Los indicadores del final de la recesión

En la medida en que seamos capaces de modificar el modelo productivo, la recuperación será más rápida

22.12.2008 | 00:00

Una de las primeras víctimas de toda crisis es la confianza en el futuro. La incertidumbre y la desconfianza -que no son causas del momento que vivimos, como algunos apuntan, sino inevitables consecuencias de los problemas reales de solvencia y endeudamiento de empresas y familias- se ven deterioradas aun más por la dificultad para entender los acontecimientos y por la ausencia casi total de elementos de juicio que permitan valorar la gravedad de la situación, lo que contribuye a empeorar las expectativas de los cada vez más precavidos consumidores e inversores.
Interpretar y anticipar la realidad económica es tarea ciertamente complicada, mucho más en tiempos de crisis. Sin embargo, es posible encontrar algunos indicadores que, sin necesidad de esperar a datos evidentes, como la evolución del PIB o del mercado de trabajo, nos ayuden a atisbar con objetividad en qué punto nos encontramos y prever en cierto modo el camino que resta hasta el final de la recesión.
Es necesario para ello distinguir entre la fase recesiva de ajuste y la fase de recuperación. La primera, de más corto recorrido, se caracteriza por la inevitable destrucción de parte de la riqueza generada en la fase de auge que le precede, consecuencia directa de los excesos crediticios, de consumo y de improductivas inversiones. La segunda, de mayor duración, es el reflejo de la capacidad de una economía para recomponer y potenciar los elementos determinantes del crecimiento -básicamente la dotación y eficiencia del capital humano, productivo y tecnológico-, y se traduce en una mayor productividad de los factores y una mayor competitividad de los productos. En la medida en que seamos capaces de modificar el modelo productivo en este sentido, la recuperación será más rápida y el riesgo de un prolongado estancamiento será menor.
Centrando nuestra atención en la fase recesiva en la que nos encontramos inmersos, podemos señalar ciertos elementos que nos ayudarán a vislumbrar el final de la misma:
 Morosidad. Consecuencia directa del elevado endeudamiento que ahoga a familias y empresas, su crecimiento será imparable hasta que la situación crediticia y de solvencia de éstas se reequilibre, proceso que se verá dificultado ante la continua destrucción de riqueza y empleo. Tras triplicarse en un año y situarse en el 3%, no es descartable que mantenga esta tendencia hasta superar la cota del 8%. El importe de efectos comerciales impagados (6%), la morosidad de las inmobiliarias (4,6%) o el volumen de empresas concursadas (que ha crecido un 350% en un año) son muestras de la negativa evolución y un anticipo del difícil y largo trecho que queda por re_correr.
 Mercados financieros. El actual colapso del crédito, causado por los excesos crediticios del período expansivo, no encontrará solución en la política de bajos tipos y alta liquidez de los bancos centrales. Su reactivación precisa que la morosidad descienda y con ella la prima de riesgo aplicada por las entidades de crédito, que éstas saneen sus activos, capten el pasivo necesario para hacer frente a sus obligaciones a corto plazo y eleven sus deteriorados ratios de capitalización y liquidez. Todo ello, desgraciadamente, se encuentra aún muy lejos de ser una realidad.
 Endeudamiento de las familias. Es uno de los factores clave para vislumbrar el final de la recesión. El insostenible nivel alcanzado, superior al 130% de su renta disponible bruta, comienza a descender lentamente ante el menor consumo y el mayor ahorro. Será necesario, no obstante, que se sitúe claramente por debajo del 100% para que el consumo privado se pueda recuperar, conjuntamente con el ahorro y la inversión.
 Déficit exterior. Es quizás el mayor síntoma de los graves problemas de nuestra economía y un claro reflejo de nuestra falta de competitividad internacional. El exceso de inversión (superior al 30% del PIB) y el insuficiente ahorro nacional (del orden del 20%) nos obligan a tomar prestado cada año el equivalente al 10% del PIB, algo ya inviable dada la falta de crédito internacional, que está estrangulando financieramente a nuestra economía. Un crecimiento equilibrado pasa ineludiblemente por rebajar drásticamente este déficit a niveles inferiores al 5%, lo que implica una caída de la inversión de al menos un 4% y un aumento del ahorro privado superior al 3%, que será parcialmente neutralizado por el creciente déficit público. Hasta que no se complete tal ajuste será imposible volver a crecer sobre bases firmes.
 Mercado de la vivienda. Es imprescindible hacer referencia al sector que más ha crecido en los últimos años, que más inversión ha concentrado y que más empleo ha creado en términos proporcionales. Sin embargo, este «motor» económico se ha sustentado en parte sobre una espiral crediticia y especulativa, que, tras reventar, deja tras de sí un rastro de quiebras, desempleo y endeudamiento. El ritmo de crecimiento de los precios de la vivienda nueva, que alcanzó máximos de casi el 20%, se ha invertido (con descensos del 8% en un año, según la tasadora Tinsa) y no es descabellado prever que las mermas superen el 20%. El valor de la vivienda, actualmente equivalente a 7 veces la renta disponible bruta de las familias, ha de volver a sus niveles históricos inferiores a 5 para que éstas puedan continuar adquiriendo propiedades conforme a sus necesidades naturales. Este descenso de precios, junto con un menor ritmo de construcción, permitirá que el mercado absorba el excedente de casi un millón de viviendas y se reequilibre, proceso que no es posible realizar en uno o dos años.
 Mercado de valores. Tras un año en el que acumulan pérdidas del 40%, el valor medio de las empresas ha caído a niveles equivalentes a 7 años en términos de sus beneficios actuales, el mínimo en 30 años y aproximadamente la mitad de su media histórica. Esto significa que el mercado está ya descontando un vertiginoso descenso de sus beneficios en el futuro inmediato. No obstante, esta huida de los inversores se debe no sólo a las negativas expectativas, sino también a la imperiosa necesidad de liquidez de instituciones fuertemente apalancadas. Ambos motivos hacen previsible una errática evolución y nuevas recaídas durante el año próximo, en el que la recesión se va a acentuar. La esperada recuperación del ahorro y el menor endeudamiento se irán reflejando en el mercado, que podrá entonces consolidar ganancias, siendo tal punto de inflexión un anticipo de la posterior fase de recuperación.
Como podemos comprobar, no existen indicios desde un punto de vista puramente objetivo de que la recuperación se inicie el año que ahora comienza, ni lamentablemente se atisban señales de que el ajuste pueda completarse en un espacio de tiempo que podamos ahora acotar. Sin embargo, es incuestionable que la recesión y su capacidad destructiva avanzan más rápido de lo previsto, por lo que siempre nos cabe la esperanza de que también su final llegue antes de lo que seamos capaces de prever.
* Economista

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