J.C.A. - VIGO
Dos días antes de la final del Mundial Alejandro Zozaya, su bufanda del Celta, su bandera de Galicia y su camiseta de España estaban condenados a perderse el partido que La Roja llevaba esperando toda una vida. Cuando hace más de año y medio comenzaron a programar el viaje a Sudáfrica para vivir el Mundial decidieron comprar entradas hasta las semifinales empujados por el peculiar sistema de la FIFA: "Ya nos avisaron desde el principio que para ver los siete partidos de una misma selección te inscribías y entrabas en un sorteo. Corrías un riesgo mucho más grande. Por eso nos decidimos a ir comprando entradas sólo hasta las semifinales". Hace mucho más de un año, este vigués de 34 años y su grupo de amigos (andaluces la mayoría) con los que vivía en Madrid, no calculaban lo que ocurriría en Sudáfrica y el papel que España tendría en el Mundial. Planificaron el viaje y compraron los billetes de regreso para el 9 de julio.
Por ese motivo el viernes antes de que España y Holanda saltasen al césped del Soccer City Alejandro Zozaya y sus cuatro amigos se dejaban la batería de los móviles y hacían horas en los mostradores de las diferentes compañías aéreas. "Nuestro billete nos daba opción de cambio, pero era imposible. Nos decían que teníamos que esperar al jueves siguiente para volver, pedían barbaridades...estábamos dispuestos a hacer un esfuerzo, podíamos pedir un par de días en el trabajo, pero no cualquier locura. Estábamos desesperados porque era quedarnos sin poner la guinda al pastel. No nos creíamos que teníamos que volver, nos daba ganas de llorar". Y de repente, sucedió el milagro a falta de quince minutos para embarcar. "Nos llamaron de Swiss Air porque habían aparecido unas plazas en un avión y que si las queríamos" explica este arquitecto vigués aún con el entusiasmo metido en el cuerpo. Pagaron unos 700 euros por el cambio y se fueron a buscar una entrada, el siguiente objetivo.
Lo de la localidad para la final sólo ofrecía una opción: la reventa, llena de argentinos que en pleno fervor optimista habían comprado entradas para la final. "Ya nos dimos cuenta porque nos encontramos a muchos antes del partido de cuartos de final y todos tenían localidades para las semifinales y para la final. Luego, se tuvieron que ir a la reventa. Lo malo es que te pedían demasiado, más de 1.500 dólares". Zozaya recuerda que también en ese momento tuvieron suerte porque apareció la hija de alguien que trabajaba en la FIFA y se las vendió por algo más de 600 euros cada una: "Al final, el cambio de vuelo y la entrada nos supuso algo menos de 1.500 euros a mayores. De verdad que valió la pena por poder celebrar en el estadio el gol de Iniesta".
Así, con el cuerpo lleno de gloria tras el triunfo español, acabó lo que Alejandro Zozaya califica como "el viaje de mi vida" que nació en su cabeza hace más de un año y medio y al final cumplió con todas las expectativas que se había creado, por el triunfo de España y por el país que se encontraron: "El país está más desarrollado de lo que la gente puede creerse. Las carreteras están bien, los centros de las ciudades parecen de cualquier ciudad europea y sólo cuando sales a los suburbios ves gente que lo pasa peor. Pero lo de la población ha sido alucinante porque son encantadores, se volcaron, entendieron que era su gran escaparate y se empeñaron en que la imagen que se llevase el mundo fuese buena. No nos hemos sentido ni intimidados, ni amenazados, ni inseguros pese a lo que se dijo al principio. Nos ha sorprendido el país y sobre todo su gente". En este sentido recuerda que en el primer partido ante Suiza "no éramos más de 40 españoles. Muy pocos. Las televisiones hacían cola para entrevistarnos porque no encontraban españoles. Sin embargo, dentro del campo había miles con la camiseta roja, la cara pintada...eran sudafricanos que disfrutaban de aquella fiesta, que querían que los equipos y sus aficionados se sintiesen a gusto, respaldados. Era increíble".
Alejandro tiene sus peores recuerdos para la FIFA y su desmedida obsesión por el negocio: "Era complicado moverse por el país porque los vuelos eran escasos, caros y tenías que buscar billetes de bajo coste, volar a horas intempestivas. Había que adaptarse a las circunstancias. El problema es que la FIFA bloquea cientos de plaza de avión, de plazas hoteleras y luego si las quieres tienes que pasar por caja, negociar con la agencia que trabaja con la FIFA y sufrir verdaderos sablazos. Una vergüenza". Las dificultades para moverse la compensaron en gran medida con una autocaravana que alquilaron: "Otro golpe de suerte. En principio alquilamos un cuatro por cuatro con dos tiendas desmontables, pero los de la compañía nos ofrecieron el cambio y no hubo color. Ganamos espacio y comodidad. Uno conducía y los demás descansaban o echaban un mus. Nos permitió tener mucha más capacidad para hacer cosas y por eso aprovechamos el tiempo para ver parques naturales, hacer todo tipo de excursiones y disfrutar de un país increíble. Luego vino la selección y puso la guinda a un viaje irrepetible". No cierra su resumen del Mundial sin una idea que le rondó durante todos esos días: "El buen rollo que había entre todos los españoles. Fue una pasada. Al principio éramos cuarenta, pero en la final debía haber más de 2.000 aficionados. El compañerismo entre todos era increíble".