ARMANDO ÁLVAREZ - VIGO
La belleza y el espanto. Las glorias del alma humana y sus cloacas. Todo se concentra en Balaídos, como si el viejo campo contuviese el universo. Fue la noche hermosa en que el celtismo se recuperó como familia; fue la noche triste en que miembros del Frente Atlético provocaron una batalla campal con los Celtarras. Sangre y pasión.
Los aledaños del estadio se han desacostumbrado a tantos pies por sus sendas. La gente recupera la memoria de los pasos que antes repetía cada quincena, cuando era fiel al rito del Celta. Los aficionados van uniéndose en riada, surgiendo de bajo las piedras al toque de corneta. Ya no es el silencio de esta época, sino la algarabía de las tascas, las risas de antaño, los viejos compañeros de grada que se reconocen y se saludan.
La serpiente culebrea entre la hierba. Busca el instante propicio para descargar su veneno. Es el callejón donde se reúnen los miembros de Celtarras, que emboca en Manuel de Castro. Cuentan testigos directos que por el otro lado, por el vericueto de callejones que ni siquiera todos los vigueses conocen, surge de repente un nutrido grupo del Frente Atlético y la guerra estalla. Vuelan las botellas, los puñetazos, se levantan jirones de piel... Al final, la policía carga para despejar la zona y se inicia el recuento de los heridos y los implicados.
La electricidad se va disolviendo en el aire. La furia se disipa sobre los cristales y el asfalto. El fútbol excita a la bestia que llevamos dentro igual que extrae al querube. Y ahora es tiempo de que surja lo que es bello, cuando el ser humano no se disuelve en la masa para adormecer su conciencia, sino para sentirse parte de un ente superior, que es la piel del estadio cubierta de carne celeste. Y no son los casi 30.000 hinchas los que rugen cuando saltan los equipos al césped, sino el estadio en sí, animado al unísono por todas sus células, como un inmenso animal antediluviano acostado a la vera de la ría.
Son ecos de otro tiempo, sonidos fosilizados que de repente se descongelan. El griterío se escucha en toda la ciudad, en el planeta, a la luna llega el murmullo de cuando se jalea la avalancha, cuando se aplaude la bravura, cuando se lamenta el gol atlético con un quejido que es del corazón al romperse, aunque se cose de inmediato. Nadie sentencia a Noguerol. El mimo del aplauso intenta mitigar su fastidio.
Y no es el equipo el que enciende a la hinchada, sino al revés. Ese pulso febril se le adhiere a los jugadores, que viven eternamente en el último segundo. La reanudación comienza con el tarareo que la megafonía ha popularizado, de la sintonía del Equipo A que todo el mundo conoce. Las músicas de la infancia se llevan siempre en el equipaje, hasta la muerte, igual que hacerse de un equipo es la primera elección para toda la vida, de la que nunca se podrá apostatar. El celtismo dormía pero no había desaparecido. Y aprieta si se siente agraviado. “Manos arriba, esto es un atraco”, vociferan todos cuando Pérez Lasa anula el gol de Trashorras. El árbitro que expulsó a Cristiano Ronaldo, el que involuntariamente ha reactivado el guerracivilismo del país con el simple alzado de la tarjeta roja, ejerce el papel de malvado que le corresponde. Cada decisión se le antoja a la parroquia local la mayor de las injusticias.
Y así va transcurriendo el tiempo, entre los voluntariosos intentos del Celta y los amagos de sentencia del Atlético, que se va sintiendo cómodo aunque los celestes le reservan sus últimas acometidas. Es la galopada final, la carga de la brigada ligera con el pecho descubierto ante los cañones rusos, la carrera rebelde a la bayoneta calada contra el muro de fusiles, Joselu cabeceando al palo en un remate que 30.000 almas ejecutan con él. El sonido de la madera tal vez no se oiga, pero se le instala al celtismo en sus entrañas. Cuando ya ancianos, entubados, los hinchas recapitulen su vida en su delirio comatoso, revivirán ese crujido, esa milésima de segundo en la que el paraíso entreabrió sus puertas para cerrarlas de nuevo. O será al revés y en la agonía el cabezazo de Joselu entre y con él todas las ocasiones perdidas de una existencia en celeste.
El estadio entero, conteniendo el llanto, ovacionó a los suyos en la despedida. Se perdió el partido, los cuartos, las esperanzas. Perdiendo tanto, se ha ganado mucho. El celtismo se recuperó como familia. Los extraños, los ajenos, los que jamás se han visto y opinan diferente, todos ellos volvieron a convertirse en un solo ente durante estas horas mágicas. Hoy regresa la dura realidad y seguramente el estadio despoblado. Pero no ha sido un sueño. Quien lo vivió, lo sabe.
Los canteranos recaudan fondos a favor de Haiti
El mundo del deporte ha demostrado su capacidad de movilización social para echar una mano en los peores desastres, como sucede con el terremoto que ha sufrido Haiti y sus funestas consecuencias. El Celta ha querido aportar su granito de arena. Los jugadores de las categorías inferiores del club celeste se repartieron por el estadio recaudando donativos y también el club ha aportado una cantidad para mitigar, aunque sea levemente, las penurias haitianas.
Otro remate al palo para la colección de Joselu
Joselu rindió de forma excelente durante la segunda mitad. Cumplió lo que el entrenador le había pedido. Se batió el cobre con los centrales del Atlético, peleó todos los balones aéreos y ganó la mayoría, aguantó de espaldas para asistir a los compañeros y acudió al remate. Pero en esto sigue topándose con el infortunio. El joven colecciona balones al palo, ante la Real Sociedad, en Huesca y ayer en la Copa, en la acción que hubiera enviado el choque a la prórroga.