¿Quién se cree que es Mou?

02.05.2013 | 07:36

En otra noche mágica del Bernabéu, revestido del impoluto blanco de los trabajos épicos de antaño, el Madrid perdió por centímetros el billete a Wembley y su entrenador el poco crédito que le quedaba entre aquellos que ven el fútbol como un ejercicio racional, sin apasionamientos de conmigos o contra mis, tarea que debería ser competencia de los informadores. Para los otros, para los que miran lo que pasa en el césped con los ojos de las vísceras, Mourinho será Dios o Lucifer; el centro del universo futbolístico o la esfinge mal encarada que premia o castiga con acertijos; el faro que ilumina este deporte de multimillonarios o una Gorgona que reparte miradas de hielo; el jefe, "The Special One". Pero un fracasado en su última aventura que se va del Madrid con la cuenta corriente mucho más saneada pero sin un nuevo entorchado europeo que sumar a los galones de su casaca. Descarten que esa mancha en el expediente lo pueda soportar su ego o la retahíla de éxitos de su página en Wikipedia.

Puede pasar Mourinho -discutible- por el mejor entrenador del mundo, un capataz de mano dura con capacidad para gestionar lustrosos vestuarios; y que le haya discutido, en las competiciones domésticas, la hegemonía al Barça, pero ha fracasado en el empeño no disimulado del madridismo de encomendarle el rescate de la Copa de Europa para las vitrinas del mausoleo de Concha Espina. Llegar tres años seguidos a semifinales no es ningún consuelo: un Madrid de segundones no pasa a la historia. Mourinho ya es historia, pero no en la acepción gloriosa del término, sino en lo que tiene de pasado. Y por tanto, olvido.

Por no hablar de algunos de sus caprichos y excentricidades, como gastar más de treinta millones de euros en suplentes, como Modric o Coentrao; traerse de Londres a un jugador acabado, Essien, que ni es centrocampista talentoso ni lateral, ni carne ni "pescao"; o el empecinamiento de encontrarle sitio a Pepe, su protegido, por lo civil o por lo criminal, un jugador que emborronó hace años la hoja de servicios del Madrid, que sobra en el fútbol y que es principal responsable del desastre en la ida de Dortmund. Si quiere prestarle un servicio último a Florentino, que se lleve al central portugués con él al Chelsea con todo su séquito de pendencieros. Y a Coentrao.

O su empeño en quitarse de en medio a todo blanco que no comulgue con sus machaconas ruedas de molino, léase Valdano, Zidane, Casillas o Ramos (por cierto, inmenso en la noche del martes, y reforzado en su imagen como referente ético del madridismo, lo cual también asusta).

En las vísperas, ya sin la máscara de amagar con quedarse, dijo que cuando el Madrid gana títulos los gana el Madrid y que cuando los pierde, los pierde Mourinho. Claro que sí, buen hombre. El Madrid, por el peso de su historia, por el orgullo de su camiseta, es el océano y su actual entrenador, ya en cuarentena, apenas la espuma de una ola. Que no se preocupe Mou, que cuando se marche, y bendito de Dios vaya donde más le quieran y le rindan diaria pleitesía aficionados y plumillas, al océano madridista no le sobrevendrá el desierto.

De ser cierto que el espíritu de Juanito, hechizo al que se encomienda el coliseo cuando tocan las grandes remontadas, pululó por el césped en la noche fría del martes europeo, no alberguen duda de que le habría propinado a Mou una patada en el culo. El portugués se irá del Madrid y, para su desgracia, el mundo seguirá girando.


Buscador de deportes

Enlaces recomendados: Premios Cine