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MELCHOR FERNÁNDEZ DÍAZ
Tras haberlo ganado todo en la temporada actual –la Liga, la Copa y la Liga de Campeones–, es evidente que el Barcelona se ha encumbrado. Es el Barça de Guardiola. Resulta justo identificar a este gran equipo por el nombre de su artífice. Prácticamente con los mismos jugadores que se le acabaron yendo de las manos a Rijkaard, un joven entrenador ha sido capaz en su primer año en la máxima categoría de crear un conjunto admirable por su eficacia y por su estilo, dos cualidades difíciles de conjugar.
Desde hace mucho tiempo la tentación del Barcelona, a menudo la coartada, ha sido el victimismo. Contra ese mal paralizante sólo parecía haber remedio en los Países Bajos. Los únicos entrenadores que en los últimos cincuenta años habían dado títulos a los azulgranas habían sido holandeses. Uno se significó más que nadie. Johan Cruyff, que, como jugador, había sido un líder legendario para el barcelonismo, dejaría como entrenador una herencia memorable, con cuatro títulos de Liga consecutivos y la primera Copa de Europa. Con ese equipo, el llamado «Dream Team», es con el que está siendo ahora comparado el de Guardiola, un entrenador tan de casa que cuando era un crío hacía de recogebalones en el Camp Nou y que antes de entrenar al primer equipo dirigió al filial, que jugaba en Tercera División. Por cierto, Cruyff necesitó dos temporadas para empezar a cuajar su proyecto y entre tanto estuvieron a punto de retirarle el crédito. A Guardiola, en cambio, el éxito le ha sonreído a la primera.
Pero un Barça es legendario porque ya completó su historia y el otro todavía no lo es porque apenas la está empezando.
El sueño de Cruyff. A falta de otra perspectiva, se puede comparar la sustancia. Los dos equipos, el que ya está en la Historia y el actual, tienen en común su espíritu ofensivo: creer en la belleza creativa y arriesgar para alcanzarla. Pero su estilo es diferente. El equipo de Cruyff, que plantaba muy arriba su defensa, hacía de la conservación del balón una necesidad, y de hacerlo circular por un campo muy ancho gracias a dos extremos muy pegados a la banda, una oportunidad. En esencia, su juego consistía en desarrollar un gran rondo. Guardiola (antes, Milla) y Eusebio serían el paradigma del jugador necesario para aquel proyecto. Ambos sabían recibir y distribuir. El balón viajaba con precisa seguridad en busca de un destino que no se adivinaba. En realidad, el secreto estaba en muy pocas mentes. Quizás en una sola, la de Laudrup. El danés era el que transmutaba aquella embriagadora melopea en un toque de verdad. Y la verdad del fútbol está en el fondo de la portería contraria, un lugar de acceso muy difícil. Laudrup lo conocía. Y aunque no tenía capacidad para llegar por sí mismo, sabía prestar una ayuda decisiva para lograrlo. Tan claro lo tenía en su mente que a veces daba los pases mirando para otro lado. En el verdadero destino aguardaba un colaborador excepcional, que esperaba allá arriba, dispuesto a aparecer sólo cuando resultara imprescindible, pues otro esfuerzo no entraba en sus cálculos. Era Romario, un tipo indolente, pero un finalizador genial. Tenía una velocidad explosiva, la cintura con mayor capacidad de giro que se recuerda y unos pies de seda. Cuando llegaba, siempre solo, ante el portero rival no necesitaba tirar. Lo tenía tan vencido que su finalización era un pase a la red. Sin menosprecio de Stoichkov, de Lineker, de Bakero o de Salinas, fue la conexión entre Laudrup y Romario la que hizo mágico al equipo soñado de Cruyff.
Xavi, o la claridad. El Barcelona de Guardiola tiene mucha más magia y más repartida. Es un equipo con excelentes jugadores, algunos de trayectoria tan ilustre como Henry, tan completos como Alves o Touré Yayá o tan excesivos como Eto’o. Cuenta con canteranos tan comprometidos como el bravo Puyol y tan prometedores como –el gran descubrimiento del año– Busquets o Víctor Valdés. Y cuenta también y sobre todo con tres jugadores geniales: Xavi, Iniesta y Messi. Ninguno de los tres responde en centímetros y en kilos al arquetipo de futbolista atleta. Pero su relación con el balón los convierte en más que gigantes. Xavi es un prodigio de seguridad para recibir el balón, de habilidad y fortaleza para conservarlo y de clarividencia para pasarlo. Siempre está en el sitio justo y nunca se equivoca. Y si está en medio del bosque, como muchas veces les ocurre a los centrocampistas, ve el camino a través de los árboles y sale al claro como si, además de ver en la oscuridad, tuviera la facultad de atravesar los cuerpos. Esa naturalidad le mantuvo como invisible durante mucho tiempo. Sólo en los últimos años se ha comenzado a reparar tal injusticia. Por fin se reconoce que lo que hace Xavi –elegido mejor jugador de la última Eurocopa y de la reciente final de la Champions League– sólo es posible con una técnica prodigiosa que esté a la altura de la claridad de su cabeza y de la fortaleza de sus piernas y pulmones.
Querido Iniesta. La magia de Iniesta es más comunicativa, quizá porque sus alardes son más espectaculares. Lo es, sin duda, su maravillosa conducción del balón, que, pegado a sus botas, no traza una línea quebrada, como ocurre con los demás futbolistas, sino un trazado sinuoso, de rumbo impredecible salvo para quien lo lleva. El pálido Iniesta, de apariencia tan frágil, es, además, un jugador muy valiente. Arriesga siempre. Si ve un hueco, se lanza a atravesarlo. Y como los riesgos que asume están a la altura de su capacidad, obtiene la máxima compensación. Por carácter y comportamiento está llamado a ser el jugador más querido. Ya lo es.
El prodigioso Messi. La admiración sin límites la merece Messi. Todo en él resulta prodigioso. Nadie ha conducido el balón tan cerca del pie y a tanta velocidad. Su inventiva está a la altura de su prodigiosa habilidad. Sólo él es capaz de idear salidas más inverosímiles a encierros más agobiantes. Juega en cualquier sitio, por la derecha o la izquierda o por el centro, pegado a la banda o enlazando con los centrocampistas. Su repertorio no se cesa de ampliar. Su capacidad, también. Ya no sólo destroza defensas en beneficio de sus compañeros, sino que también ha asumido el papel de goleador. Cada vez tira con más fuerza e intención. Y ya se atreve a cabecear, y de qué manera, como en Roma. Y ya es raro el partido que no alumbra con el relámpago de un pase genial. Si hace tales cosas a los 22 años es imposible predecir de qué será capaz en su madurez. ¿Será acaso mejor que Maradona? Sin duda, aunque él sea el último en creérselo y, desde luego, en alardearlo. De momento, resiste con ventaja la comparación. En vísperas de la final de la última Copa del Rey pusieron en televisión la grabación de la anterior final entre el Barcelona y el Athletic de Bilbao, un partido abominable en muchos aspectos. Maradona, que jugaba en el Barça, tenía por entonces la edad de Messi. Apenas hizo nada. El partido, bronco y cerrado, no se prestaba a la destilación de calidad. Pero uno imaginaba a Messi en medio de aquella batalla y cree que hubiera hecho más que Diego, que sólo se reservó el dudoso honor de desencadenar la vergonzosa tangana final.
Más trabajo, más velocidad. El fútbol es, con todo, un deporte de equipo y las individualidades para brillar necesitan engastarse en un conjunto. El Barcelona es, sobre todo, eso. El mayor éxito de Guardiola es haber logrado comprometer a sus jugadores en un trabajo de la máxima exigencia, lo mismo a los canteranos que a los príncipes. El Barcelona juega más porque, entre otras cosas, corre más que nadie. Su método para ser el equipo más brillante es ser el más abnegado. Defiende en todo el campo y asfixia al rival allí donde tenga el balón, casi siempre en su propio campo. El rival pierde el balón en seguida y entonces el Barcelona lo hace circular a una velocidad de vértigo. El “Dream Team” de Cruyff combinaba a dos toques. El Barcelona de Guardiola lo hace a uno solo y, en consecuencia, a mucha mayor velocidad. Su fin es buscar cuanto antes la portería contraria. La encuentra muchas veces.
Ha sido capaz de hacerlo en la Liga española, pero también en Europa. Sólo el Chelsea de Hiddink pareció conocer el antídoto. Pero en el partido de vuelta el árbitro salió al quite. Gracias a su ayuda, y al milagroso gol in extremis de Iniesta, el Barcelona pudo acudir a la cita de Roma, donde esperaba el que sin duda es el mejor equipo de la Liga inglesa, meca del fútbol mundial. Lo concluyente de su victoria, fraguada en la superioridad en todos los terrenos, desde el táctico y el técnico pasando por la competencia individual –Messi sobre Cristiano Ronaldo–, despeja cualquier duda sobre quien ostenta la hegemonía europea del fútbol de clubs, extrapolable al resto del mundo. La única duda estriba en saber por cuánto tiempo el Barcelona se mantendrá en las alturas. La juventud del equipo y de su artífice incitan a creer que seguirá conquistando cimas, como esos montañeros que coleccionan ochomiles.
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Crecerá en longitud y anchura, pero no cambiará mucho estéticamente. Como principal novedad, y para ahorrar en consumo, conta.....
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