JUAN CARLOS ÁLVAREZ
David James no ha perdido el tiempo. Con el cuerpo aún caliente de su compañero Robert Green tras el fallo ante Estados Unidos el meta del Portsmouth le ha hecho llegar a Capello a través de los tabloides –los mismos que han invertido los dos últimos días en competir en busca del chiste más humillante en relación a la cantada ante Estados Unidos– que está preparado para asumir la responsabilidad de defender esa portería maldita con la que dicen cargar los ingleses. Y claro, los aficionados se han lanzado a las iglesias o los pubs para ahogar en rezos o cervezas el pánico que genera ver a James compitiendo contra los vuelos traicioneros de Jabulani, el demoniaco invento de Adidas para este Mundial.
A punto de cumplir los cuarenta años –lo que le convierte en el jugador más veterano en Sudáfrica– James ha confesado que sueña con superar el récord de Zoff que levantó la Copa del Mundo en el Bernabéu con 39 años encima. Cuesta trabajo creer que alguien puede alcanzar ese objetivo jugando sin portero. Sería una conquista que justificaría la entrega a Capello de un condado entero donde pudiera cazar o pescar en paz el resto de sus días. Porque mal van las cosas si la solución para los ingleses es este portero que asombró en sus comienzos en el Watford –en los tiempos en los que el equipo pertenecía a Elton John–, pero que con el paso del tiempo se ganó a pulso el apodo de "Calamity", extraído de un cómic inglés que cuenta los avatares de un chaval al que persigue la mala suerte allá donde va. James, sin embargo, ha hecho una carrera en la Premier porque a su alrededor no había nada. Bueno, señores con aspecto de vivir de conducir un camión que los domingos se ponían unos guantes, se situaban bajo los palos y trataban de hacer lo menos posible el ridículo. Llegó al Liverpool, cuya portería defendió siete años coincidiendo con una importante crisis del conjunto de Anfield (él recibió el gol de Revivo en aquel inolvidable Liverpool-Celta); luego pasó por el Aston Vila, el West Ham y el Manchester City. La separación de su mujer le llevó a pedir a los responsables del equipo que le dejasen fichar por un conjunto de Londres o de sus alrededores. El Portsmouth le acogió hace dos años en los que a juicio de la opinión pública, acostumbrada a sus extravagancias y sus pavorosos errores, ha completado dos grandes campañas. Eso le permitió regresar a la convocatoria de la selección donde no existe un portero de garantías desde Gordon Banks en los años sesenta (de Shilton no hay queja porque no cantaba de forma escandalosa aunque su contribución a los triunfos ingleses fuese más bien discreta). Detrás vinieron Seaman, el propio James, Robinson o Carson, destrozados por sus cómicos errores, por los crueles cánticos del público y por la despiadada prensa que incluso organizó un debate sobre la conveniencia de nacionalizar a Almunia (algo que seguramente a estas horas Capello lamenta). La gran virtud de James es que siempre se ha repuesto de los palos y tal por eso se postula ahora, sin rubor alguno, como el salvador de esta Inglaterra llamada a grandes cosas. Ha vuelto a cambiarse el peinado –parece el Cañizares inglés–, dice que ha dejado la mantequilla y sólo abusa del café. Capello tiene la decisión, pero Inglaterra no deja de temblar. "Calamity" quiere más.