CELTA

El Celta encuentra la luz a tiempo

El equipo vigués empata ante un Sevilla con diez tras jugar una pésima primera parte y reaccionar con coraje después del descanso bajo la dirección de Marcelo Díaz - Beauvue marcó el gol de la igualada

08.02.2016 | 07:19
El Celta se queda sin tiempo para la remontada ante el Sevilla. // José Lores / Marta G. Brea

El Celta, como estos días de transición hacia la primavera, amaneció negro y se despidió cubierto de la luz y de esperanza. La que generó un radical cambio de actitud en el segundo tiempo y la aparición en escena de Marcelo Díaz, que puso sentido, jerarquía y calidad para dar sentido a las buenas intenciones del equipo de Berizzo. Se quedaron los vigueses a un paso de culminar la remontada. Lo merecieron tras su generoso esfuerzo tras el descanso. Pero en el marcador pesó en exceso la deprimente primera parte en la que incluso en inferioridad numérica por la expulsión de Fazio el Sevilla supo esperar el tradicional regalo defensivo para ponerse por delante. Aunque con una hora de retraso, los vigueses llegaron a tiempo de sumar un punto para mantenerse en la carrera por Europa e impedir que el Sevilla metiese tierra de por medio.

El primer tiempo lo jugó un Celta melancólico, invadido por la tristeza y el desánimo. Mentalmente los de Berizzo seguían en la caseta del Pizjuán, tratando aún de comprender el desmedido tortazo que se llevaron el jueves en la Copa del Rey. La cicatriz se veía a las leguas. Al Celta, como a los niños, es fácil conocerle el estado de ánimo. Lo transmite de inmediato en el campo y pocos equipos resultan tan transparentes. Cuando le fallan los recursos estilísticos -y ayer afrontaba el partido con evidentes carencias como tener a Orellana o Nolito en la grada- aparece el entusiasmo que lo compensa todo y surgen actores inesperados que aprovechan para reclamar mayor protagonismo. Sin embargo, ayer desde el comienzo los de Berizzo no dejaron de emitir señales preocupantes en un primer tiempo tan plomizo como las ideas del Sevilla, feliz en aquel ambiente desolador. Jugaron los vigueses sin espíritu, sin velocidad ni imaginación, llevando la pelota como aburridos autómatas de un lado a otro, como si el partido fuese un incordio. La ausencia de Orellana, habitual agitador, se hizo un mundo y el equipo quedó en manos de las arrancadas de Bongonda, que parecía comportarse como si el jueves no existiese en sus pensamientos, y de Wass, más participativo en el vértice ofensivo de los tres mediocentros. El Sevilla, que introdujo siete novedades en la alineación con respecto al partido copero en una demostración de que su fondo de armario es descomunal, se limitó a acumular futbolistas en su campo a la espera de que el Celta le facilitase el camino con uno de sus habituales errores o en uno de esos balones parados en los que podía sacar partido de su escandalosa superioridad física. Ni más ni menos. Emery es de ahorrar recursos y ayer en Vigo su principal preocupación es complicar el primer pase a Radoja para que el Celta sufriese a la hora de construir la jugada. Tan depresiva era la imagen de los vigueses que cuando a los 25 minutos los andaluces se quedaron con uno menos por la expulsión de Fazio, apenas se notó en el campo. Y para colmo el Sevilla se marchó al descanso con un gol de ventaja porque aprovechó el tradicional regalo del Celta a balón parado. Un cabezazo, un mal despeje de Beauvue y Carriço que surge de la nada para fusilar a Sergio. Para colmo de males se repetía la historia del pasado jueves y el Sevilla hacía sangre en la última jugada del primer tiempo. Solo faltó una marcha fúnebre para despedir a los futbolistas en el descanso.

Pero tras el paso por la caseta asomó a Balaídos otro Celta, la versión jovial y entusiasta que tantas buenas tardes ha dado, el equipo que no piensa en los ausentes y que solo vive con la portería rival en la cabeza. El cambio se advirtió de inmediato. Bien abiertos los extremos en la banda, ritmo con la pelota y con las piernas. No tardó el Sevilla en entender que se le iba a hacer largo el segundo tiempo por lo que extremó las precauciones y acercó su línea defensiva a la grada de Gol. Berizzo agitó entonces el árbol de forma definitiva. Prescindió de un defensa y envió al campo a Guidetti para retrasar a Aspas a la media punta. Pero lo que terminó por revolucionar la tarde fue la llegada de Marcelo Díaz. El chileno, favorecido por la poca resistencia que ofreció el Sevilla en ese momento, se instaló en el centro del campo con Wass pegado a la banda y ofreció un curso en la dirección del juego. Lo primero que hizo fue una diagonal a Wass que el danés pusó en el corazón del área donde surgió Beauvue como si fuese una aparición para enganchar un remate que dejó a Sergio Rico petrificado.

El Celta ya era por entonces un vendaval que recuperaba el balón con una facilidad pasmosa y descargaba con furia sobre el área sevillista. Wass y Bongonda exprimieron las bandas; Díaz manejó el tráfico con maestría y autoridad y el balón se quedó a vivir en las inmediaciones de Sergio Rico. Le faltó al Celta precisión en algún centro y en los muchos remates que realizó durante la conmovedora carga. Los falló de todas las formas posibles. El Sevilla resistió como pudo el chaparrón encomendado a la escasa puntería viguesa y a Sergio Rico que en los últimos minutos estuvo providencial. Con las fuerzas justas, el Celta no renunció a buscar la victoria. La necesitaba para seguir adelante en su carrera por entrar en Europa y para enviar un mensaje de esperanza de cara al próximo jueves en el que intentará algo que según la lógica y la historia supone una misión imposible. Pero este equipo, cuando se lo propone, demuestra que la vida está para hacer realidad determinados sueños.

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