JUAN CARLOS ÁLVAREZ - VIGO
Un gol del delantero uruguayo tras un fallo de Noguerol elimina al Celta de la Copa del Rey tras un partido lleno de tensión. Los vigueses plantaron cara a los de Quique e incluso enviaron un remate al palo en los últimos minutos.
El sueño se acabó. Un gol de Forlán puso fin al romance que el Celta ha vivido este año con la Copa del Rey, competición a la que ha dignificado con su comportamiento, con su descaro y su osadía. Los de Eusebio tardarán en olvidar esta eliminatoria, sobre todo por lo que ocurrió en el encuentro de ida donde dejaron vivo un duelo que debería haber quedado resuelto. Ayer pagaron un error en defensa con la eliminación en una noche hermosa y en la que el celtismo acudió en masa a presenciar el desenlace y para rememorar días en que esta clase de partidos no eran una anécdota puntual sino una constante. El Celta dijo adiós, pero lo hizo en el área del tercer presupuesto del fútbol español, alardeando de su atrevimiento y de su inconformismo.
Al Celta le costó dominar la excitación y la presión del escenario en el que se veía envuelto. La oportunidad de meterse en semifinales de la Copa eliminando al Atlético en un Balaídos repleto como en las grandes noches. Demasiado para unos muchachos que hasta hace bien poco se jugaban los garbanzos en Barreiro los domingos por la mañana. Por eso la puesta en escena del equipo de Eusebio fue excesiva en todos los sentidos. Comenzaron como si ellos fuesen los que tuviesen que remontar, como si no hubiese existido el partido de ida, como si el tiempo se escapase de sus manos. Se lanzaron a por el Atlético con una evidente ausencia de serenidad, contagiados por el espíritu de Iago Aspas que lideró la impetuosa carga inicial junto a Dani Abalo. El Atlético, ante ese panorama, más astuto se puso a cubierto consciente de que lo esencial era mantener su portería a cero y que ya llegaría su oportunidad. Quique no se había dejado nada en el banquillo (Eusebio repitió el equipo de la ida con Aspas como adelantado) porque sabía que una parte importante de la eliminatoria estaba en la eficacia que mostrasen sus jugadores más importantes cuando tuviesen una de esas ocasiones que suelen definir las eliminatorias que se mueven en el alambre.
Contagiado por la timidez del Atlético, que insistió en esconderse, el Celta fue subiendo de revoluciones poco a poco hasta convertir en una constante sus visitas a De Gea. Los centrales no sufrían ante Agüero, Vila dominaba el centro del campo y se imponía en su duelo con Tiago y en ataque Abalo y Trashorras parecían tener asustados a sus marcadores mientras Aspas se iba perdiendo con sus excesos. Lo quiso complicar todo cuando la sencillez es una de sus grandes virtudes. Aquel dominio hizo creer al Celta lo que no era, le dibujó una sensación de seguridad que no existe cuando enfrente hay un equipo como el Atlético con jugadores que cobran lo que los vigueses tienen de presupuesto. Noguerol perdió de forma incomprensible un balón inofensivo que dejó a Forlán mano a mano con Yoel. El uruguayo ajustó el remate que hizo inútil el generoso esfuerzo del meta. Quique y el Atlético ya tenían lo que querían, lo que habían ido a buscar. El Celta encajó de mala manera el golpe. Todo se le hizo grande: el partido, el rival, la noche, el ambiente. Notó el cansancio y también la falta de un delantero referencia. Acumulaba demasiada gente fuera del área y muy poca para asustar a De Gea.
Eusebio entendió que aquella no iba a ser la noche de Aspas y le dejó en la caseta en el descanso en lugar de Joselu. Luego fue Toni el que entró por Botelho. El partido bajó de ritmo, el Celta siguió con la pelota en su poder, pero el problema era que detrás de los centrales del equipo vigués el Atlético encontraba cada vez más espacio para correr. Una amenaza con la que había que convivir, un riesgo necesario. El público también tuvo tiempo de acordarse de Pérez Lasa, el árbitro elevado a los altares mediáticos tras expulsar el domingo a Cristiano Ronaldo. Ayer anuló un gol de Trashorras de falta directa porque supuestamente sacó sin su permiso, algo que el lucense –a tenor de sus gestos–negaba. La acción calentó al público y a los jugadores, algo ensimismados hasta ese instante. El partido empezó a descoserse porque los equipos estaban cargados de futbolistas hechos para el contragolpe y los medios ya no tenían paciencia ni aire para frenar aquello. Las ocasiones empezaron a sucederse en la portería del Celta pero fue entonces cuando los de Eusebio demostraron que también tienen raza y orgullo. Apretaron los dientes, fueron a la pelea sin desmayo y permitieron que Balaídos siguiese soñando e incluso, para mayor crueldad, Joselu envió al palo un centro de Trashorras a falta de 5 minutos. Sólo entonces, tras el pitido final, el Atlético y Quique respiraron tranquilos. Ellos sabían que no habían sido mejores que el Celta. Y Balaídos despidió a sus jugadores como a héroes.