FINAL DE LA CHAMPIONS LEAGUE

Final Champions League | Expansivos frente a invasivos, a por la Orejona

La diferencia de estilos entre Real Madrid y Atlético de Madrid complica el pronóstico de la final de la Champions

27.05.2016 | 19:47

Por tercera vez en los sesenta años de existencia de la Copa de Europa de clubs, España sale de fiesta con la certeza de que conseguirá la Orejona, como es apodado el trofeo que comenzó a disputarse en la temporada 1955-56. Esta vez la fiesta española toca en Milán, como en el año 2000 fue en París (Real Madrid-Valencia) y hace dos años en Lisboa.

Aparte de España  -sólo Alemania en 2013, Inglaterra en 2008 e Italia en 2003- logró apropiarse de una final. Real Madrid y Atlético de Madrid, al repetir la de 2014, consiguen, además, que la singularidad se refuerce todavía más, pues no sólo un país, España, copa los dos puestos de finalista, sino que los dos son aportados por una ciudad: Madrid.

Puede parecer muy llamativo, pero no es casual. Coincidencias como esta son un precipitado de la Historia. Con quince triunfos en la Copa de Europa -o Champions League, como se denomina ahora- España mantiene holgadamente la hegemonía del fútbol europeo de clubs, en cuya élite se ha mantenido desde el principio con la excepción de las infaustas décadas de los setenta y los ochenta del siglo pasado, en que no logró ningún título. Bien merece darse un homenaje.

  • dos necesidades diferentes. La fiesta incluye, por supuesto, una lucha feroz. Los dos equipos llegan a la final de Champions urgidos por distintas necesidades. Para el Madrid se trata nada menos que de salvar la temporada tras su fracaso en la Liga y su ridículo, no por burocrático menos doloroso, en la Copa del Rey. El club que sólo ha logrado ganar uno de los últimos ocho campeonatos ligueros, pese a contar con el presupuesto más alto del fútbol mundial, encuentra un refugio seguro a sus frustraciones en la Champions, donde late su leyenda y asienta una hegemonía histórica a la que todavía nadie se acerca, ni siquiera el tremendo Barcelona de los últimos años.

    Para el Atlético de Madrid, en cambio, la Copa de Europa es una aspiración insatisfecha. Será la tercera vez que juegue la final. En las dos anteriores acarició el triunfo hasta el último segundo. En 1974 fue un gol imprevisible de Schwarzenbeck en las boqueadas finales del partido el que le quitó la miel de los labios. En 2014 en Lisboa la victoria se le esfumó con un cabezazo de Sergio Ramos en el minuto 93. En los dos casos la prolongación -prórroga y, en un caso, partido de desempate- fue desastrosa para el Atlético, que de sentirse vencedor pasó a la amargura de verse goleado. Ganar la Champions ahora equivaldría a cauterizar esa vieja herida que no ha dejado de supurar y sigue presta a reabrirse.



  • el madrid, expansivo. El Real Madrid tiene jugadores espléndidos, además de carísimos, pero no ha logrado consolidar un equipo ganador a la altura de semejantes posibilidades. El desfile de entrenadores de los últimos años es la expresión de ese fracaso, cuya responsabilidad muchos achacan a Florentino Pérez. La última apuesta del presidente madridista no dejó de ser sorprendente, al elegir a Zidane como relevo de Benítez. Fue sorprendente porque el francés, que alcanzó la excelencia como futbolista, aún no había demostrado nada como entrenador.

    Zidane tuvo un aterrizaje difícil, pero conservó la calma y nadie puede decir que hasta ahora lo haya hecho mal, desde sus buenos modales a la eficacia de sus métodos, plasmada en los resultados. Perdió la Liga por un punto pero está en la cita con la Undécima. Su reto ha sido -es todavía- dar solidez, y con ella eficacia, a un equipo que, por la naturaleza de sus componentes, es expansivo, por no decir explosivo.

    Pero para que esa explosividad sea efectiva y rentable es preciso que la base del conjunto sea sólida. No se trata sólo de que lo que se gane en ataque no se pierda en defensa, sino de algo más: que el equilibrio del juego se mantenga. Ese equilibrio es el que, por ejemplo, aporta Busquets en el Barcelona y el que, con un estilo completamente diferente, aportaba en el Madrid un jugador que, desde su inexplicable salida, nunca ha dejado de ser añorado: Claude Makelele.

    Zidane, por cierto, lo tuvo como compañero en el equipo madridista que ganó la Novena con aquella maravillosa volea suya. Zidane ha apostado por Casemiro para buscar ese jugador equilibrante que necesita el equipo. Ha tenido que prescindir para ello de jugadores mucho más brillantes con el balón, como Isco o James. La experiencia parece que funciona. Habrá que ver hasta qué nivel.


  • cristiano, control de calidad. El Madrid tiene en Navas un portero excelente; en Carvajal y Marcelo dos laterales rápidos y con capacidad para aportar mucho en ataque; en Pepe y Ramos dos centrales solventes, que, además, pueden hacer mucho daño, sobre todo el sevillano, en las jugadas de estrategia; en Kroos, un distribuidor de balones impecable, aunque poco imaginativo; y en Modric, un centrocampista tan intrépido como capaz. Y tiene también un ataque con unas posibilidades enormes. Benzema crea espacios y maneja como pocos el balón en carrera. Bale, con una velocidad impresionante y un disparo tremendo, es también un poderoso cabeceador. Y Cristiano es... Cristiano. Que transmita la sensación de estar enamorado de sí mismo no es malo en cuanto que ese narcisismo se siga traduciendo en un esfuerzo por superarse. Y en ese aspecto es evidente que ha trabajado tanto su cuerpo como su juego. En él hay más mecánica que fantasía, más perseverancia que inspiración. Pero resulta demoledor. Eso sí, como finalizador.

    Al contrario que otros grandes delanteros, no ha evolucionado hacia una mayor participación en la creación del juego. Ha optado por ser, sobre todo, un rematador, que, por cierto, es lo más difícil del fútbol. Dispara con fuerza y precisión con la derecha y con la izquierda y cabecea con poderío. Y se mantiene en la élite más selecta, como confirman sus estadísticas como goleador, que son tremendas. Como su función es culminar el trabajo colectivo, su brillo viene a ser el valor en torno al que se hace el control de calidad de su equipo.


  • el atlético, invasivo. En el Atlético de Madrid hay, con una claridad manifiesta, un antes y un después de la llegada de Diego Simeone como entrenador, hace cuatro temporadas y media. El Cholo cambió radicalmente el equipo, imprimiéndole un sello tan diferente como inconfundible. El Atlético es desde entonces un equipo invasivo. Ocupa el terreno como ninguno y hace que para el rival jugar el balón se convierta en una tarea ardua y a menudo imposible.

    Vaya a donde vaya la pelota, siempre habrá encima un jugador rojiblanco que no dudará en meter la pierna para apoderarse de ella o para frustrar la jugada. Y cuando el Atlético la haya recuperado, le dará curso con apoyos cortos, porque siempre habrá compañeros cerca. Esa forma de jugar exige muy buena condición física, que se consigue durante la semana con la abnegación y el sacrificio que se advierten en el campo los domingos, pues es bien sabido que se juega como se entrena. Como rival el actual Atlético es complicadísimo y, si alguien lo sabe de modo especial, es el Real Madrid, para quien la "era Simeone" ha traído muchos más disgustos que satisfacciones.


  • griezmann, la corona. El Atlético de Madrid tiene en el esloveno Oblak un portero estupendo, tan sobrio como poderoso. Su defensa atesora todo el oficio del mundo, con Godín como líder, bien respaldado por Giménez o Savic y dos laterales, Juanfran y Filipe Luís, con capacidad para atacar, pues ambos cuentan con muchos recursos. En el centro del campo la exuberancia de Koke, más perceptible a través de sus efectos que de la espectacularidad, pues lo juega todo al primer toque, se complementa con el sentido del juego de Gabi y las aportaciones de jugadores jóvenes y brillantes como Saúl y Carrasco, capaces de desdoblarse al ataque con tanta decisión como creatividad. Ni siquiera los atacantes de oficio están liberados de apoyar atrás en un equipo que, por la concepción del juego impuesta por su entrenador, tiende a agruparse siempre en torno al balón, allá donde esté.

    Pero, claro está, Torres y Griezmann tienen mucho que decir. El Niño ha mejorado mucho a lo largo de la temporada y ha vuelto a ser el delantero poderoso que sabe abrir espacios y rematar. En cuanto a Griezmann, ha continuado con una progresión espléndida. Ya apuntaba mucho cuando empezó a jugar en la Real, que lo captó cuando todavía era un niño, pero en cada temporada da una nueva sorpresa. Quizá cuando lo fichó el Atlético, pensaban que era un futbolista con mucho futuro, pero no que llevaba dentro el goleador que no tardó en destapar.

    Para dejar en la cuneta a un equipo tremendo como el Bayern, el Atlético necesitó marcar dos goles excepcionales. El que logró Saúl en Madrid, con la belleza de sus regates encadenados para lograr la posición desde la que enviar un disparo sutil, fue un compendio de decisión, imaginación y habilidad. El que logró Griezmann en Múnich requirió algo más. Hay que ponerse en la piel del jugador que, por estar en el sitio preciso y con la actitud adecuada, rompe la última línea defensiva del rival y se escapa, casi desde la mitad del campo, hacia la portería contraria. Y que de repente se ve solo, con todo el tiempo para pensar no sólo en que puede marcar un gol decisivo, sino también en que puede fallarlo. Y que mientras gana metros hacia la portería ve que desde ella sale a su encuentro el portero, pero que no es uno cualquiera, sino tal vez el mejor del mundo, tan bueno dentro como fuera del área, una especie de Hércules apolíneo que todo lo hace bien. Griezmann sentiría que el tiempo y el espacio se agotaban mientras barajaba vertiginosamente las soluciones: intentar pasar al portero por arriba, tratar de regatearle, disparar a media altura. Neuer ya armaba la postura para tapar espacios al atacante. Y fue en ese justo momento cuando Griezmann encontró la solución: chutar a media altura, buscando el hueco que queda entre el muslo flexionado del portero y su brazo extendido. Justo por ese hueco el balón pasó limpiamente para rodar luego un largo trecho hasta el interior de la portería. Y gracias a ello, y a muchas cosas más, claro, el Atlético de Madrid le disputará mañana la final de la Champions League al Real Madrid.


  • para madrid. Es arriesgado intentar hacer un pronóstico sobre el resultado. Incluso sobre la clase de partido que veremos. Posiblemente sea un encuentro cerrado, en la medida que al Atlético le interese más pues rentabiliza sus goles más que el Madrid, entre otras cosas porque le hacen muchos menos. Si nos atenemos a la última Liga, el Madrid sacó 0,81 puntos por cada gol que marcó. El Atlético, 1,39. Es previsible que el Atlético trate de evitar que el equipo blanco no encuentre espacios para esa expansión que convierte como ninguno en demoledora. O tal vez el partido sea más abierto de lo que se espera. Lo único seguro de antemano es que el trofeo vendrá a Madrid. Y eso ya podemos celebrarlo.

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