A.A. - VIGO
El delantero de los ojos tristes se despidió de A Madroa con una sonrisa melancólica, resignado a su destino vagabundo. Arthuro Henrique Bernhardt siempre está de mudanza. Ocho equipos en una década, desde que abandonó su Criciuma natal. En Abu Dhabi sumará el noveno hogar, cuarto país, tercer continente. Se va de Vigo sereno, sin reproches. El hábito del adiós es su condena, pero también la educación que le permite irse entre abrazos y palmadas. Él, que fue breve, se va como un señor; otros, ídolos, como forajidos.
Arthuro y el Celta rompen su relación contractual de mutuo acuerdo. El club le había comunicado que prefería su marcha; de los Emiratos le ha llegado la oferta que la facilita. "Después del partido de Las Palmas me lo habían dicho, tuve que buscarme la vida y surgieron algunas propuestas", explica Arthuro. Ante el Villarreal encontró al fin el camino hacia las mallas y pareció redimirse. En realidad, sólo maquillaba el recuerdo que deja. "El gol pudo cambiar alguna cosa pero no al punto de llegar a la continuidad", acepta.
Arthuro había confesado a su llegada que deseaba "estabilidad,". Y aún hoy reconoce: "Estaba seguro de que iba a cumplir mi contrato de tres años. De una forma prematura rompemos". Recompone los trozos de esa ilusión sin rencor: "Nunca escucharán de mi boca que me arrepiento de haber venido al Celta. Cualquier jugador consciente de la magnitud del Celta vendrá al club independientemente de la situación financiera. Es un escaparate muy bueno. Si volviera atrás en el tiempo, no dudaría en vestir esta camiseta. Para mí ha sido un honor pese a los malos tiempos que he pasado".
Arthuro, introvertido pero afable, no ha engañado a nadie. Sus estadísticas goleadoras jamás han sido brillantes a lo largo de su carrera. A Vigo llegó tarde y se lesionó pronto. Con Eusebio riñó y se reconcilió. Se queda con la fe que el técnico siempre le tuvo. "La situación no favoreció mi retorno. Después de diez meses sin jugar y de una lesión necesitas tiempo para coger forma física. No podía dármelo. El entrenador se jugaba demasiado. El equipo estuvo en zona de descenso durante la mayor parte del tiempo. Eso agrava la presión, no hay margen de error".
A Balaídos le perdona los silbidos. "Tú siempre cosechas de la afición lo que le das y yo en ningún momento le di lo que querían, que era buenas actuaciones y goles. En ningún momento he podido pedir que me aplaudiesen por lo que se vio".
Tiene apenas 27 años, aunque el currículo y las arrugas lo desmientan. Arthuro ha envejecido prematuramente. Vigo se le antojaba la última oportunidad de ser joven. Cambia Europa, su competencia salvaje y despiadada, por el retiro dorado de Oriente. Es consciente de que emprende una singladura de difícil retorno. Al sol de Abu Dhabi secará sus heridas.
Arthuro ficha por el Al Dhafra, de la liga de los Emiratos Árabes. Los países ribereños del Pérsico han sustituido a Japón o México como cementerio de elefantes. A sus clubes acuden los astros en su ocaso, seducidos por el olor de los petrodólares. Qatar, bajo el mando de los Al Thani, inauguró esa dinámica con Romario, que disputó tres partidos en el Al-Saad a cambio de 1,5 millones. Batistuta militó dos años en Al Arabi. Tres Mercedes Benz, una villa con piscina olímpica y 16 millones le compensaron el exilio.
El mercado arábigo se ha abierto. Baiano, accionista del Celta por cosas del convenio de acreedores, es de los que disfruta de la experiencia. Ya no se exige tanto pedigrí. Los sueldos siguen resultando suculentos. Y la edad de los que acuden se ha rebajado, aunque emigrar a esos lares implique alejarse de la elite. Arthuro lo acepta: "Hubo interés en el pasado, que rechacé porque creí que era el momento de permanecer en Europa e intentar resucitar alguna esperanza en mis ilusiones como futbolista. Pero me enfrento con ganas a esta nueva aventura".