01 de junio de 2017
01.06.2017
Literatura

La soledad de los últimos años de Miguel Hernández

El escritor José Luis Ferris rememora los últimos pasos del poeta alicantino, represaliado en 1942

01.06.2017 | 16:57
Miguel Hernández arenga a sus compañeros en el frente.
La vida situó al poeta de Orihuela en una época de confusión social y política que derivó en tragedia. Hernández quiso ser un combatiente más, sin mayores privilegios que otros milicianos

"Yo nací en mala luna. / Tengo la pena de una sola pena / que vale más que toda la alegría". Con estos versos, íntimos y premonitorios, definía Miguel Hernández a comienzos de 1936 –sin intuir el pronto estallido de una guerra civil– su mapa emocional y las claves de su propio destino. La vida había situado al poeta de Orihuela en una época de confusión social y política como no se había conocido en nuestra historia contemporánea; un tiempo que derivó en tragedia y, en el caso de Hernández, en una muerte inhumana y vergonzante en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante el 28 de marzo de 1942.

Mucho se ha especulado sobre las circunstancias de ese homicidio (involuntario o consentido) que acabó con la vida de un poeta de apenas 31 años, pero el periplo carcelario de Miguel Hernández y su prematura desaparición física no son más que la consecuencia de unos hechos acaecidos al final de la contienda civil que nunca debieron ocurrir.

Tres años antes


Miguel Hernández había pasado la Navidad y las primeras semanas de enero de 1939 junto a su esposa. No quiso perderse esta vez la experiencia de ver nacer a su segundo hijo (el primero había fallecido con apenas 10 meses), Manuel Miguel, que venía al mundo el 4 de ese enero en la casa de Cox, a escasos kilómetros de Orihuela. Sin embargo, pocos días después se encontraba ya en Valencia, pendiente de las ­órdenes del comunista Vittorio Vidali, conocido en aquellos años como Comandante Carlos (comisario político y pieza clave de la Troika del Komintern), y de los dirigentes del Partido Comunista. Desde allí escribe el 18 de febrero a Josefina y le ­informa de la situación: "No te preocupes por mí, que dentro de poco tiempo me tienes a tu lado y al de nuestro Manolillo. Creo que no durará mucho la guerra, y está ­dentro de lo posible que cuando vaya será para vivir en paz y siempre con vosotros".

Miguel Hernández y su mujer Josefina. Fuente: Archivo

El 24 de febrero de 1939 se halla en Madrid, donde recibe la noticia de la muerte de Antonio Machado, sepultado el día anterior en el pueblecito francés de Collioure tras un penoso viaje de exilio y una estancia de apenas tres semanas marcadas por la enfermedad y el abatimiento.

Encuentros y desencuentros


Esos días de febrero, Miguel se había pasado por la sede madrileña de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para informarse a fondo sobre la situación en que se hallaban sus compañeros y él. El edificio de la Alianza había sido, en los tres años de contienda civil, más que una residencia para aquellos intelectuales, escritores y artistas que tenían en común la lucha antifascista y la defensa incondicional de la República. La vida allí se había desarrollado con inquietud y desasosiego, pero también creando espacios para la diversión, para el agasajo, para el ocio, para las recepciones y para las fiestas que permitieran las circunstancias. El comentario sobre esta faceta lúdica no es gratuito en tanto en cuanto acabó generando tensiones y desen­cuentros, algunos de mayor trascendencia dada la relevancia de los protagonistas. Y el episodio que levantó mayor revuelo fue la bofetada que la escritora María Teresa León propinó a Miguel Hernández en la misma sede de la alianza en las fechas que hemos comentado.

Los antecedentes del hecho cabe buscarlos en la actitud que cada uno de ellos tomó ante la contienda y ante la necesidad de defender el legítimo gobierno de la República. La labor valiente y decidida de María Teresa ha quedado probada, ya que desde el primer momento asumió cuantas responsabilidades le fueron dadas y derrochó esfuerzos para lograr que la inteligencia se impusiera a la barbarie y la sinrazón. Miguel Hernández encarnaba al poeta soldado que desde el estallido de la contienda quiso estar en la primera línea de fuego como un combatiente más y sin mayores privilegios que cualquier miliciano.

Fue en aquellos días de febrero de 1939, con la guerra prácticamente perdida, cuando el poeta oriolano acudió a la sede de la Alianza para recabar información sobre el momento tan delicado al que se enfrentaban. Allí se encontró con los preparativos de una fiesta que María Teresa León había organizado en homenaje a la mujer antifascista. Mucho era lo que Miguel Hernández, como decimos, había callado durante esos tres años de guerra, durante aquellas noches en las que llegaba abatido del frente, agotado de tanto espectáculo sangriento, y trataba de dormir algunas horas con la música de fondo de los bailes de disfraces y las "travesuras y algazaras" con las que sus compañeros libraban su batalla contra la muerte. Las diferencias tenían, pues, que aflorar por algún lado y, en aquella ocasión, la fiesta a la mujer antifascista fue motivo suficiente para que él no siguiera silenciando las evidentes desavenencias entre el poeta del pueblo y los llamados "intelectuales de retaguardia" o de "mono planchado y pistolas de juguete", según palabras de Juan Ramón Jiménez, quien en su libro 'Guerra en España' no se anduvo con tibiezas al escribir, años después, que "los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel, fue Miguel Hernández...".

El hecho es que Hernández irrumpió en el edificio de la Alianza y, tras descubrir el ambiente festivo que se respiraba en aquellos salones, los preparativos, los manteles, los alimentos dispuestos en las mesas, no pudo ocultar su indignación ante lo que le pareció un derroche y un alarde de resabio burgués mientras él y otros combatientes seguían jugándose el tipo en las trincheras. No había, además, en aquel palacio mujer antifascista que se pareciera a las campesinas que había visto en los pueblos y en los frentes luchando como hombres, ninguna que le recordara a Rosario Sánchez, la Dinamitera, ni tan siquiera a esas madres, hermanas o esposas que enterraban a diario a hijos, hermanos y compañeros.

Miguel se dirigió entonces visiblemente irritado a Rafael Alberti, con Antonio Aparicio como testigo, y le lanzó la frase: "Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta". El autor de 'Sobre los ángeles' le instó a repetir esas palabras en voz alta y delante de los otros compañeros de la Alianza. Ante el desafío, el poeta oriolano se aproximó a una pizarra que colgaba de una de las paredes de aquella dependencia y reprodujo la frase con amplios caracteres. Antes de que Miguel abandonara la sede, María Teresa León vio y leyó el insulto, se sintió aludida, pues ella se había encargado personalmente de organizar aquel banquete de homenaje, y se fue en busca de Miguel. La respuesta de la autora de 'Memoria de la melancolía' fue una enérgica bofetada que, al parecer, hizo caer al poeta. Ni que decir tiene que, desde aquel momento, la relación entre ambos no fue la misma, pero a pesar de ello, de aquel choque entre dos temperamentos fuertes, nada impidió que en el recuerdo de María Teresa, Miguel Hernández quedara para siempre como una criatura admirable, inocente y perdida en un mundo que no jugaba con su misma limpieza.

Un poeta en la estacada


Las semanas que precedieron a aquel 28 de marzo en el que, con la toma de Madrid, se daba por concluida la Guerra Civil española, Miguel Hernández fue víctima y testigo de la desbandada y del caos que imperaba a su alrededor. El consejo que recaba esos días de Vicente Aleixandre y de José María de Cossío es que abandone España cuanto antes, ya que su nombre, por la relevancia que había adquirido durante la contienda, sería de los primeros en aparecer en la lista de represaliados. Por mediación de Antonio Aparicio y de Juvencio Valle, se anima a visitar a un viejo conocido, Carlos Morla Lynch, encargado de negocios en la embajada de Chile en Madrid.

La figura de Morla Lynch resulta clave para reconstruir los últimos días de guerra en la capital, así como la suerte que iba a correr Miguel ante el peligro que se avecinaba. Y el primer dato nos sitúa en el domingo 26 de febrero de 1939. Ese día, según el diplomático chileno, en las dependencias de la Alianza se produjo el último encuentro (o desencuentro) entre Rafael Alberti, María Teresa León y el poeta de Orihuela, un Miguel Hernández visiblemente contrariado y perdido. Pesaba sobre los tres, sin duda, la sombra del episodio de la bofetada y el distanciamiento que este percance supuso entre la pareja y el autor de 'Viento del pueblo'. Los tres sabían que la situación era grave e insostenible, y que cualquier decisión tomada a tiempo podía significar la salvación o la condena.

Lo cierto es que, al día siguiente, el 27 de febrero, Alberti y León salían de Madrid en un coche dispuesto para ellos por el jefe de la aviación republicana, Hidalgo de Cisneros, rumbo a Elda, la localidad alicantina donde, por cuestiones de seguridad y estrategia, se había instalado el último gobierno de la República. Esa misma mañana, Carlos Morla recibía de Alberti una lista de recomendados en la que no aparecía el nombre de Hernández, aunque sí el de su secretario, Joaquín Miñana, y el de Antonio Aparicio. De todo ello daba cuenta en sus notas privadas, con cierto reproche, el diplomático el martes 28 de febrero de 1939: "Ha venido a verme esta mañana el poeta chileno comunista Juvencio Valle, acompañado de Miguel Hernández [...]. El peligro en que se encuentra es grande y viene a pedirme ´asilo´ [...]. Querría salir de España, dan pasaportes a millares, pero naturalmente no a los de edad militar que están movilizados [...]. Sin embargo, sale todo el que puede hacerlo. Me cuentan que Alberti, María Teresa León y Santiago Ontañón han salido ya, sin acordarse de él [de Miguel Hernández]. Así es la vida. Por eso estaban tan tranquilos el otro día...".

El poeta orielano Miguel Hernández. Fuente: Archivos

El miércoles 1 de marzo de 1939, Morla Lynch, sin ocultar de nuevo su indignación y sus reproches a Rafael Alberti, escribía en el diario: "...me preocupa el caso del poeta-pastor Miguel Hernández. Ha escrito mucho en folletos y artículos en contra de los nacionalistas y me aseguran que Franco ha dictado leyes muy duras en contra de los periodistas que hayan obrado de esa forma. No considero, en este caso, suficiente garantía el asilo en la embajada de Chile ya que me pueden pedir la entrega de ellos [...]. [Miguel Hernández] no ha pensado un momento en tomar medidas de precaución, y Alberti, que tenía su salida muy arreglada, no se ha preocupado de él a pesar de que también era miembro de la Alianza Intelectual".

Pocos días después, con la conjuración de Casado, las cosas adquirían un cariz siniestro para el poeta. Mientras tanto, Rafael Alberti y María Teresa León se encontraban reunidos, desde hacía una semana, con los líderes comunistas del maltrecho gobierno republicano en la finca alicantina El Poblet, conocida como Posición Yuste, situada a escasos 65 km de Orihuela. Desde allí, hacia las 4 de la madrugada del 7 de marzo de 1939, el matrimonio de escritores despegaba a bordo de un Dragón en compañía de Núñez Mazas, ministro del Aire; de Antonio Cordón, titular de Guerra, y de los dos pilotos, camino de Orán.

En el amanecer de ese día, Miguel Hernández caminaba sin rumbo por Madrid. Como apunta Antonio Muñoz Molina: "No hubo plaza en ningún avión ni pasaporte de última hora para quien había puesto su vida entera, su nombre y su literatura al servicio de la República...".

La trágica cadena del destino


El 9 de marzo, Miguel Hernández se reúne con José María de Cossío y este le acompaña hasta la salida de la capital. Cinco días más tarde, el poeta se encuentra ya en Cox, junto a su esposa y su hijo. Recapacita sobre la gravedad de su situación y, a mediados de abril, decide buscar refugio en un lugar más seguro. El día 20 de ese mes parte de Alicante con rumbo incierto. Sería, al parecer, el poeta falangista Eduardo Llosent Marañón, viejo compañero en las Misiones Pedagógicas y, en aquellos momentos, flamante director del Museo de Arte Moderno de Madrid, quien le proporcionaría una carta de recomendación para que la presentara en Sevilla a Joaquín Romero Murube. Con él se entrevista la mañana del 24 de abril y pocos días después está camino de Cádiz, en busca de Pedro Pérez Clotet, director de la revista 'Isla' y antiguo conocido del poeta, pero este no responde a su llamada. Ante el nuevo contratiempo, Hernández decidió huir hacia la frontera portuguesa.

El 29 de abril de 1939, Miguel cruzó a Portugal por un paso clandestino en las cercanías de Rosal de la Frontera. Alcanzó el pueblo portugués de Santo Aleixo a las 16 horas del día siguiente, internándose posteriormente en Moura. El domingo 30 de abril se vio necesitado de dinero para comer y recuperar las fuerzas después de una semana atravesando tierras andaluzas y durmiendo a la intemperie. Vendió el traje oscuro que portaba en una caja y el reloj de oro que le había regalado Vicente Aleixandre, pero su aspecto, que no debía de ser nada saludable, levantó las sospechas del comprador, que acabó denunciándole a la policía salazarista. Esta entregó al preso a las autoridades españolas de Rosal de la Frontera el 4 de mayo.

No se trataba, pues, de una detención por razones políticas, sino de un capricho del destino que el confiado de Miguel no había previsto en ningún momento. Ante los miembros de la Benemérita, el poeta defiende su inocencia, pero con tan mala fortuna que, cuando uno de los agentes parece apiadarse de él y decide ponerlo en libertad, se produce el cambio de guardia. El mando entrante resulta ser paisano de Hernández, del pueblo vecino de Callosa de Segura: un guardia civil apellidado Salinas que lo identifica de inmediato, se ensaña con él y le acusa de haber sido un activo comunista al servicio de la República y un significado escritor revolucionario.

Era, pese a la gravedad del momento, sólo el principio de un largo vía crucis carcelario que acabaría con su vida tres años después, en la última estación: el Reformatorio de Adultos de Alicante. Acababa así el itinerario del poeta pastor de Orihuela, ese joven cuyo compromiso con la vida, en todas sus manifestaciones, le llevó a cantar con igual entrega la fuerza del deseo, la plenitud de la naturaleza y la honda grandeza del sufrimiento humano.

Contar la vida de Miguel Hernández es una aventura porque su perfil rompe moldes y derriba normas y estadísticas, se ajusta a un caso verdaderamente excepcional como escritor y como hombre. Lo que importa, sin embargo, es que 75 años después de aquel final, su memoria sigue viva, transformada ya en un órgano literario que no ha dejado de latir, de crecer y de expandirse entre cientos de miles de lectores.

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