ARMANDO ÁLVAREZ - VIGO
La historia es cíclica. Todo está dicho mil veces o ha sido vivido por otros. Somos apenas un pálido reflejo de los que nos han precedido, su vestigio genético. Eusebio, de Ricardo Zamora; Joselu, de Pahíño; Trashorras, de Muñoz. Los célticos cabalgan a hombros de gigantes. Sus antepasados celestes les muestran el camino. Hace casi 62 años eliminaron al Atlético en cuartos de final de la Copa. Mañana podría repetirse. Si ya sucedió, es posible.
El mundo ha cambiado tanto y es a la vez tan similar. En mayo de 1948, los periódicos abrían cada día con las vicisitudes del nuevo estado de Israel, la sangre que aún se sigue derramando. En aquella España triste, de racionamiento y ricino, la rabia se aliviaba en el fútbol. Y era también en el fútbol donde se podía soñar. Ayer como hoy, de vez en cuando los grandes mordían el polvo.
No era lo que se suponía para el cruce entre Atlético y Celta. "No creemos que se dude de la superioridad técnica de los muchachos madrileños", indicaban antes del primer asalto en la prensa capitalina, orgullosa de la "vanguardia más goleadora de España". Lo que ahora se cuenta de Forlán y Agüero.
Ricardo Zamora preparó a conciencia el partido en el Metropolitano. Se llevó a sus chicos al Escorial. "Marchas, ejercicios al aire libre, conferencias del profesor", fue la agenda de aquellos días. Y ensayar una "táctica nueva" cuyo secreto "sólo posee el entrenador".
La innovación tuvo éxito. FARO había contratado para la crónica al afamado Rienzi, que titula: "El Celta en el Metropolitano. Un partido inexplicablemente empatado". A cinco goles, concretamente, y con un 0-4 de ventaja que los vigueses llegaron a ostentar gracias a "una lección de juego en la primera parte que no podrá olvidar fácilmente el público de Madrid". Los 60.000 espectadores aplaudieron tal exhibición en varios momentos; los cientos de hinchas gallegos desplazados los jalearon.
Si los rojiblancos remontaron en la segunda mitad, se debió en gran medida a la lesión de Yayo, que se mantuvo sobre la cancha "arrastrando heroicamente su pierna tumefacta y completamente vendada". Zamora arengaba a los suyos desde la banda: "¡Que avancéis! ¡Que no os repleguéis!". Al modo de Eusebio. A Zamora, al día siguiente, le reconocía José María Úbeda en Pueblo que "ha sabido inculcar un fútbol de la mejor escuela a un grupo de muchachos a los que hace dos temporadas apenas se les concedía el título de voluntariosos". Un extraño vínculo liga a ambos entrenadores y sitúa al pucelano en la intención de lo que el barcelonés logró. Marca reconocía: "En el Celta todo funcionó de maravilla. Por eso fue una sorpresa hasta para sus propios contrarios verles desenvolverse con facilidad en cualquier terreno". Quizá la cara de estupor de Reyes hace una semana imitaba a la de Juncosa hace medio siglo.
La igualada desató la euforia en la Galicia céltica. "Enorme demanda de localidades para el partido", se vociferaba. "Es la ocasión de que el Celta se haga hombre", frase muy de la época. Zamora quiso aislar a los suyos del fervoroso ambiente. Se los llevó de retiro espiritual a Caldelas de Tui. Antes de montar en el autobús, en "Colón Street", se negaba a aventurar un pronóstico: "Quédese eso para los videntes y los nigromantes".
Y llegó el día. En el estadio, los periodistas más afamados (Rienzi, Cueto, Teus) rumoreaban en corrillos sobre el traspaso inminente de Pahíño al Real Madrid, pionero para Joselu en estas lides, y de si la plantilla del Atlético tenía prima. En las bancadas de Balaídos se habían congregado 20.000 seguidores, la cifra que se pretende para mañana. A los parroquianos les pedían un "comportamiento correcto e hidalgo con los forasteros". Para decorar las miserias en el camino al campo, se había pavimentado Manuel de Castro. "Han desaparecido los guijarros y los baches", descubría Luis del Valle en FARO, que lo había solicitado el día anterior como "Patio de Cachamuiña" ´avant la letre´.
El partido, sin embargo, poco tuvo que ver con tan elegantes intenciones. Celta y Atlético se enzarzaron en un cruento intercambio de golpes. Desde el bando celeste se denunciaría la "caza de tobillos, los codazos, empujones y otras marrullerías" visitantes. Jorge marcó el 0-1 en el 31. Cuatro minutos más tarde empataba Aretio a pase de Muñoz. "Gol fantasma", repetirían los diarios madrileños durante semanas. Mencía zarandeó al árbitro, Tamarit, que no se atrevió a expulsarlo. Según Del Valle, el colchonero Aparicio confesaría a un grupo de amigos que había sido "gol sin discusión posible". ¿Quién lo sabe? Hermidita logró el 2-1 de tiro cruzado en la segunda parte y el Celta aguantó el agobio atlético en la recta final. La fuerza pública tuvo que proteger a Tamarit de Saro y Riera camino del vestuario.
Aquella generación alcanzaría la final, la primera en la lista de gloriosas derrotas, al estilo irlandés, porque también en esto el Celta está condenado a repetirse. Eusebio y sus chicos quieren aportar más recuerdos felices. Los fantasmas familiares los impulsan.