ARMANDO ÁLVAREZ - VIGO
Un mensaje en el contestador de Fred Crabwell, ex relaciones públicas de Pittsburg Condors, es la última ´prueba de vida´ que se tiene de John Brisker. "De fondo había ruidos como de revolución o guerra", relataría Crabwell. La década de los setenta se aproximaba a su final. Jamás se ha vuelto a saber de él. Su misteriosa desaparición completa la leyenda del jugador más violento de la historia.
Brisker fue una de las figuras de la ABA, la liga del balón de colores que encumbró al Doctor J; por la NBA tuvo un paso fugaz (73-75, Seattle Supersonics) y mediocre. De sus condiciones baloncestísticas, sin embargo, se habla poco. Interesan su carácter y sus mil reyertas. Cocainómano, violento, brutal. Así se le compendia al alero.
Desarrolló la mayor parte de su carrera en los Pittsburg Condors. Provocaba terror en la plantilla. "Le tenía miedo. Cada vez que le hacías falta en un partidillo venía a por ti", recuerda Walter Szcerbiark, ex madridista y padre del recién retirado Wally.
Llegaba a los entrenamientos exhibiendo una pistola y con los ojos inyectados en sangre tras largas noches de excesos. La directiva llegó a contratar a un antiguo jugador de fútbol americano como guardaespaldas para que lo controlase. Quiso tirotearlo. Lo detuvieron justo antes de que accionase el gatillo. La franquicia aguantó esos y otros incidentes, como que abandonase los pabellones cuando era sustituido. 29 puntos de media lo justificaban.
Su furia no distinguía bandos ni jerarquías. Faltaban dos ´Condors´ en el corrillo tras el descanso de un choque. Fueron a buscarlos al vestuario. Brisker estaba propinando una paliza a su compañero. A Art Becker, de los Rockets, le dio un codazo. Volvió a golpearlo después de que el árbitro decretase su expulsión. Cuando ya Becker se disponía a lanzar los tiros libres irrumpió de nuevo en la pista. Explican que a Brisker, confeso racista, le había irritado la blancura de Becker. Habían transcurrido dos minutos de encuentro. Se lo acabó llevando la policía, que ya lo había detenido meses antes por agredir a un taxista (dos de los tres agentes acabaron hospitalizados en aquella ocasión). Durante el "partido de las estrellas" de la ABA corrió gradas arriba, hacia el comisionado Jack Dolph. "Quiero mis 300 dólares", gritaba. Dolph sacó la billetera y le pagó.
Brisker recibió en ocasiones de su propia medicina. Tom Nissalke, técnico de los Dallas Chaparrals, ofreció 500 dólares al "primero que consiga tumbarlo". Lenny Chapell le pidió la titularidad y lo noqueó en el salto inicial. Los Stars contrataron a cinco boxeadores profesionales para amedrentarlo. "Intimidation night", anunciaron. Brisker, vigilado desde las primeras filas de asientos, se portó bien aquel día.
La acumulación de salvajadas le pasó factura. A los 29 años se encontró con que nadie quería contratarlo. Comienza entonces su intrigante epílogo. "Me voy a Uganda", le reveló a Khalilah Rashad, madre de su hija. El país africano estaba presidido por el enloquecido Idi Amin Dada, intitulado "señor de todas las bestias de la tierra y peces del mar" e incluso "rey de Escocia". Supuestamente trabajó a sus órdenes como mercenario, aunque su itinerario entra en este punto en el terreno de las hipótesis.
Hay quien afirma que un grupo de apositores asesinó a Brisker a hachazos. El periodista Tom Keegan afirmó en el Lawren Journal que el propio Idi Amin lo mató a raíz de una fuerte discusión y se comió su corazón (el dictador ugandés practicaba tal ritual caníbal con sus enemigos). Llegaron a situarlo en la otra orilla del Atlántico, entre las víctimas del suicidio colectivo de la secta Templo de Dios en Guyana. La tesis se descartó. El Tribunal Forense del estado de Washington lo declaró oficialmente fallecido muerto en 1985. En 2004 Robert Jamieson, del Seattle Post-Intelligencer, viajó a Uganda. Recorrió pueblos, se internó en la selva y se topó con el silencio o vagas conjeturas: "Probablemente esté muerto". Según algunos, se cambió de identidad y se oculta en un país árabe. El miedo, desde luego, sigue vivo en quienes lo conocieron.