A. ÁLVAREZ - VIGO
"Luces y sombras", resume Miguel Piñeiro, reconocido experto de la pesca fluvial gallega. Consciente de lo inconcreto de su análisis, admite: "Más o menos como se dice siempre en el arranque de las últimas temporadas". La primera jornada de la temporada truchera regaló alegrías y decepciones a los aficionados con variedad geográfica: mejor al norte que al sur del país. La risa va por comarcas. Hay con todo un cierto matiz general de satisfacción. Los aficionados paladean el inicio de un ciclo más boyante que el que dejan atrás, aunque la madurez se alcance en temporadas venideras.
Entre las especies más perseguidas, el salmón y el reo aún disfrutan del periodo de veda hasta el 1 de mayo. Es la bien querida trucha la que ha iniciado su juego de coqueteo, seducción y rechazo con los pescadores gallegos. Buena parte de los 80.000 que han tramitado la licencia, y que llevaban varios meses conteniendo sus ansias, se echaron ayer a las riberas de los cotos gallegos, los de pesca tradicional y los sin muerte. "Bastante bien de gente", afirma Castro Freijeiro, otra voz autorizada, tras consultar con varios colegas.
La pesca gallega, un poco al modo del cine español, habitaba en los últimos años en una sempiterna crisis hasta casi convertirla en un cliché. Las convulsiones del clima, la contaminación, la invasión de especies depradoras no autóctonas... Malos tiempos para que una trucha alcanzase la edad adulta. La cuestión es que las abundantes lluvias de este invierno, y cierta mejoría en la salud general de los ríos, sin alentar un optimismo desaforado, sí permiten augurar que en el plazo de tres años habrá truchas poderosas aleteando en las aguas gallegas. Ahora el fruto de ese desove son crías que no alcanzan los centímetros de talla mínima exigida.
A la búsqueda de los ejemplares lícitos se lanzaron los pescadores gallegos con dispar fortuna. "El número de capturas ha sido muy bueno en A Coruña y bastante malo en Pontevedra, en líneas generales", comenta Miguel Piñeiro. Él lanzó la caña en el Verdugo, de aguas claras; un problema añadido a la hora de combatir a la desconfiada trucha, ojo avizor, pendiente de la sombra que delate a su cazador. La temperatura de los ríos es además baja, lo que demora que la trucha se componga.
Castro Freijero detalla la actividad en otras zonas como en el embalse del Eiras y el río Oitaven, cicateros en sus dádivas a los pescadores. En el Deva, en cambio, "estuvo bastante bien".
La mayoría de pescadores optaron por lo que es propio de esta afición, el madrugón, y se retiraron a sus casas a media mañana, bien porque habían completado el cupo de diez capturas, bien porque el cuerpo o el río no daban para más. Seguirán volviendo en las fechas fijadas, a sabiendas de que "el primer día siempre es el mejor", explica Castro Freijeiro, porque la trucha aún no está resabiada y cede con mayor facilidad al engaño del cebo. Comentan que esta temporada, con los ríos altos, será propicia para las artes clásicas.
Y aunque quizás las capturas mejoren, no cesa la tradicional polémica entre aficionados y autoridades, a quienes aquellos reprochan la farragosa normativa. Los que quieran estar al tanto de cotos, restricciones y excepciones en truchas, salmones y reos deben consultan 26 páginas del Diario Oficial de Galicia.
Nada impedirá, sin embargo, que los aficionados cojan los bártulos cuando apenas claree el día, que seleccionen el mejor puesto tras un riguroso estudio y se manejen con paciencia en busca de la trucha que adoran, la auténtica y no esa engordada en las piscifactorías. Este combate entre hombre y animal ha pasado de la subsistencia alimenticia a lo lúdico, pero responde a las mismas pautas desde que el primer pescador cebó su caña.