El dulce recuerdo de la noche más triste

Veinte años de la final de Copa del Calderón, la de la castaña de la bruja que no funcionó y las lágrimas de Lendoiro

20.04.2014 | 18:06
De izquierda a derecha: Lino Romero, Patxi Salinas, Moncho Carnero, Mirolad Ratkovic, Ignacio Núñez. Flaco Gil y Vlado Gudelj, en el Bar Casqueiro; abajo, en fotografías de la época de la final de Copa. // Jesús de Arcos

Veinte años de una derrota. La de la final de Copa del Rey en el Calderón, ante el Zaragoza, de escenas tan incrustadas en la memoria del celtismo: el cabezazo de Salva desviado por Cedrún con la punta de los dedos, el penalti fallado por Alejo... Noche triste la del 20 de abril de 1994, pero que sus protagonistas recuerdan sin amargura, asentados en la dignidad de lo hecho.

Varios se congregan para la conmemoración: el presidente de aquel Celta, Ignacio Núñez; el segundo entrenador, Moncho Carnero; los jugadores Gudelj, Ratkovic, Salinas y Flaco Gil; el entonces presidente de la Federación de Peñas, Lino Romero. Algunos conservan el contacto. Los que no se ponen al día con afecto.

Se han reunido en las viejas instalaciones de A Madroa. Después visitarán el Bar Casqueiro, donde la plantilla hacía vida. "Entrenábamos veinte y dieciocho íbamos juntos al Casqueiro, a jugar a los chinos. Y eso se notaba en el campo", proclama Flaco Gil. "Ese compañerismo se ha ido perdiendo poco a poco. Ahora cada uno es más individualista", conviene Carnero, autoridad en el efecto del tiempo como ayudante de Santos, Irureta, Víctor y Fernando Vázquez.

La fraternidad distingue a aquel grupo. Explica su hazaña. Patxi Salinas lo detalla: "Yo venía del Athletic, de viajar siempre en avión, y aquí nos metíamos doce horas de autobús. Cobrábamos tarde y mal. De instalaciones estábamos justitos, con solo un campo de entrenamiento y si se estropeaba... Si entrabas tarde en el vestuario te duchabas en agua fría porque se agotaba el calentador. Y esas dificultades nos dieron un punto de compañerismo que en otros equipos no existía. Teníamos humildad y orgullo".

El excentral abunda en el factor humano: "Rojo era un entrenador espectacular. Junto a Moncho y Catalá (preparador físico) componían un cuerpo técnico de otra galaxia. No sólo ellos. Los masajistas, Habichuela, Alvarito, Santomé o Fran, que subió después, y Marcial, el utillero, todos formaban parte de la familia".

Salinas destaca a un actor concreto: "Vicente era un extraordinario capitán dentro y fuera del campo. He jugado con grandes futbolistas y a él es al que más he respetado". Recuerda cuando Vicente se rompió el ligamento lateral de la rodilla en el minuto 5 de un encuentro.

-Pide el cambio-, le recomendó Salinas.

-No, qué vergüenza-, respondió Vicente y aguantó hasta el descanso.

Salinas concluye: "Cuando alguien te da un ejemplo así, no puedes hacer otra cosa que seguirlo a dónde sea". Y fue hasta la final de Copa. Un éxito inesperado en una escuadra que había ascendido a Primera División en 1993 y que en esa segunda campaña no aseguraría la permanencia hasta el último partido, el famoso 0-0 de Zorrilla.

La Copa fue otra cosa, de ilusión creciente tras superar a Logroñés y Oviedo, con el éxtasis del Heliodoro Rodríguez: el Tenerife, con 2-0, amenazaba con compensar el 3-0 de la ida cuando Gudelj surgió para empatar. Peinador hervía en la vuelta, presagiando el desplazamiento masivo al Calderón. "Revitalizamos la Copa, que llevaba unos años muerta, sin que muchos aficionados viajasen a las finales", sostiene Romero. "El canto de 'sí, sí, sí, nos vamos a Madrid' empezó con nosotros. Sigue siendo la mayor alegría que me ha proporcionado el fútbol".

Romero recuerda la locura de los días previos a la final en la Federación de Peñas. Mientras, la plantilla se aislaba en Albacete. Se habían quedado allí tras ganar por 0-4. "Nos daba tranquilidad para la Liga. Sabíamos que éramos inferiores al Zaragoza, pero también que estábamos ante una oportunidad histórica, irrepetible", relata Salinas.

Ese recogimiento impidió que el equipo conociese la magnitud de lo que se avecinaba: 20.000 seguidores en peregrinación hacia el Calderón. "Me sorprendió. Cuando llegué al estadio, se me humedecieron los ojos", confiesa Carnero. Salinas añade: "Salimos a calentar y fue impresionante. 'No podemos perder por esta gente', le dije a Cañizares". A Ignacio Núñez, al día siguiente, le maravillarían las fotografías de las calles vacías de Vigo: "Ni un solo coche en toda la ciudad".

Mientras Rojo arengaba a sus jugadores, convenciéndolos de que eran tan buenos como los de Víctor Fernández, Núñez se aguantaba los nervios en el palco. Cerca de él estaba el presidente de la Xunta, Manuel Fraga, que tenía fama de gafe para el Celta. "Venía poco a Balaídos, pero siempre perdíamos cuando lo hacía", comenta el exmandatario. Media hora antes del inicio se le acercó el alcalde olívico, Carlos Príncipe.

-Toma, una castaña de la bruja. Me la ha dado mi padre para compensar la 'gafancia' de Fraga.

Núñez se la metió en el bolsillo. No se acordó de ella hasta la tanda de penaltis. La sujetó justo en el de Alejo. "Evidentemente no funcionó. Salió el topo de la hierba y provocó que Alejo fallase. Le devolví la castaña a Príncipe". Contó más la maldición de Rojo, que hubiera querido la tanda en la otra portería. En esa había perdido una final copera con el Athletic ante el Betis.

Entre castaña y castaña se habían sucedido los acontecimientos conocidos. "Fue un partido sin grandes ocasiones. Me resultó fácil mantener la compostura en el palco", asegura Núñez, aunque reconoce: "Con el remate de Salva todos saltamos un poquito". La gran oportunidad de un Celta que había contenido al Zaragoza en el arranque y al que le faltó una marcha en la prórroga, que el cuadro maño jugó en inferioridad por expulsión de Aragón, si bien Otero estaba medio cojo. "Nos habíamos propuesto no perder el partido a toda costa porque creíamos que en los penaltis ganábamos", explica Salinas. Por los buenos lanzadores que poseían, entre ellos Alejo, y sobre todo por Cañizares, que les había dado el pase sobre el Oviedo en esa suerte y en Liga también había detenido varios. "Era el portero de moda en España", refrenda Ignacio Núñez.

Pero Cañete no atinó. Sí Cedrún en el postrero, antes de que Higuera quebrase el alma celeste. "Me acuerdo sobre todo de cómo lloraba la gente a mi alrededor, de las lágrimas de mi sobrina, que tenía 12 años".

"La imagen del vestuario era terrible", describe Salinas. "Había sido un milagro llegar hasta allí. La gente nos consolaba. La afición se portó fenomenal. Nos lo demostraron en el siguiente partido, ante el Barcelona, que perdimos 0-4 porque estábamos muertos. Pero nada te puede quitar el dolor". Ignacio Núñez se encontró a Lendoiro en los pasillos del Calderón. Y el presidente del Deportivo, que semanas después asistiría a su propia tragedia, el penalti fallado por Djukic, se le echó a llorar. "Nunca he sabido si eran lágrimas de verdad o de cocodrilo. Un día de estos se lo preguntaré".

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