ARMANDO ÁLVAREZ - SORIA
El frío de Soria es un tópico, como tal tan real como exagerado. Al Celta le nevó sobre la cabeza, pero mucho más dentro. Superior en tres cuartos de cancha, al menos hasta que le aguantó el fuelle a Trashorras, sufrió una seria congelación al aproximarse a la meta. El Numancia dibujó menos trayectorias hacia el gol pero más claras. Falcón echó el candado en cinco minutos mágicos y permitió el empate entre el conceptismo soriano y el culteranismo celeste.
El Celta retorna a la realidad. Era el mensaje formulado de mil formas distintas en las horas previas. La libertad copera quedaba atrás y todo el mundo se decía consciente de ello. En Los Pajaritos volvía el fútbol de pizarra y cuchillo, el que premia al sudor sobre el talento y es el alimento de cada día.
Es el fútbol, por ejemplo, en el que los rivales cosen un marcaje múltiple, de asfixia y patadas, sobre Trashorras. El pecado que cometió el Atlético no pensaba repetirlo el Numancia, que es una plasmación casi ideal de lo que demanda la categoría. Por eso la escuadra numantina, que exprime al máximo su presupuesto, siempre aspira al ascenso y en cambio se muestra incapaz de retener la plaza si lo consigue.
El Celta, por el contrario, tiene el alma exquisita que le inculca Eusebio y por ello quizás cierto narcisismo. La plantilla celeste está muy nivelada en virtudes y defectos. Todos se sienten importantes. Un logro que le corresponde al técnico y que le permite efectuar ocho variaciones en el once inicial con respecto al del jueves. Y a Eusebio le sale una medular muy delgada en teoría, con López Garai como único pivote de contención. Una carencia teórica que se intenta compensar a través de la solidaridad.
El Celta, en efecto, arranca intenso, subiendo la presión hasta el área de Eduardo. Joselu pelea los pases largos, Trashorras y Iago se combinan para el pespunte corto y la escuadra, como suele, gana con cierta comodidad la banda. Pero se ciega y no encuentra desde allí el camino hacia la portería: centros blandos, asistencias imprecisas, combinaciones barrocas, guirigais en el área mal resueltos.... El portero local tiembla mucho pero apenas interviene. El Numancia posee menos balón, pero lo invierte mejor. Iñigo rompe dos veces la línea y dispara. Falcón detiene el primero; Catalá, el segundo.
El choque se dirime en detalles. A Joselu lo frena Palacios en su carrera hacia el remate mediante un agarrón pero el árbitro no aprecia penalti. El Celta agobia; el Numancia picotea. Una ligera vacilación en el orden defensivo y Del Pino se encuentra solo en la frontal. Tira alto pero tira. Los célticos se diluyen en el pase extra. Llegan al descanso con la enésima victoria moral. Su infierno está empedrado de merecimientos.
La distribución de papeles no varía en la reanudación. Ambos equipos asumen lo que su naturaleza les indica. El Celta carga con la pelota con gusto y el Numancia renuncia a ella con la misma facilidad. Los sorianos se han especializado en rentabilizar lo feo, cosa muy lícita. Las energías que conservan en el juego dinámico las vuelcan en las acciones a balón parado. A pequeños tajos van cortocircuitando el dinamismo vigués. El partido, aburrido por romo, ahora además se espesa. Queda claro que el empate sólo se romperá de estrategia. Falcón vuela para salvar el trallazo de Balenciaga a la salida de un córner.
El Celta cae en esa fase peligrosa en la que la esterilidad le provoca melancolía. Eusebio introduce a Michu, su centrocampista con mayor pegada. Después a Saulo, que es intenso. Quiere agitar el choque, sacarlo de ese ritmo comatoso en el que el Numancia se maneja mejor. El asturiano, por lo de pronto, recibe de Aspas y busca puerta. No acierta, pero es al menos una réplica a lo que el rival ensaya con mucha menos elaboración. Falcón salva tres ocasiones claras, surgidas aparentemente de la nada, de contragolpes insulsos.
Esa cadena de ocasiones desata las cadenas con las que el Numancia se ataba a su portero. El letargo celeste le invita a ello. Eusebio quiere proteger el punto que aún retiene. Blinda el centro del campo con Vila. Hay que asumir el declive en el choque, la larga mengua en que se ha convertido. Vuelve a caer aguanieve cuando el árbitro pita el final. El Celta espera otra lluvia, quizás la que conjuren Cellerino y Papadopoulos: la de goles que dé sentido a lo que se intenta construir. Hará falta porque en la carrera por la permanencia los demás empiezan a aumentar la marcha.