El clásico de la fuga

Nacional de Montevideo abandonó en el descanso un derbi contra el extraordinario Peñarol de 1949 para evitar una segura goleada tras quedarse con nueve jugadores en el campo - Aún hoy ese episodio es motivo de escarnio entre las aficiones

28.04.2014 | 02:15
Los jugadores del Peñarol y el trío arbitral espera por los jugadores del Nacional.

Los viejos aficionados de Peñarol, cuando se ponen nostálgicos, suelen acanar en el mismo año. En aquel 1949 en el que el conjunto uruguayo reunió posiblemente a la mejor escuadra de su historia, la base de la selección uruguaya que un año después conseguiría ganar el Mundial de Brasil. En la alineación tipo estaban el portero Roque Máspoli; los defensas Enrique Hugo y Sixto Possamai; en el medio jugaba Washington Ortuño pero gobernaba Obdulio Varela, el "negro jefe", el hombre que cuando Uruguay encajó el 1-0 el día del "Maracanazo" lo primero que hizo fue pedir un intérprete para discutir con el árbitro y enfriar lo que en aquel momento era un infierno que amenazaba con devorarlos. Difícil encontrar un caso semejante de personalidad. En ataque el cuadro aurinegro alineaba a la conocida como la "escuadrilla de la muerte" que formaban Alcides Ghiggia, Juan Eduardo Hohberg, Oscar Míguez, Juan Alberto Schiaffino y Ernesto Vidal.

No era de extrañar que Peñarol se pasease en los campeonatos nacionales. A los románticos aficionados del conjunto de Montevideo les queda la eterna pena de que la Copa Libertadores -y por consiguiente la Intercontinental- no se crease hasta 1960. La "Máquina del 49" apenas pudo medirse con las grandes escuadras de su generación, algo que a buen seguro le hubiera servido para agigantar su leyenda. Los números, el a veces frío palmarés, guarda en un lugar preferente a la generación de comienzos de los sesenta capaz de ganar tres Libertadores y dos Intercontinentales, pero no son pocos los consideraban a ese equipo inferior al de la generación anterior.

En 1949 Peñarol solo perdió un partido amistoso. Sucedió contra Huracán. El resto de partidos los ganó manteniendo una media goleadora próxima a los cuatro tantos por partido. Eran inmisericordes y nunca especulaban. Si el partido podía resolverse en el primer cuarto de hora, no demoraban el trámite. Sucedió que para casi todos sus rivales enfrentarse a Peñarol era un trance muy doloroso. No había posibilidades de meterles mano y lo normal era salir desplumados de la cita. Eso es lo que sucedió a su máximo rival, Nacional, en el derbi que ambos equipos disputaron a finales de 1949 y que ha pasado a la historia como uno de los episodios más polémicos de su historia. Aún ahora se lo echan en cara unos a otros. Pongámonos en situación. Peñarol venía hambriento porque una huelga de jugadores en 1948 había impedido que se completase el Campeonato Uruguayo de aquella temporada. Entonces entraron en el año nuevo como un ciclón. Conquistaron el Torneo Competencia -el que se disputaba en la primera mitad del año- sin ceder un solo punto y con solo ocho goles recibidos. En verano se pusieron en marcha en busca del Campeonato Uruguayo y nada parecía alejarles de ese camino. Llegaron al 9 de octubre de 1949 como líderes tras haber ganado todos sus partidos, pero Nacional -su gran rival- resistía. Estaban situados a solo cuatro puntos y tenían un partido menos disputado. El derbi de ese día abriría la pelea por el campeonato o lo dejaría resuelto a favor de los "carboneros".

Aquella tarde llovió de forma considerable y el terreno de juego del estadio Centenario estaba realmente pesado. Pero eso no cambió el plan de Peñarol que dominó el partido de forma convincente. Nacional resistió poco más de media hora. En el minuto 38 Alcides Ghiggia -el hombre que unos meses después haría enmudecer Maracaná en la final del Mundial- abrió el marcador. Fue el toque de corneta que necesitó Peñarol. Solo dos minutos después Ghiggia estuvo a punto de hacer el segundo y en la siguiente jugada el árbitro señaló penalti a favor de los locales. Lanzó Míguez, rechazó el portero, pero Ernesto Vidal, más atento que nadie, anotó el segundo. Los jugadores de Nacional perdieron los nervios. Eusebio Tejera fue expulsado por protestar y Walter Gómez le lanzó barro al rostro del colegiado por lo que también fue enviado a la caseta. Antes del descanso solo dio tiempo a una jugada, pero que dio una idea de lo que aguardaba a los jugadores del Nacional. Sacaron de centro, Peñarol recuperó el balón y Schiaffino arrancó como un tiro en dirección a la meta contraria. El árbitro pitó en ese momento el final del primer tiempo, pero había quedado claro que no habría piedad para Nacional.

La historia del descanso nunca quedó demasiada clara. Sus protagonistas tampoco se han preocupado por detallar en exceso los hechos. Comenzó a correr por la grada el rumor de que Nacional no saldría a disputar el segundo tiempo. Al poco tiempo aparecieron en el campo los jugadores del Peñarol; al rato el trío arbitral que encabezaba Horacio Bochetti. No había rastro de Nacional. Aguardaron un tiempo prudencial y finalmente el colegiado dio el partido por ganado a Peñarol que celebró el título más extraño que se recuerda. Los futbolistas dieron la vuelta olímpica cuando Nacional hacía tiempo que se había marchado del estadio.

La crítica y los aficionados fueron implacables con el derrotado. Ese partido pasó a la historia como el "clásico de la fuga" y aún ahora los aficionados de Peñarol se lo echan en cara a sus adversarios. El delegado de Nacional de aquel tiempo fue el encargado de tratar de justificar lo que parecía imposible y achacó la renuncia al arbitraje y al mal estado de ánimo de sus futbolistas para seguir competiendo.

La versión de Peñarol de aquel episodio asegura que Nacional se marchó porque sabían que sus rivales no se detendrían hasta devolverles el 6-0 que habían encajado unos años atrás y que suponía un motivo de especial escarnio entre las aficionados. "El deshonor les pesará eternamente" sentencieron desde el vestuario del Peñarol. Y aún pesa.

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