ARMANDO ÁLVAREZ - VIGO
"Lo que está claro es que alguien tirará unas bombas, o en aquella orilla o en ésta", pronostica Javier, tudense recostado sobre una silla en el abarrotado Paseo da Corredoira. Recuerda Javier la fiesta de cuando la Eurocopa en 2008, "lo nunca visto"; recuerdan otros vecinos el desfile luso por sus calles, sus bocinazos celebrando el gol de Nuno Gomes en 2004. Bromas entre vecinos, pequeños desafíos. Al cabo del día, habrá fuegos artificiales en el cielo de Tui. Aunque es en realidad el mismo cielo que en Valença.
Cumple el Miño nueve siglos como frontera por caprichos de sangre y dinastía. El río, hoy, une más que separa. Es una membrana permeable, una costura invisible en el tráfico de la vida. Aunque ayer, a escasos minutos de que comience un partido a miles de kilómetros, ese ritmo se atenúa. Las calles de Valença están desiertas, como en el amanecer del apocalipsis.
En la raya se reza a Dios y al Diablo. Lo propio en las fronteras. De la fachada de la "Casa dos mimos", una heladería de postín, cuelgan juntas la bandera lusa y la española. Valença se pintó de rojigualda hace algunos meses. Protestaban sus vecinos contra el cierre de su servicio sanitario de urgencias por parte del gobierno portugués. Agradecían que en la ribera contraria les curasen los males. El partido es una suspensión temporal en el transcurso de los hechos. Se recuperan las "quinas" en los balcones, el "verde escuro e escarlate", aunque sin exagerar. El ambiente es tibio. En la villa, para el fútbol, se prefiere el hogar.
Algún escenario público hay. Portugal conserva siempre la memoria de su grandeza. Es su empaque, su imperio, sus doctores y licenciados. En la Praça da República, tuétano del casco viejo, hay una televisión de 32 pulgadas enclaustrada en un armatoste de madera que proclama: "Valença coa selecçao". Es su particular pantalla gigante. Ante ella, sobre sillas de madera o de pie, cincuenta espectadores. Treinta de ellos, gallegos.
Son independentistas bien humorados. Suso ejerce de portavoz. Lo entrevistan para dos televisiones y algún periódico. "Temos dúas selección: a galega, que non xoga, e a do equipo que xogue contra España. Xa fomos cos suizos e con resultado exitoso; tamén con Honduras, estamos ás duras e ás maduras. Hoxe toca ser portugués".
Reparten una octavilla. "Sei o que non figestes nos últimos 525 anos", reza por un lado, imitando la grafía del programa de La Sexta. Por el otro, se puede leer un "manifesto cruel e poderoso", que repasa la "doma e castraçom do Reino de Galiza" desde que la cabeza de Pardo de Cela rodase por el empedrado de Mondoñedo.
El grupo enarbola banderas nacionalistas, la de la estrella y la de la vaca. Los hinchas portugueses, al principio algo desorientados, pronto se unen a la fiesta. Cada aproximación lusa es un "¡uy!"; cada ataque español frustrado, un aplauso. Aunque las acciones se intuyen más que se distinguen en la pantalla, como en los tiempos del porno codificado.
Suso y su gente se han ido trabajando unas coplillas. "Que viva Suiza" con la música del "que viva España"; "Honduras veñen e van", y el viejo canto de "queremos xogar na liga portuguesa", que la Praza do Sol viguesa entonó el día de los avales. Cristiano Ronaldo se lleva lo más chispeante de su lírica: "CR nove, mete a quen nos fode", "CR sete, fai favor e mete". Cristiano amaga pero no les cumple. Ellos, a lo suyo: "Non estaba mal ter unha economía como a de Portugal". El tamborileo hace bailar a los autóctonos. Cerca callejea algún turista despistado, de carne rosada. En la televisión, el comentarista de la RTP menciona las críticas de Aragonés. Un padre toma la mano de su hijo y se la aprieta. "Vamos ganhar". La "criança" sufre.
Uno de los gallegos ha entablado conversación con dos chicas que han escrito "España" a rotulador sobre la piel. Las adoctrina o flirtea con ellas. Son madrileñas y patriotas, descontentas con el espíritu catalanista en el eje defensivo que ha planteado Del Bosque. Son los extraños vínculos que crea el fútbol. En diez metros cuadrados, hermanándose, españoles que lo son, que no lo quieren ser y portugueses que ya no se sabe qué desean.
El río se traga sus murmullos. Al otro lado, también están las calles vacías, también en silencio espectante. Tui se congrega en el Paseo da Corredoira. Las cafeterías han poblado el cruce de televisores, orientados a las cuatro puntos cardinales. Cada persona mira a un sitio diferente y en realidad miran todos al mismo, donde confluyen el Índico y el Atlántico. España ha despertado y con ella despiertan sus adeptos. El policía de guardia se inclina para ver qué está pasando. Son minutos de sofoco, de manotazos sobre la mesa y al final el estallido del gol. En la euforia, dos novios se magrean.
Siete ancianas observan la escena a distancia, sentadas delante de la Iglesia de San Francisco. "Claro que queremos que gane España", dicen pero pausadas, con la perspectiva que la edad les proporciona. Entienden mejor que nadie el estallido y su duración, esa alegría que se antoja eterna y se esfuma en un segundo. "Los de la Guardia Civil son los que más bombas de celebración tiran", susurra un vecino. El encuentro ha terminado. El cielo se ilumina antes de la inminente noche. Al día siguiente habrá caras sonrientes o apesadumbradas al encontrarse en el puente, picadas y excusas. Después la vida seguirá en las dos orillas del río que nos separa y nos une.