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Aperitivo a vida o muerte para un clásico inesperado

El Barça afronta en situación de fragilidad y con una "final" previa ante el Inter la visita de un Real Madrid reforzado

 
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Raúl e iniesta, figuras en sus respectivos equipos, en el clásico de hace dos años.
Raúl e iniesta, figuras en sus respectivos equipos, en el clásico de hace dos años. EFE
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ARMANDO ÁLVAREZ - VIGO El Barcelona y el Real Madrid vivirán la semana del clásico condicionados por la Liga de Campeones, en la que ambos se juegan vida y presupuesto, y desde un paradójico vuelco en la clasificación: el equipo del idolatrado Guardiola ha entregado el liderato al vituperado Pellegrini. Los técnicos compartirán protagonismo estos días con los médicos. El parte de la enfermería se esperará con mayor ansiedad en ambas trincheras que la alineación inicial.
El clásico es siempre el plato fuerte de la Liga pero más que nunca este año. A expensas de que el Sevilla sea capaz de discutirlo, la distancia entre los dioses y los mortales ha alcanzado proporciones siderales. Lo dictan las finanzas. Mientras Barça y Real Madrid acentúan sus inversiones, especialmente los merengues, la deuda se come las ambiciones del resto. El duelo, por tanto, marcará tendencias más que nunca.
Contra lo que se pensaba, sin embargo, el partido ha perdido ese carácter de juicio final que muchos analistas le adjudicaban en relación a Pellegrini. El viento ha cambiado y ahora sopla a favor del chileno. La conquista del liderato alivia la vergüenza del "alcorconazo"; en pura teoría, el equipo debe sentenciar sin dificultades su clasificación para octavos de la Liga de Campeones; y la participación de Cristiano Ronaldo en el Camp Nou, tras semanas de pánico al bisturí, parece garantizada.
En la Ciudad Condal, por contra, han empezado a acumularse las malas noticias. El Barça renquea como visitante y sufre una plaga de lesiones (Ibrahimovic y Messi son duda, como mínimo, en Champions). El grupo de Guardiola ha empezado a emitir síntomas de debilidad. Conserva la fluidez de su estilo combinativo, pero resuelve peor los partidos. En el entorno azulgrana suena a "deja vu". La "era Rijkaard" empezó a deteriorarse en una campaña en la que su juego tampoco admitía comparaciones con el practicado por los hombres de Capello. En esta comparación, ambos clubes han exagerado sus propuestas: el Barça mastica el fútbol más que nunca, se deleita con el balón a veces con cierta dandismo estético; el Real Madrid se define desde la victoria merced a su pegada bestial.
Cierto es que Guardiola sigue manejando con firmeza un vestuario más sano en sus hábitos mentales que aquel con Ronaldinho, Deco y Eto´o. Existen, sin embargo, factores ajenos a la dinámica del colectivo que pueden afectar a su serenidad. La presidencia de Laporta concluye. El mandantario necesita otro año "triomfant" que le impulse en su traslado a la arena política. La gresca electoral aumentará entre su heredero, seguramente Sala i Martí, y su gran enemigo, Sandro Rosell, conforme se cumplan las fechas. Es desde esta perspectiva desde la que se tiene que analizar el probable fichaje de Robinho en el mercado invernal, un dispendio extraño en Can Barça. Y todo con el futuro de Guardiola pendiente de su renovación, bajo la inquietante impresión de que el de Sant Pedor, enemigo de eternizarse en el cargo, puede poner fin a su etapa de forma prematura.
Mucho en el clásico depende de lo que suceda mañana contra el Inter, que llega a Cataluña montado sobre las pesadillas del barcelonismo: Samuel Eto´o, alimentado por el afán de revancha, y Mourinho, con ganas de fastidiar. Las bajas y la trascendencia del choque (una derrota elimina al Barça con el golpe económico y moral que supone; un empate convierte en dramática la visita a Kiev) impedirá que Guardiola pueda administrar esfuerzos en piezas tan importantes como Iniesta y Xavi. Todo lo contrario que Pellegrini.
Al chileno le han afeado las rotaciones. Poco de lo que ha hecho agrada entre una prensa que había idealizado el regreso de Florentino para superar el trauma de la pasada campaña. Pero el Santiago Bernabéu aceptará ante el Zúrich que ejecute un plan B. No es que la escuadra suiza no pueda plantear problemas. Todos los equipos modestos han salido del estadio madrileño con la sensación de haber merecido más. El Real Madrid se ampara en su extraordinaria capacidad de resolución, inserta en el código genético de la entidad y mejorada a golpe de talonario. No parece factible que la escuadra helvética sea capaz de resistir en un choque concebido como la fiesta de reaparición de Cristiano Ronaldo. La hecatombe, obviamente, alteraría todos los análisis. Al final, el reparto de alegrías y tristezas en el puente aéreo depende tanto de lo propio como de lo ajeno. Y así, el Real Madrid sonríe al paso que se descompone el rostro azulgrana.
La ausencia de molestias de Cristiano alienta el optimismo blanco en cada entrenamiento. No porque el juego autista del portugués vaya a influir beneficiosamente en los engranajes colectivos de la escuadra, sino porque eleva a extremos inauditos su brutalidad goleadora.
El "caso Raúl"
Pellegrini tiene otros problemas que gestionar. Raúl y Guti, la vieja guardia, todavía ocupan portadas pero no provocan la revolución de la hinchada. El capitán, en el lío de las etiquetas, entre "titularísimo" y "suplentísimo"; el intemperante Gutiérrez, en su mar de hipótesis, de si insultó y ha estado castigado o todo lo contrario. La caída a un papel secundario de Raúl, en concreto, está siendo aceptada con relativa naturalidad, gracias a los buenos resultados. La biología anticipaba que el día tenía que llegar tarde o temprano. Le ha tocado a Pellegrini lidiar con la cuestión. El "siete" se exhibe a nivel público con la elegancia con que se ha comportado a lo largo de su carrera. Las tensiones internas que pueda provocar este orillamiento, la ruptura del equilibrio de fuerzas entre unos clanes y otros, sólo adquirirán relevancia si el rumbo se pierde sobre la cancha.
Es una semana de verdad crucial, aunque los días previos a un clásico estén decorados sistemáticamente por los titulares gruesos y maximalistas. El planeta, una vez más, se divide entre azulgranas y merengues y se detiene para asistir a un partido de fútbol que, si no es más grande que la vida, al menos la resume.

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