Cincuenta y cuatro años para acabar un maratón

El japonés Shizo Kanakuri se retiró del maratón olímpico de 1912 en Estocolmo sin dar explicaciones al refugiarse en una casa a beber un zumo y dormir una larga siesta

09.06.2014 | 00:35
Arriba, Kanakuri, con 76 años, cuando completó de forma simbólica la prueba. A la izqda., el japonés en 1912.

Shizo Kanakuri era el principal favorito a la victoria en el maratón de los Juegos Olímpicos de Estocolmo en 1912. Formaba parte de la primera delegación que Japón enviaba a una cita de este calibre y su marca ligeramente superior las dos horas y media convertía a este joven de 21 años en uno de los grandes aspirantes al triunfo en la capital sueca. Eran tiempos para la aventura en la ruta. Muchos corredores se lanzaban al maratón sin conocer a fondo sus riesgos. La maratón de Estocolmo, disputado para unas inesperadas condiciones de calor extremo, fue una prueba de ello. A los organizadores no les ocurrió otra cosa que programar la carrera al mediodía. Franco Lázaro, un modesto portugués se convirtió en el primer atleta que murió en una cita olímpica. No se le ocurrió otra cosa que untar su cuerpo en una extraña grasa lo que le tapó los poros de la piel y le impidió transpirar. Sufrió un colapso mortal.

Kanakuri tampoco lo pasó bien durante la prueba aunque sin llegar al extremo irracional del carpintero lisboeta. Desde el kilómetro veinte comenzó a sentirse mal. El calor y la sensación de ahogo le acompañaba durante todo el recorrido. La cabeza de la prueba en la que se encontraban quienes al final estarían en el podio (los surafricanos Kenneth McArthur y Christian Gitsham y el americano Gastos Strobino) hacía tiempo que estaban demasiado lejos de él y las posibilidades del japonés de regresar a casa convertido en una celebridad se habían desvanecido. Pero Kanakuri no pensaba en eso en aquellos momentos. Su idea era terminar la carrera como buenamente pudiera. En el kilómero treinta comprendió que sería imposible llegar a meta, que ya no era capaz de dar un paso más. Atravesaba Tureberg, localidad próxima a Estocolmo, cuando se detuvo exhausto en mitad de la calle. Unos vecinos se acercaron a él y le invitaron a entrar en su casa. Allí celebraban una pequeña fiesta y Kanakuri se sentó en mitad de la reunión mientras los amables suecos le daban unos zumos con los que reponerse. El atleta bebió y se tumbó en un catre que le cedieron en la casa para que descansase. Durmió durante horas. Cuando despertó se apoderó de él una sensación de bochorno. En un país especialmente orgulloso y donde el honor es uno de los valores esenciales, Kanakuri se sintió completamente avergonzado. Tomó en ese momento la decisión de marcharse de Suecia sin dar mayores explicaciones, casi de manera furtiva. Las autoridades suecas, que estaban conmocionadas por la muerte de Lázaro, le buscaron con cierta sensación de extrañeza aunque sin poner demasiado empeño. Se sabía que no había llegado a meta y que nadie le había encontrado por el recorrido en malas condiciones. Todo demasiado raro. Mientras tanto Kanakuri salía de Suecia rumbo a su casa. A nadie le dio explicaciones. Tenía claro que cuanto menos se supiera de él, mejor.

En Suecia no tardaron en olvidarse del atleta japonés que sin embargo en casa sí tuvo que justificar lo sucedido en Estocolmo. Siguió compitiendo en su prueba y fue olímpico en otro par de Juegos Olímpicos: acabó entre los veinte primeros en 1920 y en 1924 en París volvió a retirarse, su último episodio en el mundo de atletismo antes de dejarlo y dedicar su vida a dar clase a niños en un colegio de Tamara.

Pasaron muchos años antes de que alguien se preocupase por recuperar su historia. Fue una cadena de televisión sueca que volvió a indagar en la vida de aquel atleta al que se había llegado a dar por desaparecido durante el maratón de Estocolmo. Un periodista le encontró en Tamara en 1967, cuando ya tenía 76 años, y le ofreció la posibilidad de terminar aquella carrera aunque solo fuese de manera simbólica. Kanakuri viajó hasta la capital sueca y realizó el tramo del estadio olímpico al que nunca llegó en 1912. Levantó los brazos con una sonrisa y quedó entonces para la historia la marca de que había tardado en completar el maratón 54 años, 8 meses, 6 días, 8 horas, 32 minutos y 20.3 segundos. En la meta, el japonés ante los medios de comunicación que se habían acercado a ser testigos de aquella aventura dijo que "ha sido una carrera larga, pero entre tanto, he tenido, una esposa, seis hijos y diez nietos y eso lleva su tiempo".

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