En el tren de Tozeur

El Tucu, siempre pausado en medio del vendaval, recibió el aplauso de la grada

03.10.2015 | 02:16
El Tucu Hernández protege el balón de la presión de Juan Rodríguez. // José Lores

El fútbol tiene sus ciclos. Afecta a posiciones, dibujos, tácticas, ritmos... Hubo un tiempo para el doble pivote y uno para el delantero mentiroso. Se jugó con extremos que ganasen la línea de fondo y se juega a pierna cambiada. Estuvo de moda el achique de espacios, se vivió en zona o al hombre, con defensa de cuatro o de cinco. A la pizarra, en las jugadas a balón parado, se le ha dado crédito o se le ha negado. Todo tiene su fin y casi todo acaba volviendo, según el último que al ganar marque tendencia.

Ahora impera el vértigo. La gente se ha cansado de la digestión lenta de Guardiola. Incluso el Barcelona, bajo la batuta de Luis Enrique, le imprime otra velocidad a sus transiciones. Han dejado de contarse los toques de una combinación con asombro, como aquel gol céltico en Villa Park, para contarlos con fastidio. El Celta de Berizzo participa de esa dinámica. Es lo que va de Krohn-Dehli a Wass. Quiere la portería y la quiere ya, mordiendo más que masticando, con deseo de adolescentes en el portal. Todo transcurre a cámara rápida.

El Tucu siente distinto. Tucu huele a pan recién hecho, a virutas de madera, colmado de barrio y pantalones de pana. Es un jugador de cuando el mundo era más sencillo. y no este frenesí doloroso e indescifrable. Al chileno no le urge el cronómetro. Él planta el balón, lo riega, lo amamanta, lo observa crecer al dictado de las estaciones. El Celta teclea la jugada en 140 caracteres, abreviando, nervioso por publicar, y entonces el Tucu toma su estilográfica y escribe: "Estimado señor mío".

En el choque de latidos el Tucu ha parecido muchas veces una arritmia dentro del equipo. De ahí los silbidos. Incluso cuando jugaba igual de mal o mejor que otros compañeros, él era la interferencia perceptible. El Tucu exige una actitud de contemplación, un poso en la mirada.

Lo reclamó Berizzo y los aficionados estuvieron propensos al aplauso desde el inicio. "Y por un instante retorna mi anhelo de vivir a distinta velocidad", cantaba Batiato en "Los trenes de Tozeur". Al Tucu, de repente, lo veían entrañable, como al abuelo en los domingos de aldea, vistiéndose morosamente para ir a misa.

Lo cierto es que el Tucu se creció con el apoyo, cruzándose desde la nada sosteniéndose en el aire, provocando la falta del rival precisamente porque se mueve a distintas revoluciones. A veces llegaba antes que nadie por no tener prisa en llegar.

Eso fue en la primera parte, cuando el final se antojaba tan lejano. En la segunda parte se incrementaron las urgencias. Regresó el silbido al Tucu, escaso, puntual, pero representativo de la ansiedad. Otra vez el vértigo, encarnado en Guidetti, que juega poco y quiere dejar un bonito cadáver en cada acción. Aunque esta vez no sustituyese al Tucu sino a Aspas, ahogado sin espacios.

El Tucu permaneció sobre el campo como una espiga misteriosamente ajena al vendaval de su alrededor, en su burbuja. Tan pausado en el último segundo como en el primero, con agrado al fin de los suyos, mientras por el horizonte circulaba lentamente el tren de Tozeur.

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