ARMANDO ÁLVAREZ - VIGO
La Liga interrumpe el sueño copero del Celta. El equipo regresa a la realidad con una cita de lujo. La Real Sociedad, colíder, irrefrenable en su marcha hacia Primera División junto al Hércules, visita Balaídos. Para los chicos de Eusebio Sacristán llega la hora de decidir qué horizonte se fijan, si aún cabe alguna esperanza de pelear por el ascenso o no existe otra alternativa que perseguir la permanencia a dentelladas. La Real marcará tendencia. Es símbolicamente el reflejo idealizado del Celta, aquello en lo que el club vigués aspira a convertirse.
La vigésima jornada de Liga irrumpe entre la gloria de El Madrigal y la ilusión del Calderón. El celtismo redivivo recibirá a sus héroes, esa muchachada en cuyas manos la fortuna ha depositado la resurrección de la entidad. Los chicos y sus escasos colegas mayores han despertado en la afición emociones que se habían apolillado en el pecho. El aplauso inicial premiará su gesta ante el Villarreal; a los posteriores aún tienen que opositar.
Eusebio, a la hora de confeccionar el once, mezcla escasez y abundancia. Las sanciones de Catalá y Noguerol obligan a confiar el eje defensivo a Túñez y Jordi, tiernos por edad pero de acreditada solvencia. Las bajas le resuelven la tarea de decidir al técnico en esta demarcación en compensación por las muchas disyuntivas que afronta en las restantes líneas.
En la virtud va la penitencia. El equipo rindió a excelente nivel en los dos últimos choques, con alineaciones radicalmente diferentes. A Eusebio se le complica el concurso de méritos. Tendrá que aplicar esa cirugía dolorosa que es la que afecta a miembros sanos. Tema crucial es si intentará combinar a Trashorras, Aspas y Joselu, lo que rara vez ha salido bien, o si se reservará a alguno de ellos en la canana. Eusebio debe subordinar la justicia individual al interés colectivo más que nunca porque la Real Sociedad castigará cualquier experimento fallido. El equipo del ex deportivista Martín Lasarte llega a Vigo embalado, dispuesto a batir registros y a asegurarse el ascenso con la mayor antelación posible.
Celta y Real vuelven a cruzarse en el camino. Sus destinos han estado íntimamente ligados desde aquella noche en que los celestes, por meterse en Champions, le arrebataron la Liga a los donostiarras. Aquel choque cruento sobre la cancha y fraternal en la grada ha sido un cordón umbilical que los ha mantenido juntos en el terrible declive de los últimos años. Se han hecho gemelos en sus cuitas deportivas y sus convulsiones institucionales. Hasta en los tribunales se imitan. "El juzgado aprueba el convenio de acreedores", titulaban ayer los periódicos guipuzcoanos como los vigueses no hace tanto.
Es la Real Sociedad la que ha soltado amarras en esta relación. Su apuesta por la cantera, más profunda y constante en el devenir histórico, no se ha quebrado en lo peor de la tormenta y promete devolverla al paraíso el próximo mes de junio. Es la hoja de ruta que el Celta se ha diseñado para sí mismo a medio plazo. A corto, tocaba la permanencia y los primeros meses de competición han ido confirmando esta previsión e incluso con la sombría perspectiva de tener que sudarla. La reacción de la plantilla desde el ultimátum a Eusebio y los éxitos coperos han despertado la sensación de que aún es legítimo aspirar a la felicidad de forma inmediata. Es lo que hoy está en juego.