticas, y tiene dos efectos adversos importantes: primero, porque es una competencia desleal, y segundo, que al no entrar en las estadísticas, cuando los científicos analizan un caladero y ven que tiene síntomas de fatiga sólo tienen en cuenta las toneladas capturadas legalmente, que recomiendan reducir. Eso crea también distorsiones comerciales.