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Demasiado pronto para morir

05.02.2016 | 08:22
Cabral lamenta una ocasión fallada. // Efe

Me imagino explicarle esta derrota al inolvidable Maguregui y tratar de hacerle entender que con un gol en contra y ciento veinte minutos de eliminatoria copera por delante, el Celta se lanzó al campo del Sevilla sin red, como si la vida se le estuviese escapando de las manos, como si fuese un artificiero de película al que se le acaba el tiempo y tiene que elegir entre cortar el cable verde o el azul mientras a su alrededor diez pobres ciudadanos le miran con gesto de angustia. Al final la explicación, aunque dolorosa y complicada de entender para cualquiera que guste de medir los riesgos, es muy sencilla: este Celta es así. Para lo muy bueno y, como sucede en esta complicada resaca, para lo muy malo. En un mundo donde sobran equipos con demasiado "término medio" el Celta no lo tiene. Vive la vida desde los extremos, incapaz de dejar indiferente a nadie. Y pocas veces lo mostrará con tanta claridad como en la aciaga noche vivida en el Sánchez Pizjuán.

Es difícil encontrarse a un semifinalista de Copa enterrar sus opciones por culpa de un ataque de semejante irresponsabilidad. Con media hora por delante -y ese partido de vuelta con el que la gente en Vigo había comenzado a dibujar sueños y bengaleos de toda clase- el Celta atacó con el punto de locura de quien busca un gol salvador en la prórroga, como si en el descanso Villar se hubiese presentado en el vestuario para instaurar la eliminatoria a partido único. La situación ideal para las piernas de Gameiro, el escenario perfecto para que el peor Jonny que recordamos quedase en evidencia en un duelo tan desigual viendo el estado de forma de ambos futbolistas. La escena podría tener su sentido en el último tramo del partido de vuelta, con un Balaídos enardecido soñando que esta vez la pierna de Gudelj llegue a tiempo de empujar el balón en el segundo palo. Pero no ayer. Era demasiado pronto para morir después de una aventura tan hermosa. La gente del Celta, tras la travesía del desierto que le ha tocado vivir durante los años duros, se merecía una semana diferente que la que espera a la vuelta del fin de semana y tal vez por eso la herida escuece especialmente.

Pero tampoco conviene olvidar a estas horas que el mismo carácter que lleva al Celta a dispararse en los pies en el Pizjuán es el que le ha llevado otras tardes a jugar con el descaro de quien se atreve a desafiar a cualquier rival en cualquier escenario. Al final la diferencia entre la osadía -aclamada y agradecida por la parroquia- y la temeridad mostrada ayer es muy pequeña. Al Celta y a su entrenador les corresponde aprender la diferencia, ajustar ese matiz para manejar situaciones con ese punto de madurez que ayer hubiese sido un tesoro y con el que el Sevilla construyó el exagerado marcador a favor. Son cuestiones sobre las que debe crecer un equipo evidentemente joven, al que le queda mucho recorrido y al que el fútbol, si mantiene ese espíritu ambicioso, pronto devolverá a retos tan excitantes como el de anoche. Es cuestión de saber esperar. Y de eso en Vigo sabemos un poco.

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