JUAN CARLOS ALVAREZ
La de Julius Hirsch es una de las más de dos millones de tragedias que se escribieron tras las rejas de Auschwitz. Nacido en el seno de una familia judía su pasión por el fútbol le llevó a formar parte desde pequeño de la cantera de uno de los grandes equipos alemanes de comienzos de siglo: el Karlsruher. Sólo tenía diecisiete años cuando el entrenador del primer equipo decidió llevarse a Hirsch convocado a un partido. Ya se le consideraba el mejor jugador joven del sur de Alemania y se sabía que su presencia con los mayores era únicamente cuestión de tiempo. La lesión del interior zurdo del Karlsruher le abrió la puerta de la titularidad y ya no salió de allí. Con el joven Hirsch en el equipo el conjunto que dirigía el inglés Towney vivió su mayor éxito. El Karlsruher se impuso al Phönix en la final del campeonato del sur de Alemania con un elocuente 3-0 con lo que recuperaba de forma merecida un trono que habían perdido un año antes. Pero la vista de aquel equipo estaba puesta mucho más lejos. Querían, ansiaban el campeonato nacional por primera vez en su historia. Tenían un equipo excelente y la juventud de su interior izquierdo les había facilitado una carga extra de intensidad. Llegaron a la final en la que se midieron al Kiel y tras una agónica prórroga se llevaron el encuentro por 1-0 con lo que los hombres de Towney lograban al fin el ansiado campeonato alemán.
El éxito del Karlsruher no pasó desapercibido para el seleccionador alemán que echó mano del "tridente" formado por Hirsch, Fochs y Fürderer –a quienes se conocía como el "trío tormenta"–. Fueron esenciales en la selección germana entre 1911 y 1913. De aquellos años se recuerda especialmente un empate a cinco goles contra Holanda en el que Hirsch anotó cuatro tantos. Era una buena carta de presentación antes de enfrentarse a los Juegos Olímpicos de Estocolmo donde, sin embargo, nada pudieron hacer frente al poderío de Austria o de Hungría, conjuntos que le cerraron su acceso a la pelea por las medallas.
De vuelta,jugó dos años más para el equipo de su vida, pero la cotización seguía subiendo. Tenía un futuro esplendoroso, la oportunidad de vivir del fútbol en un tiempo en el que comenzaba a nacer el profesionalismo. Pero todos sus sueños se vieron truncados por la Primera Guerra Mundial que sembró Europa de muerte destrucción. Hirsch combatió para Alemania durante cuatro años, se ganó un par de condecoraciones y cuando llegó la paz trató de retomar la que había sido su vida. No fue sencillo porque Alemania ya no era la misma. Jugó un par de temporadas más en el Karlsruher aunque la penuria económica le obligaba a alternar el fútbol con el gobierno de su negocio familiar. Con más de treinta años, cansado, decidió aparcar la que había sido su pasión, dedicarse a los negocios y empezar a plantearse con cierta calma la posibilidad de iniciar una carrera como entrenador donde confiaba estuviese su futuro y su definitivo vínculo con el deporte.
La llegada de los nazis al poder en Alemania a comienzos de los años treinta supuso un mazazo a cualquier proyecto de vida. La persecución a la que se vieron sometidos los judíos en aquella Alemania afectó a Hirsch que no permaneció callado ante lo que se venía encima. La exclusión de la vida que padecieron los judíos también afectó a los futbolistas y técnicos que fueron despedidos de sus respectivos clubes. Esta decisión supuso una puñalada para Hirsch que envió una famosa y emotiva carta a su anterior club en la que decía lo siguiente: "He leído en el Sportbericht de Stuttgart que los judíos deben ser despedidos de los clubes, entre ellos del KFV Karlsruher. El amor que le tenía a este equipo al que he pertenecido desde 1902 ha desaparecido radicalmente. Quería que quedara claro el daño que nos está haciendo la nación alemana a un conjunto de personas decentes que hemos demostrado nuestro cariño a este país, incluso dando nuestra sangre por él".
La vida se hizo insoportable para Hirsch. Se pasó años tratando de escapar, pero en 1943 la Gestapo dio con él. De poco le sirvió su pasado, su gloriosa etapa como futbolista, haber defendido a la selección alemana, haber combatido por su país en la Primera Guerra Mundial. El 1 de marzo fue introducido en un tren camino de Polonia. Su destino final era el campo de concentración de Auschwitz. Nadie volvió a saber nada de él. Años después el nombre de Julius Hirsch apareció en uno de esos eternos listados de personas que fueron exterminados en ese horror infinito que los nazis crearon a sesenta kilómetros de Cracovia. En los años ochenta, para recordarle, en Alemania se creó el premio Julius Hirsch que reconoce a aquel que durante el último año se haya distinguido en el mundo del fútbol contra el racismo y la xenofobia. Una forma más que digna de recordar a una de tantas víctimas de la mayor barbarie de la que ha sido capaz el ser humano.