ARMANDO ÁLVAREZ - VIGO
Justo reparto de puntos entre el ingenuo Celta y el mezquino Levante. La aspereza visitante se impuso en la primera mitad; la blanda alegría celeste, en la segunda. El proyecto que lidera Eusebio Sacristán, como se preveía por la naturaleza de su apuesta y la composición de su plantilla, reclama paciencia. De momento, el público conserva la calma y agradece con aplausos la generosidad de su equipo, condenado a escalar en cada cita por sus propios errores.
El ecuador del choque, una frontera perfecta entre dos partidos diferentes, lo dibujó Juanlu en la última acción del periodo inicial. El desconcierto posicional del Celta convirtió un córner a favor en un contragolpe de dos contra el portero. Juanlu, el conductor, escogió entre sus mil opciones la de regatear a Falcón y el andaluz le robó el balón al borde del abismo. Hubiera sido el 0-2, una losa imposible de superar. Los celestes se aferraron a esa ley universal del fútbol que condena al que perdona y transformaron la amenaza de muerte en su aliento de vida. La resurrección se quedó a medias. Sus carencias en la indefinición, un pecado asumido desde la concepción del conjunto, lo impidió.
Conociendo este defecto, adquieren mayor gravedad los impulsos suicidas del Celta. El Levante se construyó un arranque a medida. Catalá convirtió un despeje en una asistencia que Xisco agradeció. El equipo valenciano comprimió el juego en la franja central. Ahogó a Trashorras y en consecuencia cortocircuitó a los locales, incapaces de introducirse en los treinta metros decisivos de la cancha contraria. El Celta toqueteó en territorio neutral, ante un enemigo perfectamente agazapado y listo para asestar el zarpazo definitivo. Cuatro veces salieron a la contra y en las cuatro bordearon el segundo gol.
El Celta encontró obstáculos en todas las facetas del choque. En sí mismo, sobre todo, viciando su juego desde el origen con los desaciertos en el primer pase de Noguerol. La confusión se fue extendiendo a todas las líneas. La cancha tampoco acompaña al estilo que Eusebio pregona. Es un césped de taiga, irregular, sobre el que el balón parece una rana saltarina. El árbitro completaba la ruina. Latre se mostró avaricioso con las tarjetas. Parecía tener el único billete de cincuenta euros que le quedaba para acabar el mes en vez de una amarilla. El Levante se aprovechó de ese criterio ursulino. Abortó cada aproximación céltica con faltas, casi treinta en la primera mitad. A la guerra de baja intensidad añadió la capacidad dramática de sus futbolistas. En España están los teatros vacíos porque las interpretaciones magistrales se dan los estadios. Cada roce parecía un intento de asesinato. El fútbol se convirtió en un breve instante entre interrupción e interrupción.
Fue entonces cuando Juanlu indultó a los célticos, que se curaron en el vestuario la cara de susto mientras el Levante rumiaba la ocasión perdida. La dialéctica anímica modificó su sentido. El equipo vigués había resistido cosido al intervencionismo de Bustos y a las cargas suicidas de Botelho, el único capaz de hallar una grieta en la trinchera granota. Sobre ellos dos crecieron sus compañeros. El medio ha hecho olvidar a Rosada, cuya baja se prevía terrible. Es un diminuto legionario, capaz de engallarse con el gigantesco Ballesteros y con el que uno se sentiría seguro en plena selva de Vietnam. El lateral, reemplazado a la postre por cansancio, tiene una zancada exquisita, con la que desbrozó el camino para asistir a Saulo en el empate. Primera voltereta oficial y estallido en el estadio.
La ansiedad de Aaron
Los partidos, incluso los más desequilibrados, se deciden en milímetros y milésimas. Eusebio ya había decidido la sustitución de Saulo, empeñado en estropear cada balón que le llegaba, cuando éste marcó. Un retraso providencial. El técnico mantuvo su decisión, que no afectó a la avalancha celeste. Aaron se multiplicó, decidido a rentabilizar la oportunidad antes de marcharse al Mundial sub 20. La ansiedad que le permitió multiplicarse por el frente del ataque le pasó factura en el remate. Tuvo dos ocasiones claras, una para empujar, y torció los disparos.
El Levante se había dolido del empate. Retrasó varios metros su primera línea de presión, se apretó contra su portero y empezó a descoordinarse. Sus jugadores llegaban ahora un segundo tarde a cometer la falta y sus patadas encontraban el vacío. Trashorras, aunque siempre intermitente, cambiaba el sentido de cada ataque con un solo toque. Joselu, aunque lento para acomodarse a la banda, se reveló como un centrador consumado. Los visitantes no ocultaron su intención de amarrar la igualada a toda costa.
Fue la fase que un equipo más dañino hubiera aprovechado. Pero a este Celta le falta maldad. La efervescencia se fue apagando conforme el reloj apretaba y Falcón incluso tuvo que reaparecer en su faceta de carterista. Ya nadie acertó a quebrar las tablas.
El Celta concluye la tercera jornada con el escaso botín de dos puntos. Ha convertido los malos inicios de campeonato en una rutina que lastra su itinerario posterior. En el curso actual se asume, porque se recuerda el sufrimiento del ejercicio anterior y porque la apuesta por la cantera tiene sus impuestos. El peligro al que se enfrentan los celestes es transformarse en un equipo de fuegos artificiales, de esos que Clemente califica despectivamente como “bonitos”. Son de momento jóvenes soñadores reclamando lo imposible en las barricadas de mayo. Cuando aprendan a conjugar lo deseable con lo posible alcanzarán la madurez.