ARMANDO ÁLVAREZ / VIGO
El tren procedente de Monte Carlo entró con puntualidad en la estación de Marsella. Eran las 5.38 de la mañana del 6 de agosto de 1907. El señor Goold y su mujer Marie descendieron del vagón y requirieron los servicios de un mozo, al que confiaron un baúl y un bolso de mano para que los guardase en la consigna. Al oficinista de servicio, llamado Pons, le encomendaron que su equipaje fuese enviado a Londres. Éste se dio cuenta de que el arcón olía mal y rezumaba sangre. Acudió al hotel donde se hospedaban los Goold, para pedir explicaciones o chantajearlos según las versiones.
Al final, comunicó a las autoridades sus sospechas. "Son pollos recién sacrificados", había argumentado la pareja. Los restos de un ser humano hecho cuartos se hicieron patentes cuando la tapa giró. "The Daily Telegraph" bautizaría el caso como "El asesinato del baúl". "El cuerpo de una mujer en un baúl", titularía "The Times". Fue así como una de las primeras estrellas de la historia del tenis pasó de la crónica deportiva a la de sucesos; el único finalista de Wimbledon convicto de asesinato.
Vere Thomas St Leger Goold, natural de Waterford, hijo de una familia hidalga de Cork, se había convertido en 1879 en el primer campeón irlandés al batir por un doble 8-6 a C.D. Barry. Se había decantado por el tenis tras flirtear con el boxeo y en ambas disciplinas mostraba un estilo agresivo y espectacular. Cuenta Henry Wancke que el público, acostumbrado a los sosos intercambios desde el fondo de la pista, se entusiasmaba con sus subidas a la red y sus golpes espectaculares. La apuesta se antojaba ideal para Wimbledon incluso en aquellos años de infancia del torneo, que se disponía a alcanzar su tercera edición. Goold probó fortuna. Superó rondas de forma imparable hasta el partido decisivo con John Hartley. Y allí concluyó su efímera gloria. No fue capaz de rentabilizar que Hartley, a la sazón reverendo, se encontraba cansado tras haber viajado a Burnestone a oficiar una misa antes de la semifinal, a la que llegó gracias a una suspensión por la lluvia. Ayuda divina que le permitió superar a Parr y posteriormente batir a Goold por 6-2,6-4 y 6-2 merced a una solidez gris contra la que se estrelló la efervescente pirotecnia del irlandés.
Goold prolongó su carrera hasta 1883, mayormente como doblista. Un par de derrotas ante el legendario William Renshaw fueron su escaso alimento de fama. De repente, desapareció del escenario. No volvería a irrumpir en los papeles hasta la apertura de aquel baúl en Marsella.
Lo sucedido en esa etapa oscura se supo después, durante el juicio. Goold había experimentado un largo proceso de autodestrucción en su camino hacia el crimen. Francachelas, excesos, drogas, alcoholismo… Marie Giraudin, a la que conoció en una sastrería, contribuyó a acentuar su caída al abismo. Giraudin tenía gustos caros, vivía al día, pidiendo préstamos a sus clientes sin preocuparse de cómo devolverlos. Se casaron en 1891, emigraron a Canadá y el sueño americano se les torció; de vuelta a Liverpool, en 1901, montaron un negocio de lavanderías que fracasó igualmente; los inviernos se les fueron instalando en las sienes, malviviendo de sablazos y pequeños hurtos. Hasta que Marie, convencida de que poseía un sistema infalible para ganar a la ruleta, convenció a su marido de que se mudasen a Monte Carlo.
Parece que la fortuna les sonrió apenas una semana. Pronto se encontraron sin fondos. Marie descubrió a una rica viuda sueca, Emma Liven, e intentó parasitarla. Liven ya tenía una cortesana, Madame Castellazi. La italiana y la francesa se disputaban las migajas de su benefactora como fieras hambrientas. Una discusión especialmente violenta en el Casino llegó a oídos de los columnistas sociales del Principado. Liven, avergonzada, quiso abandonar la ciudad. Cometió el error de intentar recuperar las 40 libras y las joyas, valoradas en 80.000 francaso, que había prestado a los Goold. Acudió a su hotel a reclamarlas. Jamás volvieron a verla.
Mientras el irlandés y su esposa huían, Castellazi aguardaba a Liven. Cansada, acudió a la policía. En la suite que el matrimonio había ocupado encontrarían manchas de sangre y un martillo y una sierra con indicios de su truculento empleo en el despiece del cadáver. Evidencias demasiado contundentes. Los Goold, ya detenidos en Marsella, habían asegurado al principio que sólo habían sido testigos del asesinato de Liven por parte de su amante. El miedo a ser incriminados los habría llevado a desmembrarla. Vere Thomas se desmoronaría rápidamente y acabaría confesando. En un último intento, quiso exonerar a su mujer. El fiscal lo descartó. "Demasiadas puñaladas para la mano de una sola persona", argumentaría.
Los testimonios sobre sus desbocados manejos en Mónaco constituirían la última prueba de cargo contra ella. Marie fue sentenciada a muerte y tras el indulto, a cadena perpetua. Falleció de tifus en Montepellier en 1916. Vere Thomas apenas soportó durante algunos meses las penurias de la Isla del Diablo. El 8 de septiembre de 1909, a punto de cumplir 56 años, exhaló su último aliento en el infierno tropical de la Guayana. Según expertos de la serie negra, se suicidó, quien sabe si soñando hasta el último instante con las frescas praderas de Wimbledon.