ARMANDO ÁLVAREZ - VIGO
El Celta ha caído desde hace cuatro años en un coma profundo del que no se despierta ni lo intenta. Respira porque sí. Juega por trámite y reflejo motriz. El equipo asistió ayer a la salvación del Huesca. La favoreció con su actitud indolente. Rico marcó en el minuto 15 y ya nadie dudó de que el encuentro terminaría así. Sólo Papadopoulos, quizás despistado, insistió en buscar el empate. Un inútil empeño contra la desidia universal, propio de su fisonomía quijotesca. Al heleno iluso se le agradece el esfuerzo.
El Celta ya no vive. Asiste a la vida ajena, al flujo de acontecimientos que transcurre al otro lado del cristal. Es un club vegetal, que ni siente ni padece. Ante sus ojos pasan equipos que sueñan, ríen, festejan; otros que lloran, sufren, se derrumban. La existencia celeste, en cambio, es leve como su fútbol, una hojarasca arrastrada por la brisa. El equipo se salvó hace dos jornadas. Más o menos como en las últimas campañas. Y como en ellas, ha ensuciado su camiseta borrándose de lo que restaba. Los célticos asistieron al partido de ayer como cuerpos sin alma, sostenidos artificialmente, sin otro empuje que la inercia.
Queda el consuelo de saber que es una enfermedad endémica en España. Nadie les puede reprochar nada, ninguno de los tal vez condenados al descenso por su abulia, porque seguramente también ellos han pecado en su momento. En cada última jornada se cumple el mandamiento de que gana quien lo necesita. Quinielas premeditadas, entre lo natural y la sospecha. Pliegos de cargo contra la tan cacareada profesionalidad de los futbolistas. Ayer, media docena de equipos saltaron al césped en huelga encubierta.
Pudiera explicarse en parte en términos de intensidad, aunque el Huesca ni siquiera necesitó enseñar los tacos. Al Celta le influyó sin duda el fin de ciclo. Eusebio se va. Ya no hay que acumular méritos ante él. La plantilla impidió en un par de ocasiones su despido a lo largo de la campaña. Se comprometió con el técnico, se ligó a su destino. Vacíos de energía nerviosa, sin embargo, relajados tras asegurar la permanencia, los jugadores han empañado aparentemente la despedida del pucelano. A la larga, desaparecerá este sabor amargo y prevalecerá su legado.
Eusebio se ha muerto como ha vivido. Es coherente en sus virtudes y en sus defectos. Ante el Huesca hizo debutar en Liga a Víctor y Mateo, enésimos canteranos que lo conservarán siempre en la memoria como el responsable de sus primicias. El defensa entró en la segunda mitad. En la alineación inicial le había hecho hueco al zurdo y a Alex López. Eusebio ha plantado la semilla. A Paco Herrera le tocará cuidar su crecimiento. Y al consejo herbicida, quién sabe si satisfecho con el lamentable encuentro de ayer, que les confirma en sus insidias.
Porque es cierto que el Celta fue también el de Eusebio en su peor versión. En el toqueteo estéril, liviano. En la posesión ficticia del balón. En la renuncia a la portería contraria, como el caballo que se detiene antes del obstáculo. Papadopoulos fue el único con el gol en la cabeza, aunque no acertó a plasmarlo en un remate certero. Le faltó un segundo, le sobró un metro. Siete de los ocho disparos célticos fueron de su autoría.
Eusebio había confeccionado la alineación inicial con criterios sentimentales, de retribución o supuesta motivación, antes que futbolísticos. Le salió en la combinación una retaguardia extraña. Noguerol no quiso jugar. Se guareció de la quinta tarjeta amarilla, que lo hubiese lastrado en su mudanza a su nuevo destino, sea cual sea. Su ausencia se sintió y hace más absurda la decisión del club de no renovarlo. Las lesiones han convertido a Ortega en un central tembloroso, ayer con Jonathan Vila al lado a contrapelo, incómodo. La defensa se descompuso. Fue más interferencia que línea. Sorribas se aprovechó para asistir a Mikel Rico en la primera aproximación oscense. Mallo rompía el fuera de juego. Yoel se rindió a la evidencia de un mano a mano desigual.
Quedaban setenta minutos de prolongación, con Papadopoulos peleando contra el viento y el Huesca precavido, a sabiendas de que todos sus contrincantes también ganaban. El empate hubiera sido su ruina. Tuvieron alguna contra e incluso un remate a bocajarro interceptado por Yoel. Moises, orondo a simple vista, disfrutó del espejismo de otra juventud. y hasta rondó el gol en la portería en que hace una década metió al Celta en la UEFA.
Los celestes se fueron hacia las vacaciones tocándose, derramándose hacia fuera, estériles y vacíos. Remediarlo ya no es cosa de Eusebio, que se perpetúa genéticamente en sus hijos. Le toca a los dirigentes, que han creado un club neutro, pasivo, frígido, codicioso de la vida ajena, insoportablemente leve y que a la vez sólo parece aspirar a esa levedad insoportable.