El coraje del Celta rescata un punto

Los vigueses logran un empate de enorme valor tras jugar todo el segundo tiempo con un hombre menos

13.04.2014 | 02:51
El coraje del Celta rescata un punto
Santi Mina festeja su gol junto a Orellana y Fontás. // Jorge Santomé

El orgullo sostuvo al Celta en un día complicado, repleto de peligros, y le permitió rescatar un punto cuyo valor resulta incalculable en estos momentos. No solo por cuestiones numéricas -los vigueses mantienen la ventaja sobre el descenso y ya han alcanzado los 37 puntos que necesitaron hace un año para salvarse- sino sobre todo por cuestiones anímicas. Ayer fue uno de esos días en los que el equipo y la grada sintieron que ganaban mucho más que un simple punto. No hay forma de cuantificar el valor del segundo tiempo jugado ante la Real Sociedad, pero indudabablemente supone un golpe de autoestima gigantesco por las especiales circunstancias en las que llegó. Cuando al comienzo del segundo tiempo -con 1-2 para los donostiarras-, Aurtenetxe dejó al equipo con diez tras protagonizar una justa e inexplicable expulsión, negros nubarrones se asomaron a Balaídos. El fantasma de un agónico final de temporada volvía a ensombrecer el panorama de los de Luis Enrique. Pero el equipo, en ese momento de debilidad y duda, mantuvo la fe y se fue a por la Real con coraje, determinación y fútbol. Jugó en el alambre, con la amenaza de que un contragolpe realista liquidase el partido, pero los de Luis Enrique insistieron una y otra vez hasta que a falta de menos de diez minutos el juvenil Santi Mina acertó a culminar una gran jugada de Orellana. El premio al orgullo, al equipo que nunca perdió la esperanza y que insistió en buscar la solución a una tarde compleja. Solo es un punto, pero pesa más que ninguno en el futuro del Celta.

De todos modos, el empate no puede servir para ocultar un nuevo episodio trágico de los vigueses en el aspecto defensivo. Una constante en la temporada y también en la historia moderna del Celta. A los rivales sigue costándoles muy poco encontrar la portería viguesa y ayer fue un nuevo ejemplo. La decisión de Luis Enrique de cambiar una vez más la pareja de centrales -Cabral y Aurtenetxe fueron los elegidos en esta ocasión para que Fontás pasase al pivote- se demostró como una mala decisión. La Real le hizo un nudo al Celta en el arranque del partido que pudo terminar de manera terrible. En apenas un cuarto de hora los de Arrasate, que salió con todo convencido de las debilidades viguesas, habían marcado un gol y generado cuatro ocasiones claras. Fue Canales quien acertó en el minuto siete gracias a un fenomenal disparo lejano que se coló junto al sobaquillo de un desacertado Yoel, un punto más inseguro de lo que se le ha visto esta temporada. En ese primer cuarto de hora Griezmann, Canales, Agirretxe y Vela fueron un tormento para el Celta, desajustado en la presión, impreciso, facilitando que los vascos, verdaderos cohetes, encontrasen espacio para correr a la espalda de los defensas.

El Celta se quitó el susto de encima. Lo hizo después de que Rafinha y Augusto intercambiasen posiciones y se convenciesen de que la Real, terrible con la pelota, es un conjunto bastante vulgar cuando tiene que centrarse en defender. El Celta no tardó en encontrarle las costuras, sobre todo en los costados. Tanto Nolito como Augusto le dieron profundidad al equipo, el Celta se instaló en el área rival y solo le faltó el remate, otro de los déficits de los últimos dos meses. Le sacó de esa improductividad un viejo legionario: Mario Bermejo. El cántabro -reemplazo de Charles, que finalmente se quedó en el banquillo con su máscara preparada para otra ocasión- le dio a Iñigo Martínez una lección de oficio que el central realista debería considerar. Primero le cargó con una amarilla y en la jugada siguiente le provocó un penalti perfectamente evitable, pero en el que Bermejo demostró las horas de vuelo que hay en su hoja de servicios. Nolito ajustó el disparo para lograr el empate. El Celta salvaba el primer escollo importante que le había planteado la tarde, pero no tardaría en aparecer el siguiente. Sucedió con los jugadores pensando en el descanso. Un pelotazo realista fue defendido por los vigueses de forma ridícula. Atacó mal el balón Mallo, lo dejó pasar Cabral que se aculó junto a Aurtenetxe mientras permitían a Griezmann resolverse y disparar con comodidad para marcar el segundo tanto. Una infamia defensiva que no tardó en tener su continuación en el minuto 47. En una jugada aparentemente intrascendente Aurtenetxe falló en un control y, tal vez por la frustración, se fue a buscar el balón de una manera desmedida, con a pierna a la altura de la cadera del rival. La entrada es aparatosa -no peligrosa- pero es una roja de manual. Con más de cuarenta minutos por delante y 1-2 en contra el equipo se quedaba con diez. Un panorama ideal para la Real; desolador para el Celta. Pero fue en ese momento cuando se vio la mejor versión del equipo de Luis Enrique que se ordenó de manera magnífica y en ningún momento dio la impresión de estar en inferioridad. Solo en los contragolpes terribles que lanzó la Real y en los que pudo liquidar el partido. El Celta no tenía otro camino que jugar en el alambre, arriesgar al mantener la defensa adelantada -a la que volvió Fontás- para no abrir el partido de manera exagerada. Sabia que se tragaría algunas contras, pero era parte del precio que había que pagar. Pero lo más meritorio del Celta fue el ejercicio de orgullo que protagonizó, la solidaridad mostrada por todos sus futbolistas para implicarse en el partido y luego el criterio que tuvo con la pelota para generarle problemas a la defensa vasca. Influyeron muchos futbolistas: el recorrido de los laterales, el buen trabajo de Krohn-Dehli en el medio, la insistencia de Rafinha -crujido nuevamente a patadas-, el esfuerzo de Nolito y sobre todo el factor diferencial que supuso la entrada desde el banquillo de Orellana y Mina. El chileno volvió a ser el elemento agitador de otras tardes y el juvenil mostró más veneno que de costumbre. No fue casual que ambos estuviesen enredados en la jugada más importante del partido. Una acción bien trenzada a la que Orellana dio el toque de calidad para hacer una dejada a la frontal del área que Mina enganchó con el alma. Soltó un disparo raso que hizo inútil la estirada de Bravo. Un gol que acredita a un goleador en evidente formación, pero un tipo que no discute ni se lo piensa cuando olfatea la portería y que trata de resolver esa clase de jugadas con un solo toque. Así llegó el empate merecido del Celta que supo luego apretar los dientes para sujetar la última acometida de la Real Sociedad. Balaídos celebró el punto más que muchas victorias, la prueba de que hay resultados cuyo valor numérico no siempre coincide con el valor real.

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