Europa League | Nunca es dos veces el mismo Balaídos

El estadio vigués se reencuentra a medio hacer con Europa - Cánticos de "Mouriño, atende, o Celta non se vende"

30.09.2016 | 11:53
El Celta de Vigo - Panathinaikos en fotos // R. Grobas

Balaídos es el estadio de la paradoja de Teseo. Todo cambia y a la vez permanece. Se vienen los chinos, pero se cantan A Rianxeira y Miudiño. A Pione lo reciben los hinchas bramando pero es Iago Aspas, lalá, lalá, el que acabará revolucionando el partido. El moañés flota batiendo sus alas, como una mariposa, y en Pekín preparan un cheque. Todo el universo se concentra en este punto concreto.

Los griegos discutían sobre si un barco al que se le habían ido cambiando todas sus tablas seguía siendo el mismo barco. "Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos", concluyó Heráclito. Tampoco un aficionado puede sentarse dos veces en el mismo Balaídos. Ni siquiera dos veces en el mismo asiento. Mientras unos muros envejecen, otros cambian, desaparecen y resurgen renovados. Por tribuna asoman los hierros de lo que será el techado. Es un campo deconstruido como una tortilla de Ferrán Adrián. El club muda a cientos de aficionados de grada en grada. En cada partido Balaídos es una fotografía única, un instante que se desvanece. Parpadeas y han pasado diez años desde el último partido europeo.

Cuesta recuperar aquella magia. La UEFA emplaza los partidos en Lieja a la hora en que los valones duermen y los de Vigo a la hora en que los gallegos trabajan. Importan más las audiencias extranjeras que los espectadores locales, aunque la audiencia esté compuesta de fantasmas. Los televisores podrían estar encendidos sin nadie delante. Se sabe que es Liga Europa porque el Toto destierra el chándal y se pone de traje oscuro.

Así que las gradas se van poblando según el goteo de las fábricas y las oficinas. Extraña también el calor, que desubica. El partido se juega a ritmo veraniego, como si fuese ante el Panathinaikos en el Trofeo Ciudad de Vigo de 1971, el primero de todos, que los griegos ganaron.




Un cántico asoma, aunque de momento leve, entre el repertorio habitual: "Mouriño, atende, o Celta non se vende". Será un tema recurrente en las próximas fechas. Ayer, sin embargo, se atiende en general más a lo inmediato.

La afición asiste con paciencia a los sustos griegos. Y se recompone con los cambios. Que llegan pronto, para lo que acostumbra Berizzo, y con extraordinaria efectividad. Pione y Aspas despiertan al equipo. Wass asiste a John Guidetti, el único futbolista con estribillo incorporado. Los goles desatan también el repertorio clásico. Los ingleses convirtieron un espiritual negro, Swing low, sweet chariot, en la canción que Twickenham entona cuando el XV de la Rosa les agrada. El celtismo lo ha hecho con coros de taberna. La velada concluye con A Rianxeira. Eso no está en venta.

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