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HEMEROTECA » |
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JUAN CARLOS ÁLVAREZ 1972, Munich. En plena Guerra Fría los rusos y los americanos se veían las caras en la final olímpica de baloncesto. Invictos en la historia de los Juegos, los americanos se presentaban en Alemania con un equipo algo vulnerable tras la ausencia de Bill Walton. El dominador pivot de UCLA había renunciado a acudir a Munich. Unos dicen que por preservar sus maltrechas rodillas y otros porque "estaba cansado de que le silbasen por el mundo" en relación a la política americana en Vietnam, algo que había experinentado en el Mundial de 1970 en Yugoslavia. La cuestión es que los rusos de los hermanos Belov se encontraban tal vez ante la primera gran ocasión de derribar a los americanos. Eran un equipo bien entrenado, que llevaba más de diez años jugando juntos frente a unos estadounidenses a los que volvía a dirigir Henry Iba, de 66 años, un técnico poco innovador y que seguía defendiendo una clase de baloncesto que ya no se aceptaba en Estados Unidos, demasiado defensivo y obsesionado con la presión.
El partido fue lo que se esperaba en cuanto a dureza y ritmo. Los rusos dominaron con cierta comodidad ante unos americanos incapaces de explotar la velocidad de sus jugadores. Años después el base de aquel partido Ed Ratleff, base americano, confesaría que "teníamos un equipo para correr y sin embargo estábamos obligados a dar siete u ocho pases antes de lanzar a canasta. Al final corríamos tras los rusos". La cuestión es que a falta de diez minutos la URSS ganaba 38-28 y en la refriega los americanos ya habían perdido a un par de jugadores (Dwight Jones, su máximo anotador, tras ser expulsado; y Jim Brewer, por un golpe en la cabeza). La presión asfixiante de los últimos cegó a los soviéticos y llevó el partido al 49-48 a falta de poco más de medio minuto. Doug Collins –el que fue años después técnico de numerosos equipos de la NBA– robó el balón y salió como un cohete en busca de la bandeja ganadora. Dos rivales le interceptaron en la zona y le zapatearon contra el soporte de la canasta. Era el lanzador más seguro de tiros libres y los técnicos insistieron en que si podía andar sería el encargado de asumir esa responsabilidad. Collins fue atendido y se fue a la línea de personal. Anotó el primero y cuando soltaba el brazo en el segundo sonó una bocina en el pabellón mientras el banquillo soviético pedía tiempo muerto, algo que no podía hacer. Los americanos se ponían uno arriba a falta de los tres segundos más largos de la historia.
Edeskho sacó de fondo y se jugaron un tiro imposible que fallaron mientras en la mesa seguían reclamando un tiempo muerto que no les correspondía. Righetto, el colegiado brasileño, se acercó para calmar la tempestad. Anuló cualquier posibilidad de tiempo muerto y ordenó sacar de fondo de nuevo. Lo hicieron por segunda vez y los americanos interceptaron el pase e invadieron la pista saltando de felicidad. Entonces ocurrió lo impensable. William Jones, secretario general de la FIBA, bajó del palco y ordenó que se repitiesen los tres segundos porque según él se había invadido la pista antes de tiempo y el partido no se había terminado. En medio de la indignación americana el partido regresó al mismo punto. Edeskho envió un misil a la zona americana que recogió Alexander Belov y, tras deshacerse de la defensa americana con los codos, anotó una cómoda bandeja. El delirio ruso. Estados Unidos presentó una protesta que se debatió hasta bien entrada la madrugada. Un jurado formado por cinco personas resolvió el asunto. Ganaron los rusos 3-2 gracias a los votos favorables de Polonia, Hungría y Cuba, federaciones amigas de la soviética. Estados Unidos no reconoció aquella derrota y el árbitro, Righetto, se negó a firmar el acta. Nadie acudió a recoger aquellas medallas de plata que hoy siguen en la sede del COI en Suiza.
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