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ARMANDO ÁLVAREZ - ALICANTE Décima jornada consecutiva sin conocer la victoria para el Celta y la más dolorosa de todas. El conjunto celeste consintió que el Alicante remontase un partido que parecía sentenciado a la media hora y alimenta la amenaza de la Segunda División B, aunque se distancie de ella en 4 puntos gracias a los otros marcadores que se dieron. Los jugadores se vuelven a Vigo con la sensación de que no volverán a ganar en toda su carrera. Han olvidado cómo se consigue. Para aliviar su miseria, culparán a Pino Zamorano. Pero fueron ellos los que aceptaron jugar a la ruleta rusa con el impredecible árbitro manchego, por mucho que se tirasen de los pelos.
“¿Quién hizo el penalti? ¿A quién? ¿Cómo?”. Las preguntas sobre la acción que supuso el 2-2 en el minuto 89 se repetían entre periodistas y aficionados, sin una televisión en el Rico Pérez que despejase dudas. “Yo vi el balón en la mano de Notario y nada más”, dijo Eusebio Sacristán, describiendo en realidad el itinerario que siguieron todos los ojos del estadio. Azkoitia había imprimido demasiada altura al balón al botar una falta lateral. Notario leyó la trayectoria y atrapó con firmeza. Era seguramente la última bala de los anfitriones y se notó en el júbilo de unos y la resignación de otros, todo relatado en cámara lenta. Cuando los jugadores empezaban a deshacer tranquilamente su melé, el árbitro silbó e indicó el punto de penalti. Rubén había abrazado a Jordá en alguna esquina oscura del área. Un acto amoroso que creyó discreto, pero que Pino Zamorano denunció con fervor monacal. Y no se puede reprochar a un juez que castigue una falta, aunque se haya producido en el margen de la realidad.
No fue el único regalo que el Celta le hizo al Alicante. Arrancó la tarde con otro, bien visible en este caso.Rosada, al contrario que Rubén, es un exhibicionista de sus sentimientos. Su empujón a Pedro se vio desde el espacio sideral, como una especie de conmoción de las fuerzas telúricas. Notario obró aquí el milagro y detuvo el tembloroso lanzamiento de Azkoitia. Ochenta minutos después no pudo repetirlo aunque lo intentó. Las divinidades a las que ora seguramente entendieron que ya era vicio.
Esa parada del catalán se antojó como el instante crucial que definiría el encuentro. El Alicante se encorajinó, acosó al Celta a base de córners y de repente se encontró con el tanto en contra de Dani Abalo, una maravilla propia del talento arousano. Poco después, Renan agradecía al entrenador su rehabilitación con el zurdazo del 0-2. La escuadra local, desmadejada, a duras penas alcanzó el descanso.
Lo que sucedió después es la constatación de que el mundo en el que habita actualmente el Celta está totalmente del revés. Granero, el técnico local, propuesto la locura y los celestes se la aceptaron.
El equipo, o sea, había saltado al campo en el arranque con su actual tendencia al sobeteo estéril. Construir el juego desde atrás, cuando por atrás se entiende a Moya, Rubén, Jordi y Fajardo, es querer cuadrar el círculo. Sólo si alguien era capaz de descubrir a Trashorras entre la maraña de patadas que magullaban al lucense se encendía la luz. Pero esa filosofía, discutible cuando se carece de la imaginación necesaria para hacerla práctica, era precisamente lo que necesitaba el Celta para proteger su 0-2. Y fue cuando dimitió de ella.
El equipo no saltó tras el descanso con la sana intención de apropiarse del balón y convertir cada triangulación en un goteo insufrible de segundos para el Alicante. Entró de lleno en el ida y vuelta de un rival que había roto sus líneas y dejaba la yugular al aire porque sólo el delirio le podía rescatar de la derrota.
Y es cierto que el Celta, hasta el minuto 60, dispuso de media docena de oportunidades para marcar un 0-3 que hubiera cerrado el choque. Pero el posible botín no compensaba el riesgo que exigía. Porque los vigueses contribuyeron a avivar el ritmo. Porque no profundizaron en las fragilidades alicantinas. Porque permitieron que el adversario se sintiese feliz de estar vivo.
El Celta, en resumen, abandonó el fútbol control cuando más necesario era por un fútbol de repliegue y contragolpe. Y si la escuadra celeste falla al contragolpe, se muere en el repliegue. Es un equipo capaz de lanzar mal el fuera de juego dentro de su propia área, como sucedió en el 1-2, y de asfixiarse a sí misma cuando apelotona efectivos alrededor de su portero. Al Alicante le bastó con colgar balones en busca del poderoso Jordá. El último, desde una falta gratuitamente cometida por Edu Moya, jamás hubiera llegado a la cabeza del gigante. Voló libre hacia las manos de Notario. Por desgracia, Pino Zamorano estaba despistado y cazó a Rubén. Pese a que seguramente acertó, se sintió algo culpable por ajusticiar a los vigueses tan cerca de la orilla y consintió después que Jordi frenase en falta una contra con olor a 3-2.
El caso es que el Celta regresa a casa con cara de pasmo. Antes que en sesudos análisis de pizarra, Eusebio tendrá que emplear la semana en borrarle esa sensación de parálisis a la plantilla. El triunfo hubiera desbloqueado a los celestes, hubiera aliviado la opresión que sienten en el pecho al ampliar su margen sobre los puestos de descenso. El empate se suma a la cuenta de sus fragilidades y fracasos. Y el entrenador pucelano, que ayer soltó de improviso en la cancha a Renan, Ghilas y Fajardo, sigue sin dar con la tecla adecuada.
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